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La pobre calidad humana y médica del servicio de salud público en Chile

por 16 julio, 2017

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A sus 98 años, el hermoso Tata Beño dejó sus pasos acá en la tierra y se fue a recorrer otros caminos por el más allá –cada uno, según su creencia, lo imaginará como quiera-.

Todo partió la madrugada del sábado 10 de junio, cuando el Tata ingresó a la Urgencia del Hospital Barros Luco. Eran alrededor de las 03.00 am y una ambulancia lo llevó desde su casa hacia el centro asistencial. Sin nosotros saber por qué, el Tata se había levantado de su cama y tropezó con la alfombra, el fuerte golpe contra el piso fracturó su cadera en el costado izquierdo.

Ese mismo día, pero luego de horas de espera, el Tata fue trasladado desde la Urgencia al área de Traumatología del Hospital Barros Luco Trudeau. A esas alturas -con el frio, la exposición a otros enfermos y la larga demora- la situación de salud era aún más grave, el simple resfriado que acompañaba a su adolorida cadera, se había convertido en una neumonía de alto cuidado. Si mal no lo recuerdo, fue en este contexto que por primera vez nos preguntamos ¿Cómo sacamos al Tata de acá?, ¿qué otras opciones de atención de salud tenemos? Tristemente, las respuestas eran simples y claras: primero, el Tata se irá del hospital o postrado o muerto; y en segundo lugar, por ser pobre –él-, y por ser pobres –nosotros-,  no teníamos más opción que esperar con calma y amor, cuál de estas dos alternativas se daría primero.

Durante 13 días, los médicos, internos, enfermeras, técnicos paramédicos, auxiliares y guardias del área de Trauma –los nombré a todos en agradecimiento- se cuadraron con nuestra familia, nos permitieron visitar a Don Beño, acompañarlo y calmarlo en su dolor. La atención de calidad nos hizo olvidar los primeros momentos en la urgencia, e incluso nos devolvieron la fe en la salud pública y en los funcionarios con vocación. Obviamente, no faltaba una/o que otra/o funcionario que se molestaba con nuestra “excesiva presencia”, pero también aprendimos que todo –o casi todo- se puede solucionar con una inmensa sonrisa, unas galletitas y un café.

Pese a lo anterior, la gravedad del Tata Beño seguía aumentando, cada día encontraban nuevas “morbilidades” y sus estados de conciencia eran cada vez más intermitentes, se perdía en sus recuerdos –supongo que – para no sentir más dolor. Fuimos acompañados y apoyados por profesionales maravillosos, que se enfocaron en comprender no solo las necesidades médicas de nuestro padre, sino que también se dieron el tiempo de entregarnos el soporte que como familia necesitábamos para poder seguir adelante.

El viernes 23 de junio nos avisaron que el Tata sería trasladado al área de Medicina, su condición de salud era grave –neumonía, anemia, una deficiencia renal que eliminó sus posibilidades de orinar de manera autónoma y una importante alza en sus niveles de sodio- y los médicos descartaron la operación de cadera, lamentablemente debíamos dejar Traumatología. Tuvimos que comprender que si el Tata sobrevivía no iba a volver a caminar, a ordenar el negocio o cuidar sus plantas, como lo hacía a diario. Nos preguntamos ¿Cómo viviría el Tata? Ese fin de semana largo -23 al 26 de junio- sería de los peores que hemos vivido como familia, tuvimos la mala suerte de (re)conocer el servicio público de salud, ese al que todos los chilenos le tenemos miedo, ese donde no se atienden alcaldes, diputados, senadores, ni la presi ni los ricos –ni tampoco los pobres que con mucho esfuerzo pagan una ISAPRE en busca de calidad-.

Fue en este contexto que por primera vez nos preguntamos ¿Cómo sacamos al Tata de acá?, ¿qué otras opciones de atención de salud tenemos? Tristemente, las respuestas eran simples y claras: primero, el Tata se irá del hospital o postrado o muerto; y en segundo lugar, por ser pobre –él-, y por ser pobres –nosotros-,  no teníamos más opción que esperar con calma y amor, cuál de estas dos alternativas se daría primero.

Además de presenciar el deterioro físico, mental y emocional del Papi, debimos soportar tratos vejatorios por parte del personal, situación que no solo presenciamos nosotros, sino que fue evidenciado por otros pacientes de la sala, quienes relataron que el Tata pasaba noches difíciles y que el personal no lo trataba con el cuidado y respeto necesario. Es difícil de entender, pero nos sentíamos un poco culpables por ser pobres –o de clase media, media cagá -, por no tener cómo sacarlo de ahí o cómo pagar alguien que pudiese cuidarlo de noche. En esas semanas olvidaríamos lo que era dormir en paz. El Tata había criado 7 hijos, 11 nietos, 3 bis-nietos y estaba muy contento por la llegada de su segunda tataranieta. Pese a ser muchos, no teníamos como pagar una atención de calidad –que parece estar solo en el sector privado- que complemente atención médica y humana acorde, suficiente y eficiente que –al menos- nos hubiese permitido enfrentar este momento de mejor manera.

