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El estado neoliberal es impotente: "Aquí no ha pasado nada" con los mapuche

por 10 junio, 2017

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Hace ya siete años escribí una columna que titulé “Metáfora visual: La contracara del Bicentenario”. Eran los tiempos de Piñera, luego vino Bachelet 2.0. Y todo sigue igual, o peor. Terrorismo de Estado en La Araucanía (ver más adelante qué entiendo por tal). Testigos protegidos y sus falsos testimonios digitados (u obtenidos bajo tortura) por la PDI, y comprados por la Fiscalía. Balazos por doquier de Carabineros que golpean, hieren y matan con impunidad a niños y adultos mapuche (véase la reciente estrenada película Mala junta). Impunidad para los represores, acusaciones mentirosas y juicios amañados contra un pueblo ancestral.

En estos momentos nos encontramos con una nueva huelga de hambre de mapuche detenidos, frente a la acción de los familiares del asesinado matrimonio Luchsinger-Mackay, quienes rrecurrirán al Tribunal Constitucional por el rechazo a las falsas pruebas con que pretenden inculpar a los 11 comuneros. Nos cuenta el El Mostrador que “Según informaron los abogados de la familia, la decisión de los hijos de la pareja asesinada de recurrir al Tribunal Constitucional surgió luego que la jueza de Garantía [Alejandra García] a cargo del caso rechazó todas las pruebas que presentaron durante la preparación del juicio oral, argumentando sus dudas sobre la forma en que fueron obtenidas” (“Mapuches imputados en el caso Luchsinger-Mackay inician huelga de hambre”, 29/05/2017, el énfasis es mío).

Ya sabemos de la destitución de Francisco Huenchumilla, ex Intendente de origen mapuche, quien elaboró una propuesta y el gobierno de Bachelet 2.0 (Burgos mediante) la tiró a la basura. Y de esfuerzos posteriores de negociaciones y comisiones que no llevan a ninguna parte. Lo dijo Clemenceau: “Si usted quiere hacer algo, hágalo. Si no, nombre una comisión”. Y ahora, la guinda de la torta, el nuevo Intendente de La Araucanía, Miguel Hernández, declara: “Me siento un poco débil, de repente con dificultades para tomar decisiones. Estoy pasando un momento complejo y debo reconocerlo” (La Tercera, 26/05/2017, p. 18).

Desgraciadamente, la llamada clase política y la elite chilena apenas se arrastran a ras de suelo y, amén de corruptas y vendidas al empresariado, son ciegas (hay excepciones, por cierto, aunque con muy poco poder y voz, todo sea dicho). Para ambas, la realidad y el tiempo no son la realidad y el tiempo, sino lo que tienen en sus mentes que giran en torno a imágenes recurrentes sobre su ego.

El drama en La Araucanía es como un perro que se muerda la cola girando en redondo. Con mínimos ajustes expongo mi columna de 2010, un intento de capturar y mostrar este tiempo detenido, la incapacidad de la sociedad chilena, de sus gobernantes, sus políticos, sus empresarios, de volar alto y resolver el tema mapuche con un Estado Plurinacional y Autonomía para los pueblos que habitaron este país muchísimo antes de se fundara lo que hoy se denomina Chile.

Metáfora visual: contracara del bicentenario oficial

La imagen de Hugo Gutiérrez apoyado en el pecho de Sergio Aguiló forzados a cruzar hacia afuera las rejas de la cárcel de Temuco, mientras los periodistas, las cámaras y micrófonos intentan captar sus gestos y sus palabras, es la mejor metáfora de la contracara del Bicentenario oficial.

Aguiló parece clamar ayuda al cielo, en tanto Gutiérrez busca el cobijo de un corazón que lo ampare. Y no nos debiera sorprender, pues sabemos que Aguiló viene de la Izquierda Cristiana devenido PS y recién renunciado a esta colectividad. Y Gutiérrez es PC, abogado de Derechos Humanos, ahora diputado por la Región de Tarapacá. ¿Y quién si no la Vicaría de la Solidaridad fue un baluarte de la lucha para detener el horror y el terror de la dictadura?

Pero la imagen dice mucho más aún. Adentro quedan los mapuche a cargo de Gendarmería como representante del Estado chileno, y los diputados son forzados hacia el exterior, diciéndoles desde La Moneda que otros integrantes del Estado, del Parlamento, no pueden hacer causa común con presos mapuche en huelga de hambre. Que no se debe cruzar el límite, si no se diluye la frontera entre el santo Chile actual y la realidad pecaminosa de los pueblos originarios.

