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Mercenarios del progreso a la especulación financiera-laboral

por 28 mayo, 2017

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A mediados del siglo XIX la elite chilena decide terminar con la barbarie y la desidia, la inmigración europea permitiría civilizar la zona sur de Chile por los escasos atributos que se le concede a la población local y las innumerables “dotes de los blancos” en sus distintos grados de interés. De mayor a menor, alemanes, belgas, suizos, vascos e italianos eran los más apetecidos, e ingleses, franceses y españoles no lo eran tanto (V. Mackenna, 1854); mientras que los indeseables chinos, árabes, judíos y negros no encajaban con el ideal civilizador de la época.

Sin embargo, todos los esfuerzos para mejorar la raza y fines productivos se concretaron a medias y muy dificultosamente por las prácticas endogámicas de los blancos y porque el espacio geográfico no daba el ancho -literalmente- para la “utopía agrícola” (Norambuena, 1995). Además, a la confusión por la propiedad de las tierras se sumaban los escasos recursos del estado para tentar a migrantes del tipo “mercenarios del progreso y de la civilidad”. Paradójico fue tal argumento, de atraer mano de obra, mientras el gobierno se esforzaba en expulsar a los invisibles mapuches aun cuando portaran títulos de dominio legales. También se desechó la idea de atraer colonos nacionales incentivando, de este modo, a ciertos medios de comunicación y a chilenos en general a una “virulenta xenofobia” (Norambuena, 2017)

La política migratoria nacional tuvo “tres grandes fases” (Escalona, 2014). La primera orientada a la colonización selectiva de zonas “deshabitadas” en base a una visión biológica, se dijo, para mejorar la raza, cuando lo cierto que fue para dinamizar la producción e insertar a Chile en el capitalismo. La segunda, bajo la doctrina de la seguridad nacional, dirigida a la expulsión y restricción de extranjeros y nacionales que se consideraban peligrosos para el régimen dictatorial. Y la tercera, entrada la “nueva” democracia, con una mirada economicista se permite la entrada de extranjeros bajo una legislación extemporánea. Mejor dicho, la política migratoria de chile es justamente la de no tener ley. (Navarrete, 2017)

Falta, para tener una perspectiva amplia sobre migración y para tantear los beneficios del país expulsor, receptor y de los inmigrantes mismos, saber; qué tan espontáneas o autónomas son las migraciones actuales; si realmente el país cuenta con la capacidad para recibir inmigrantes cuando, en nuestro caso, aun no se resuelven problemas sociales básicos como la salud, vivienda o educación; ¿está nuestra legislación la altura del proceso migratorio?; ¿Qué tanto se beneficia el sector empresarial con el importe de mano de obra barata?

El auge de la migración de la última década en Chile ha obligado a los académicos e investigadores sociales a copar con estudios muchas aristas del tema. Sin embargo, una rápida mirada constata que la preocupación va dirigida a crear un ambiente propicio para cumplir con los intereses económicos sectoriales con el subterfugio de hacer frente al discurso anti-migratorio como medida de control social, a la criminalización de los migrantes por los medios de comunicación para conseguir en reversa una conducta en contra de la xenofobia y el racismo para ir en sintonía al simple cliché “necesidades de los tiempos” o “realidad global” sin entrar en sus causas o por quién instigadas. Es por eso que, en lugar de abocarse a la simple reacción a la crisis migratoria y sus supuestos beneficios para el país de origen y migrantes, es tiempo de hurgar en las ventajas de la región receptora porque con seguridad la inmigración sería más restringida si no tuviera beneficios para el empresariado.

Sabemos que desde los 90 se hace evidente un giro del marxismo clásico, sino también de una reestructuración capitalista, y la migración laboral forma parte de aquello complementando la flexibilización y tercerización. La exportación de mano de obra barata y la reinserción de los necesitados de los países periféricos al sistema económico encajan perfectamente con una economía global y flexible a los intereses del empresariado apátrida. La pregunta de perogrullo es ¿qué tanto se benefician los países de origen y los inmigrantes en tanto capacidad de consumo y ascenso social?

“La leva de la moda migratoria” se ha colgado de un santo -que no es de mi devoción- para asentar sin mucho rigor que los chilenos o buena parte somos discriminadores. Sebastián Piñera, emite su declaración para recoger los frutos que dejó Trump: “Muchas bandas de delincuentes en Chile son de extranjeros”. Y como no, debe haber, pero cuesta creer que comparativamente con los delincuentes chilenos sean tantos –o para ser sincero desconozco estudios- pese el porcentaje de inmigrantes llegados a Chile en los últimos años (500.000 por lo bajo). Las declaraciones del ex presidente parecen ser solo afirmaciones políticas rimbombantes para revolver las aguas, tanto como las falsas peroratas inclusivas y antidiscriminatorias de sus contrincantes. Quienes confunden inclusión con amontonamiento de estudiantes en las aulas o colas en el sistema de salud pública.

