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Intelectuales y política: el pecado inevitable

por 4 abril, 2017

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La relación entre intelectual y política es doble, a la vez necesaria y problemática. ¿Por qué necesaria? Porque la modernidad no se imagina la política sin un proyecto intelectual, por superficial, siniestro incluso ridículo que sea. ¿Problemática? Porque la historia de esta relación está marcada tanto por exilios desesperados como por arribistas del intelecto dispuestos a confeccionar un pensamiento a la medida del autócrata. Si en el siglo XX ha sido anómica, se debe a que en sí misma es una relación condenada al fracaso. ¿Por qué? Siempre hay un interés no intelectual, cuando el pensador se mete a político. Merece la pena dedicar atención a esta incapacidad en un momento de la historia de Chile y de España en el que diversos intelectuales –Pablo Iglesias y Fernando Atria- vuelven a ser protagonistas de la política.

La actividad política moderna, donde el poder no corresponde al patrimonio de ninguna familia, se justifica primariamente a través de un discurso intelectual. Los pensadores pueden prescindir de la política, inesperadamente la política no puede deshacerse de ellos. Sin programa ideológico, la actividad política se convierte exclusivamente en la confirmación de los intereses creados. Sin proyecto intelectual, no resulta posible que los ideales de una sociedad vayan perfeccionándose. Incluso si la aplicación de este plan conduce a una situación peor al statu quo (como ha pasado con frecuencia en Latinoamérica), el discurso intelectual sigue siendo necesario, sobre todo en un mundo que ya no sabe permanecer inmóvil.

Para satisfacer esta necesidad, el intelectual le provee al político de una estrategia, la cual habrá de conseguirle la obediencia de los ciudadanos. En la Modernidad, esta labor ha podido ser ejercida por intelectuales de postín o por asesores, figuras cuyas ideas son siempre de segunda mano, pero que pueden detectar mejor lo que en ese momento puede ser la base del proyecto colectivo. Sin embargo, a veces, el político profesional desatiende este respaldo ideológico. En estos momentos, el poder institucionalizado se aferra a ideas que, más allá de que sean correctas y bienintencionadas, han dejado de seducir. Incluso si se aceptase que la cosmovisión musulmana fuese esencialmente acertada, es fácil prever que esta jamás convencerá a una sociedad agnóstica.

Cuando este intelectual dice «no soy como los políticos», o se engaña o se equivoca. El intelectual debe reconocer que su éxito popular se debe a haberse transformado en un político. Si es un intelectual consciente, deberá saber que no persuade como un pensador, con dudas y plausibilidades, sino con sencillez y urgencia, ofreciendo certezas, donde estas jamás han existido. Por tanto, la tragedia del intelectual se encuentra más que en los ocasionales exilios en esta imposibilidad de comportarse como intelectual en el momento en que se dirige al pueblo.

A pesar de que este desinterés del político profesional por las ideas parece marginar al intelectual, en verdad le está dando una oportunidad de oro. Dado que el político profesional ha dejado de justificar el poder, el intelectual puede plantearle al pueblo directamente las ideaciones que lo satisfagan. En el momento de máxima lejanía entre político y pueblo, el intelectual puede acceder al poder sin necesidad de la mediación del profesional del poder.

En estos excepcionales casos, el intelectual se olvida culpablemente de que su éxito depende más de la oportunidad que de la sofisticación. En el momento en que le ofrece directamente al pueblo una solución, el intelectual se comporta más como un profesional del poder que de las ideas. Le presenta al pueblo esa teoría sencilla, ese proyecto entusiasmante que un torpe poderoso ya no sabe pronunciar. La proyección política del intelectual está condenada por un pecado original. Cuando habla a la sociedad, no actúa como verdadero intelectual, quien jamás puede renunciar a la duda, sino como un buen vendedor que es capaz de detectar y aprovecharse del autismo de la clase política. Si esta jamás cometiese el error del aislamiento, el intelectual en una sociedad democrática jamás pasaría de asesor. Ortega y Gasset alcanza el éxito como promotor de la República por un eslogan Delenda est monarchia (hay que acabar con la monarquía), no por la agudeza expuesta en La rebelión de las masas. Paradójicamente, el Ortega que se convierte en el portaestandarte de la República es más político (una sola idea que convence al electorado) que intelectual (alguien quien se condena cuando su ideario se reduce a una única idea).

Cuando este intelectual dice «no soy como los políticos», o se engaña o se equivoca. El intelectual debe reconocer que su éxito popular se debe a haberse transformado en un político. Si es un intelectual consciente, deberá saber que no persuade como un pensador, con dudas y plausibilidades, sino con sencillez y urgencia, ofreciendo certezas, donde estas jamás han existido. Por tanto, la tragedia del intelectual se encuentra más que en los ocasionales exilios en esta imposibilidad de comportarse como intelectual en el momento en que se dirige al pueblo.

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