Sabemos muy bien que caeríamos en un error al generalizar la actitud de alguna/os funcionaria/os de la terrible Sala L. De hecho, destaco el hermoso trabajo de dos internos -y algunos técnicos paramédicos- que nos apoyaron durante esos 10 días que el Tata estuvo ahí. La experiencia que como familia vivimos desde la llegada al servicio de Medicina, particularmente con los turnos de fin de semana, se convirtieron en un gran dolor que llevaremos para siempre. Comprendimos que ni una buena educación, ni una sonrisa pueden contra un funcionario que no ama su trabajo. El temor aumentaba cada vez que teníamos – o nos obligaban- a retirarnos del hospital.

La silenciosa tensión entre los funcionarios de la sala y nuestra familia llegó a su límite el día domingo 2 de julio, donde la enfermera jefa de la Sala L –quien no portaba su identificación- nos sacó sin respetar los acuerdos de flexibilidad horaria que el servicio tenía para con nuestra familia. La “profesional” vociferaba que cumplía con sus obligaciones y que nosotros no respetábamos los horarios establecidos por el hospital. Ella, desde su soberbio rol, pensó que nosotros -al igual que muchos otros familiares- no reclamaríamos por sus formas. La muy ingenua creía que no sabíamos que estaba viendo el partido de la selección chilena o que olvidaríamos como –por solicitud de otro paciente- fue a buscar fuera del hospital a un familiar, dejando sus obligaciones abandonadas en pleno horario de visita. La famosa enfermera -quien casi impide que nuestro abuelo recibiera atención kinesiológica para su problema respiratorio- nos obligó a retirarnos de la sala: “nos echó y no nos dejó despedirnos”. Ese domingo el Tata había estado despierto, luego de muchos días inconscientes por el dolor, por primera vez en la semana pudimos ver sus ojitos mirándonos, él estaba ahí e incluso conversó un poco. Pese a esta pequeña alegría, la empoderada jefa de sala decidió quitarnos nuestros últimos momentos. La última vez que vimos a Don Beño, fue cuando corriendo nos asomamos a su puerta y lo miramos de lejos, él sumergido en sus dolores, ya se había quedado dormido.

Revisamos en internet el nombre de la enfermera y para nuestra triste sorpresa, la profesional ya contaba con denuncias por malos tratos. Obviamente y como los pobres no tenemos derechos, ella no fue desvinculada de la institución, sino que fue trasladada de sala, exponiendo a otros pacientes y familiares a sus malos e inhumanos tratos. Ese día nuevamente alizamos nuestras posibilidades de traslado, incluso pensamos en llevarlo a casa para cumplir sus deseos, discutimos entre nosotros y lloramos de impotencia por no tener el dinero necesario para que pudiese morir en paz y con nosotros. Yo me pregunto, ¿no es injusto que el derecho de acompañar a los familiares en sus últimos momentos, el derecho a no morir solo/a, esté reservado solo para quienes pueden pagarlo?

A las 8.20 de la mañana del día 3 de julio, fuimos llamados desde el hospital para ser informados del fallecimiento de nuestro Tata Beño, en completa soledad y rodeado de funcionarios que no eran parte de su familia. Pese a todos nuestros esfuerzos, dedicación y amor, no pudimos estar con él, porque nos lo impidieron. Sabemos muy bien que el fallecimiento de nuestro familiar era una situación esperable, nuestro viejito ya había escrito su historia durante 98 años y estaba muy cansado. Pero esta carta trata sobre la posibilidad de estar ahí, una posibilidad que nos fue arrebatada de manera cruel en las manos de una enfermera sin vocación. Lo que quiero expresar aquí –en representación de mi familia y de muchas otras- es el dolor que sufrimos al no poder acompañar al Tata en sus últimos momentos, es la pena que tenemos solo por ser pobres, por no tener los medios para costear una salud de calidad médica y humana que garantice tanto a los enfermos, como a sus familiares, una atención médica y profesional respetuosa y acorde a las circunstancias, que nos permitieran enfrentar el proceso de la muerte de una manera digna.

Pese a que en otras instancias fuimos testigos del buen funcionamiento del Hospital, el área de medicina y en particular las enfermeras de la Sala L, nos hicieron sentir vulnerados en nuestro derechos de recibir la información necesaria, oportuna y comprensible sobre el estado del Tata, nos hubiese gustado que se respetase el derecho del Tata de recibir un trato digno y por sobre todo, reclamamos para toda/os el derecho a morir acompañado de sus seres amados. Nosotros repudiamos que se nos negara la posibilidad de que el Tata Beño contara con la compañía y asistencia espiritual que él merecía en sus últimos momentos.

Por último, quisiéramos expresar de la urgente necesidad de considerar y abordar de manera efectiva los reclamos que existen desde la ciudadanía hacia esta y otros funcionario/as del servicio público de salud –y de todo el aparato del Estado- solicitando abierta y encarecidamente que sea sancionada de manera ejemplar y proporcional al sufrimiento que tal como nuestra familia, muchos otros y otras han debido afrontar producto de su deficiente desempeño profesional y pobre calidad humana.

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