Carlos Peña ha dejado muy clara esta mirada de la elite, con una frase extraña, si no provocadora, pero sobre todo muy decidora: no se puede ser a la vez Gandhi y funcionario del Imperio Británico. Extraña y/o provocadora, pues insinúa que el Estado chileno es el colonizador y los diputados se han puesto de parte de los colonizados. Pero la frase es asimismo mentirosa, porque ser parlamentario no es lo mismo que ser un burócrata de gobierno, sobre todo cuando se es parte de la bancada de la oposición. Si no, ¿qué significan la separación de poderes con que Peña se persigna en muchas de sus columnas? Para él los parlamentarios deben  respetar la Ley y legislar acerca de sus modificaciones, y queda para los ciudadanos la rebeldía si se sienten maltratados por la Ley.

En el caso de los presos mapuche en huelga de hambre, dice, se puede estar de acuerdo o no, pero es digno; en el caso de los diputados, en cambio, hay un paso entre lo sublime y lo ridículo. ¿Qué significa esta afirmación? ¿Cómo se pasa de lo noble a lo grotesco? Peña afirma en vez de explicar qué trata de decir. Pero lo que sí es transparente es que, de nuevo, los límites que no se deben cruzar, no se debe mezclar. Todo debe ser claro como el agua, cuestión que les fascina a quienes piensan la vida desde sus libros y verdades abstractas.

Alfredo Jocelyn-Holt, por su parte, transmite el mensaje de que la decisión de Margaret Thatcher frente a los presos en huelga de hambre del IRA sería el modelo a seguir. Jocelyn-Holt habla de una presión radical, desesperada y patética de parte de presos en huelga de hambre, y que salvo excepciones, no es legítima o convincente. Y en relación a los diputados (“Que otros nada que ver se sumen es más que patético”) es oportunismo. Más allá de sus frases alambicadas, “situación imposible”, sí pero no, múltiples signos de interrogación, sus silencios (no se nombra la palabra mapuche ni diputados), muestra su inclinación por los universales propios de la filosofía y no los particulares de la historia, y ¡eso que es un historiador! Ya nos lo dijo Borges, la filosofía (metafísica) es una rama de la literatura fantástica y, por tanto, ajena a la realidad (volveré sobre esto más adelante).

(Cuando leo este tipo de reflexiones de iluminados, me acuerdo de Saul Bellow, quien declaró en 1991 respecto a lo que sentía acerca de los que llama “los intelectuales político-literarios” del continente americano: “Ira y desprecio. Por esta última y prolongada traición de intelectuales y eruditos con cerebro de plasticina”. Y en uno de sus cuentos los denomina “colibríes mentales”.)

Volviendo a la imagen, esta también dice: Sí, los mapuche son prisioneros del Estado, sus rehenes. De este modo se puede seguir cobrando el botín y la renta del secuestro de sus tierras desde “la pacificación de La Araucanía”. ¡Fuera de la cárcel los chilenos que pretenden empañar el Bicentenario!

La prensa consigna el hecho, lo informa, pero parece ignorar la importancia real y simbólica de lo que está en juego. Integrantes del Estado, elegidos por sus distritos (y miembros de la Comisión de Derechos Humanos, Nacionalidad y Ciudadanía, de la Cámara de Diputados), no pueden auto encarcelarse y dejar de comer, además entre rejas, pues ese es también un expediente, una vía de presión que atenta contra la vida. Cuando escucho este argumento desde el gobierno y la derecha, me acuerdo de Nietzsche: “Que uno hace bien en ponerse los guantes”, para defenderse de tamaña y cínica moralina. “Nos dan donde somos más vulnerables: en nuestro sentido cristiano de la  compasión”, dijo Thatcher luego de la muerte de Bobby Sands. La DC (que también ha repudiado la decisión de los diputados) y las iglesias son harina de otro costal, pues su postura se afincaría en esa misma misericordia y, más allá de hacer ver su visión e intentar hacer pesar su influencia para que se abra un diálogo entre el gobierno y los mapuches, las decisiones no están en sus manos.

Y ya “liberados” los diputados, se les dice que mantener la huelga de hambre en la CUT es una actitud de “irresponsables” (Piñera) y de “jardín infantil” (Hinzpeter). Vengan a trabajar, los llama Alejandra Sepúlveda, necesitamos sus votos (sic). Son como niños desordenados y rebeldes, a la fila, les dicen, nada bueno puede salir de esto. (Cristo, quien era ajeno a estas distinciones generacionales, les diría: “Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis”.)

