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Los tintes antidemocráticos del manifiesto de Allamand y Larraín

por 9 marzo, 2017

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La derecha chilena carga con tres fardos que han limitado su capacidad para ofrecerse como alternativa de largo plazo en la política chilena: su vinculación con la dictadura, el economicismo propio de los seguidores de las corrientes lideradas por Hayek y Friedman y su estrecho vínculo con el empresariado. A ello se agregó, en el gobierno de Sebastián Piñera, la falta de relato (o la dificultad de lidiar con su pasado pinochetista) y asociado a una visión de las tareas gubernamentales como poco diferentes al manejo de una empresa y del Estado como un prestador de servicios (el ciudadano como cliente).

En los últimos años han aparecido diversos intentos por abordar estas dificultades de la derecha. Diversos intelectuales se han hecho presente en la esfera pública buscando para este sector nuevos derroteros políticos. El documento “Manifiesto por la República y el buen gobierno (Una invitación a pensar)” constituye una culminación, preocupante, de ese esfuerzo. Representa un desafío para el centro y la izquierda, que acostumbrados a una superioridad intelectual, no terminan de darse cuenta que su ideario está desafiado por las tendencias contradictorias de la modernidad, por una globalización con muchos perdedores pero también numerosos ganadores y por las dificultades que presenta la superación del neoliberalismo.

No se trata de un programa de gobierno; intenta presentar un ideario político que le de un marco a dicho programa. Llaman la atención tanto los temas (la idea de la República, de lo público) que trata, como la articulación entre ellos. Después de décadas en que el pensamiento político del sector ha llevado el sello de la subordinación de la política a la economía, se releva su importancia (“la política es la tarea cotidiana, humilde y ponderada de todas las personas comunes y corrientes que quieren lo mejor para su país y para los suyos”) aunque no se indaga en el rol de la política y lo político en la construcción de la sociedad. También sus marcados silencios (al alabar el rol de las FFAA y de orden como factor de integración social, no hay una reflexión crítica sobre la dictadura de Pinochet). En el presente artículo analizaremos su difícil relación con la democracia.

El documento releva la idea de la República, “la cosa común” en perjuicio de la idea democrática, esto es “el gobierno del pueblo por el pueblo”. Ello queda en evidencia no sólo porque la democracia es tratada en tercer lugar , luego de los de la República y de la Nación, sino porque subyace la afirmación de que lo común es anterior a lo democrático. Es la “cosa común”, la República, la que tiene la capacidad de armonizar los intereses privados e integrarlos en un proyecto común. No se explica la forma en que ello ocurre más allá de elogiar el acuerdo abstracto, en el contexto (como se verá) de un gobierno desarmado de las capacidades de ejercicio efectivo del poder. Aún cuando se destaca el reconocimiento de que las discrepancias se deben resolver por “métodos democráticos” lo cierto es que lo que se releva es la idea del acuerdo por encima del principio democrático fundamental: el juego de mayorías y minorías, concepto este último que no aparece en todo el documento.

La democracia es concebida como un sistema desvalido que “sin la ayuda de instituciones que la impulsen y la aseguren resultará desplazada por formas autocráticas o por el derecho del más fuerte, propio de las situaciones de anarquía”. Las instituciones democráticas, producto ellas mismas de las decisiones democráticas del pasado, son sin duda esenciales para el funcionamiento democrático, pero lo que no reconocen los autores es que lo fundamental es que los actuales ciudadanos dispongan de la capacidad de tomar sus propias decisiones sin perjuicio de las solidaridades con las futuras generaciones. La desconfianza que los autores expresan frente a la democracia recuerda afirmaciones crudas como la de James Madison: “Las democracias siempre han sido espectáculos de turbulencia y desacuerdos; siempre se han mostrado incompatibles con la seguridad personal, o los derechos de propiedad; y en lo general han sido de corta duración y violentas en sus muertes”. No es que la consolidación democrática sea un tema trivial. La elección de Trump en los Estados Unidos releva la necesidad de abordar seriamente estos temas. Tanto él como Hitler fueron elegidos al alero de la institucionalidad democrática. Es la profundización del ejercicio democrático, el perfeccionamiento de los mecanismos representativos, la incorporación de mecanismos complementarios de democracia directa, lo que evita la deconstrucción de las instituciones democráticas, por parte de las fuerzas antidemocráticas.

De esta forma, el sistema político blinda al Estado frente a las demandas populares. Ello al final, genera una profundo desafecto en la ciudadanía que finalmente opta por soluciones a la “Brexit” o a la Trump, verdaderas amenazas para la democracia y el desarrollo social y económico sustentable.

Los autores no indagan en estos temas. Prefieren la ruta fácil de relevar un adversario poco significativo, esto es aquellos pequeños grupos estudiantiles o algún historiador que quiere reemplazar las instituciones con “la espontaneidad de los movimientos sociales” o señalando algo tan genérico como que la democracia “debe estar permanentemente en proceso de reforma o evolución” y al mismo tiempo rechazar la idea de que el país se de una Constitución en forma democrática.

Se podría afirmar, que el documento representa una cierta puesta al día necesaria y tardía de la derecha pero no logra plantearse los problemas actuales de la democracia. Qué duda cabe que nuestra democracia representativa enfrenta graves dificultades. La baja participación electoral (pese a la agudización de las diferencia políticas), el alto desprestigio del Congreso, de los partidos políticos, la relación incestuosa entre política y dinero son testimonio elocuente de esta situación. Si bien formas directas de democracia no pueden sustituir la centralidad de la democracia representativa es claro, que los movimientos y la movilización social representan un medio de expresión de quienes carecen del poder económico o comunicacional para incidir directamente en las autoridades y compensar la incidencia de los grandes grupos económicos. Constituye además una forma de visibilizar los problemas de los más débiles, cuando la política invisibiliza las demandas ciudadanas. No calza esta crítica indiscriminada a las movilizaciones con el llamado a la participación ciudadana, que hace el manifiesto.

Asociado a lo anterior, el documento establece una contraposición entre Gobierno y Estado que confirma la profunda desconfianza frente a la democracia que evidencia el documento. En efecto, se señala que el Estado no puede limitarse a ser un instrumento en manos del Gobierno de turno y que se observa una “peligrosa tendencia a confundir ambas realidades”. ¿Que es el llamado “Gobierno de turno”, sino el resultado de la decisión democrática de los ciudadanos de asignarle la dirección del Estado a una determinado partido o grupo de partidos? La afirmación un tanto críptica se aclara cuando se señala que salvo algunas jefaturas de exclusiva confianza, los cargos de la Administración Pública “deberían ser definidos por la Alta Dirección Pública sin injerencia del Gobierno”. Se trata en consecuencia de reducir al mínimo la incidencia de la decisión democrática en la política pública gubernamental, asignando al Estado bajo el control de autoridades sin legitimidad electoral, la tarea de definir y ejecutar políticas de carácter permanente . De esta forma, el sistema político blinda al Estado frente a las demandas populares. Ello al final, genera una profundo desafecto en la ciudadanía que finalmente opta por soluciones a la “Brexit” o a la Trump, verdaderas amenazas para la democracia y el desarrollo social y económico sustentable.

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