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Se cierne la tormenta: ¿Ossandón o Kast?

por 14 junio, 2017

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Bajo este título, Churchill narra hechos relacionados con el estallido de la devastadora y trágica Segunda Guerra Mundial. Guardando las evidentes diferencias, ¿Estamos conscientes de la vertiginosa crisis en que se está sumergiendo Chile y el  riesgo de la extrema polarización que podría atormentarnos?

Resultado de una turbia relación política-negocios, que ha corrompido a parte de la clase política, provocando un ambiente generalizado de desconfianzas, dos tercios de la ciudadanía se han marginado del proceso eleccionario, debilitando hondamente a nuestra democracia. Simultáneamente, producto de las tremendas desigualdades, se ha incubado un creciente sentimiento de malestar y rabia en un porcentaje importante de la población. Todo ello, en un ambiente de acendrado relativismo, afectando valores y concepciones de nuestra histórica cultura cristiano occidental.

El actual gobierno, incapaz de implementar apropiadamente las reformas ofrecidas y con una paupérrima tasa de crecimiento económico, ha caído en una impopularidad prácticamente irreversible.

En este contexto, un escenario bastante probable es que la nueva presidencia sea asumida por la oposición.  Si así fuese, terminará por desmoronarse la ya fracturada Nueva Mayoría. ¡Ay de los vencidos, como exclamara Breno, líder galo, al subyugar a los romanos…! Parte importante del derrotado conglomerado pasaría a engrosar el Frente Amplio.

El sentido común indica que evitando el choque entre los extremos.  Con un gobierno de carácter transversal que debilite la estrategia del desborde ciudadano y fortalezca la confianza en la democracia, aquella  en la que mediante el mecanismo de mayorías y minorías se pueda gobernar en paz social. Desde 1990, aquel fue el gran mérito de la Concertación, sin embargo, terminó diluyéndose en una Nueva Mayoría y un gobierno incompetente.

Por ello, de llegar la oposición al gobierno, no será trivial quien la encabece.

Al respecto, es imprescindible tener presente que el Frente Amplio siendo minoría no podría, por la vía democrática, construir su paradigma socialista. Es la razón de que tendencias dominantes al interior de este conglomerado apelen a la estrategia del poder ciudadano, esto es, movilización popular, con o sin violencia, que presione a los órganos del Estado para lograr sus objetivos.

Piñera es el flanco ideal para el Frente Amplio, ya que para ellos representa lo negativo de la trenza política-dinero-negocios y una concentración máxima del poderío económico-político. Siendo las desigualdades el leitmotiv de las movilizaciones, Piñera aparece como el símbolo de ellas. Dichas percepciones, fundadas o infundadas, agudizarían el malestar en la población, siendo previsibles graves convulsiones, colegios y universidades tomadas, sindicatos y trabajadores en huelga, parte de la administración pública paralizada, barricadas en las calles, el tránsito suspendido, la Araucanía en llamas, la policía desbordada, en fin, un país dividido, estancado, fuera de control, ingobernable. Mejor ni imaginar cómo podrían reaccionar las Fuerzas Armadas si en una coyuntura de estallido social Piñera quisiera convocarlas…

¿Cómo proceder entonces, a fin de evitar una eventual crisis de tan aguda dimensión como la descrita en esta hipótesis?

El sentido común indica que evitando el choque entre los extremos.  Con un gobierno de carácter transversal que debilite la estrategia del desborde ciudadano y fortalezca la confianza en la democracia, aquella  en la que mediante el mecanismo de mayorías y minorías se pueda gobernar en paz social. Desde 1990, aquel fue el gran mérito de la Concertación, sin embargo, terminó diluyéndose en una Nueva Mayoría y un gobierno incompetente.

Sabemos lo incómodo que para el Frente Amplio han sido estos conglomerados de centro izquierda, lo que explica su estrategia de lanzarle dardos para su exterminio, despejando así la cancha para enfrentarse directamente con la que considera ultra derecha, que identifican con Piñera. En este choque de extremos que paralizaría al país, será decepcionante para quienes de buena fe hayan apoyado a Piñera, percibir que le es imposible repetir la performance de su primer gobierno. Y ello, porque los tiempos son distintos. Durante la campaña de Piñera del 2009 una Coalición por el Cambio aglutinaba sectores no sólo de derecha sino que de centro, social cristianos y social demócratas, a diferencia de hoy en que su candidatura se muestra excesivamente derechizada, blanco ideal para las posiciones del Frente Amplio.

Volver a ocupar la desierta cancha del centro, que morigere el choque de los extremos, tampoco pareciera ser hoy el tiempo de la Democracia Cristiana, debilitada como está y, por las señales que ha dado la candidatura de Guilliet, en caso de perder la elección, es posible que sectores que lo respalden se incorporen al Frente Amplio.

En este escenario, de llegar la oposición a la presidencia, estará ante un tremendo desafío si pretende evitar una polarización y quiebre. Debería conformar un gobierno transversal, con auténtico sello social y popular, un noble sentido de unidad nacional y, sobre todo, con  inflexible decisión para combatir la corrupción política-negocios que, permitiendo recobrar confianzas y credibilidad, posibilite el progreso en paz social.

Ante el desafío que plantea esta hipótesis, si bien tanto Felipe Kast como José Antonio Kast son personas transparentes y de grandes méritos académicos e intelectuales, quien realmente podría enfrentar una polarización con más probabilidades de éxito es Manuel José Ossandón, asimismo, por sus manos limpias pero, además, por su conocida trayectoria social y popular, de terreno, codo a codo y en mangas de camisa con los más pobres de Chile; porque se atreve a hablar con la verdad y denunciar abusos y corrupciones, provengan de quien provengan y, muy especialmente, por su independencia de elites económicas y partidistas, lo cual le permitiría conformar aquel gobierno transversal y de unidad nacional, con la participación de personalidades de los más diferentes sectores que, con sentido de equipo, reinstalen al país en la senda del progreso, esto es, de un desarrollo integral, inclusivo y sustentable, en paz y armonía social, aislando a los minoritarios grupos anarquistas e incluso terroristas que siempre existirán.

Nadie puede predecir el futuro. Esta es sólo una hipótesis de trabajo. ¿Se cernirá la tormenta? Dios nos libre.  Pero si ello acaeciese, y nos hemos equivocado en nuestras opciones, no lloremos después sobre la leche derramada…

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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