Falta, para tener una perspectiva amplia sobre migración y para tantear los beneficios del país expulsor, receptor y de los inmigrantes mismos, saber; qué tan espontáneas o autónomas son las migraciones actuales; si realmente el país cuenta con la capacidad para recibir inmigrantes cuando, en nuestro caso, aun no se resuelven problemas sociales básicos como la salud, vivienda o educación; ¿está nuestra legislación la altura del proceso migratorio?; ¿Qué tanto se beneficia el sector empresarial con el importe de mano de obra barata?; ¿Las remesas enviadas al país emisor son un aporte real para su economía?; ¿Existirá un sector político que crea, hipotéticamente, que los inmigrantes serán un segmento a la clase revolucionaria apelando al discurso antidiscriminatorio?

Y en el mismo sentido, con la baja votación de los chilenos ¿Serán los inmigrantes quienes inclinarán la balanza?; ¿En qué porcentaje la inmigración presiona a la baja los salarios del país receptor y en qué medida incide al alza del país emisor?; ¿Aumenta el Producto Interno Bruto nacional del país receptor a la par con el poder adquisitivo de los trabajadores inmigrantes? Y; ¿Cuáles son los efectos psicosociales del desarraigo? En fin, no se pretende en estas pocas líneas dar respuesta, sino llamar a la reflexión para una ley migratoria que se ha hecho esquiva como tantas otras.

Como primera causa de la migración está la incapacidad del país de origen en el cumplimiento del objetivo para lo cual fue creado; el bien común de su población. En el caso específico de Haití, su “incapacidad” se debe a múltiples factores. Aún no se les perdona que fuera el primer país en hacer una revolución social que los lleva a su emancipación. Luego, que fuera el primero también, de origen africano en conseguirla. Tercero, alrededor de una centuria debieron pagar a los franceses por su independencia. Además, sufrieron la desgracia de estar tan cerca de EEUU con el expolio económico que eso conlleva, entre otras muchas particularidades donde la naturaleza no queda exenta.

En conclusión, no podría estar de acuerdo con las migraciones - sí con los migrantes- de ayer ni las de hoy por diferentes motivos. Los primeros, porque que se evitó el normal desarrollo de acuerdo a nuestra propia idiosincrasia (a lo que llamaron desidia y barbarie) desarrollada para bien o para mal durante siglos. La elite del XIX erró en su escala de valores porque fueron parte de “los indeseables” los que más aportaron al sistema desarrollista, industrializando nuestra economía a la par con su integración a la sociedad chilena aun cuando los llamaban “turcos”; discriminación que tiene su origen en la propia repulsión declarada desde los gobiernos de la época.

Ciento setenta y dos años después ha demostrado que la elite del XIX se equivocó rotundamente, ex indiciis nullam ahora parece in oscurecer la raza porque los “blancos buenos buscan negros pobres” ¿Será que somos demasiados desarrollados por lo que ahora necesitamos de la barbarie? Es decir, la política migratoria ha variado según intereses económicos quienes rigieron en pro de su beneficio. Hoy no tienen empacho en asegurar que la libertad de movimiento es un derecho humano, y por cierto que lo es, aun cuando un derecho no debe tener como base una obligación; la de desarraigarse para subsistir donde sólo la desigualdad en el desarrollo de las naciones lo hace conveniente.

Debemos preguntarnos si tienen sentido las migraciones latinoamericanas mientras pertenezcamos a un capitalismo dependiente. Como al preso del campo de concentración a quien le permiten cambiarse de barraca, porque lo más probable es que sea el jefe de campo el beneficiario. Aun si así fuere, debe ponderarse si el nuevo lugar cuenta con espacio, cama o comida. Si el conjunto se los brinda… ¡oh!, el mariscal de campo permite el socialismo dentro de un régimen penitenciario. Así como se permite la “libertad” o el “derecho” de emigrar donde los únicos que no se oponen son la clase empresarial. De repente no son racistas y aceptan la diversidad.

¡Déjense de hipocresías! La mano de obra del pobre se considera también una mercancía que se transa en el mercado y permite a los negreros competir con mano de obra barata, mientras los trabajadores locales no pueden optar a un mejoramiento del salario. Los trabajadores deberían tener el derecho y la oportunidad de presionar a sus propios negreros; en su tierra, con su familia, donde están sus raíces. El capitalismo está jugando al compra huevos (en este caso trabajo) donde los trabajadores deben migrar entre naciones y de continente en continente donde paguen el “mejor” sueldo de hambre que le permita, por medio de una especulación financiera-laboral, mantener a su familia...lejos. De paso, mientras que el PIB nacional sube, baja el del trabajador migrante.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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