En este año Bicentenario, marcado además por el terremoto y los mineros resistiendo la secuela de la avaricia que los llevó y secuestró al fondo de la tierra, la lucha mapuche y de sus presos vienen a coronar que ni la naturaleza, ni la injusticia sobre las cuales descansa el Chile del Bicentenario, van a aceptar la mentira de una patria donde todos cabemos y somos ciudadanos con iguales derechos y sometidos a una misma Ley. A los mapuche rebeldes se les aplica una legislación especial, la Ley Antiterrorista, heredada de la dictadura y comenzada a aplicar por gobiernos de la Concertación (ahora Carolina Tohá dice que fue un error y Soledad Barría desde el púlpito que “Tenemos que pedirle perdón al pueblo mapuche” (sic)).

El mundo y el lenguaje al revés, pues el camino elegido se llama Terrorismo de Estado; es decir, sembrar el terror desde el poder sobre una comunidad que vive en su territorio y que ese mismo Estado les arrebató. Zonas ancestrales mapuche semi-ocupadas por sus fuerzas de represión que matan araucanos a mansalva, doble juicio de tribunales militares y civiles, y testigos protegidos (anónimos) que inculpan a los detenidos. ¿Es esto un real Estado de Derecho? ¿Esas son las instituciones que funcionan? ¡Qué vergüenza!

Chile no es el único país donde los colonizadores victoriosos a punta de las armas han debido enfrentar con el paso de los años a sus pueblos originarios y, tras un proceso de nada fácil de negociaciones, llegar a un acuerdo. Otros Estados y sus pueblos originarios lo resolvieron mal o bien, pero lo resolvieron. Las grandes tensiones se pueden  salvar si se posee y se logra el fino equilibrio entre una ética de la responsabilidad y una ética de la convicción (Weber dixit). Hacerlo significa volar alto y mirar al ayer, el presente y al futuro.

Desgraciadamente, la llamada clase política y la elite chilena apenas se arrastran a ras de suelo y, amén de corruptas y vendidas al empresariado, son ciegas (hay excepciones, por cierto, aunque con muy poco poder y voz, todo sea dicho). Para ambas, la realidad y el tiempo no son la realidad y el tiempo, sino lo que tienen en sus mentes que giran en torno a imágenes recurrentes sobre su ego.

Borges le dio muchas vueltas al tema de la realidad y el tiempo, y al fin concluyó: “El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”. Los mapuche desde siempre, con los ojos cerrados, si no mientras duermen, ya saben de qué hablaba Borges. Quieren recuperar su río, su tigre y su fuego, eternamente unos con la naturaleza y el tiempo que fluye. ¿Es tan difícil sacarse la venda de los ojos y entender esta cosmovisión?

Claro, yo no soy un tonto puro, quizá tonto pero no puro, y por esto último intuyo que la ambición les nubla la mirada. Y desde una ceguera y avaricia análoga, los inquisidores actuaban bajo la lógica de que más importante que la justicia era la victoria, y que más importante que la verdad era el poder. Actuar así es carecer de una ética de la responsabilidad y de una ética de la convicción.

Al fin, la historia dijo lo suyo, le pasó la cuenta a esa aberración integrista y enemiga de la diversidad. No hay nada peor que la ideología nacionalista montada a caballo de una teología (religiosa o profana). Si antaño fue el nacionalismo español y el catolicismo (“pureza de sangre”, “cristianos viejos”), ahora es el racismo chileno (de una elite que tiene un 20% de genes indígenas) junto al capitalismo salvaje o neoliberalismo (dogma hegemónico).

Ya alguien lo dijo hace dos milenios: la verdad os hará libres. Cuando a Cristo le preguntaron sobre la verdad, respondió: “Sea vuestro lenguaje: ‘Sí. Sí’, ‘no, no’”. De esta manera leía el mandamiento “No darás falso testimonio contra tu prójimo”. Y por eso mismo consideraba innecesario jurar ante un tribunal, Dios quedaba fuera de la porfiada realidad. A eso me refiero con la verdad: la tiranía de los hechos, y no a que mi certeza es la única válida. Y agrego: solo la justicia (la virtud cardinal de dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece), y no su negación, podría reestablecer la paz en La Araucanía.

A la sazón, y solo entonces, el Bicentenario nos podría evitar esta imagen turbadora y triste de Sergio Aguiló invocando a las alturas y Hugo Gutiérrez aplastado contra su corazón.

Pero lo más perturbador y doloroso de todo, el símbolo más potente, es que los mapuche están ausentes en la imagen. La cámara oscura no los pudo rescatar ni de sus celdas ni de su hambre bicentenaria.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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