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Análisis de inteligencia: un desprecio letal en curso

por 27 agosto, 2017

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Los países centrales, usan intensivamente las metodologías de inteligencia para la conducción estratégica y táctica en todos los ámbitos gubernamentales. No solo para la construcción de escenarios anticipativos, para manejar la conflictividad extrema de la diplomacia o la guerra, sino también para la definición e introducción de las contramedidas de contención y corrección y seguridad, ante las conflictividades sociales y políticas inmediatas, sean internas o externas.

¿Por qué nuestros gobiernos no lo hacen o lo hacen tan mal? ¿Por qué se ha hecho característico que a la hora de la intervención, de la toma de decisiones, de la acción correctiva o modificatoria, hay equivocaciones, incomprensión y falta de dominio de los componentes de los escenarios, que redundan en malas decisiones de políticas públicas? Es suficiente mirar los múltiples enfoques fallidos frente a la conflictividad, para advertir la ausencia de reflexiones serenas, la falta de conocimiento profundo, el equívoco manifiesto producto de la improvisación.

Entre esos casos está no solo la persistente conflictividad de la Araucanía, sino el deterioro de hábitats urbanos y barrios completos en las principales ciudades del país a mano de la microdelincuencia que depreda la cotidianeidad ciudadana, También la creciente corrupción en instituciones esenciales para la seguridad y supervivencia del Estado, sean civiles o militares. La anomia institucional no prevista, y que se va haciendo manifiesta y anárquica, en los intercambios interinstitucionales de la administración, es un signo alarmante –uno más- de las fallas en materia de inteligencia estratégica.

Si miramos los escenarios políticos en curso, en donde la inteligencia política debiera desplegarse en toda su potencia, para el manejo prolijo de circunstancias altamente complejas como las actuales, su ausencia es evidente. Donde debiera expresarse el análisis más fino y prolijo, la objetividad más absoluta en el diseño operativo y en la identificación de modos y conductas, pareciera que se ha decidido instalar una prescindencia catastrófica.

Las metodologías de la inteligencia proveen recursos técnicos, modos de apreciación, procesamiento y anticipación, lógicas y sistemas decisionales suficientemente probados y eficaces, como para reducir los márgenes de error a la hora de pasar a la acción e identificar soluciones o rutas para el desarrollo e implementación de las decisiones de las autoridades competentes. Especialmente en el manejo de la gestión gubernamental.

En los inicios del primer gobierno democrático, superada la dictadura civil militar, un argumento recurrente era que las prácticas represivas de la dictadura se entendieron y asimilaron como una actividad de inteligencia. Un organismo como la Dina fue definido técnicamente como una dirección de inteligencia e incluso el asesinato del ex Presidente Eduardo Frei Montalva, se califica como una “acción de inteligencia”.

Así, el concepto inteligencia quedó asociado a conductas ilegales, abusivas, represivas, crueles y degradantes. La inteligencia quedó concebida como un instrumento para destruir al adversario a través de detenciones clandestinas, torturas, desapariciones y todo aquello suficientemente conocido. Por lo tanto, era sano alejarse, lo más posible, de ese concepto malsano y pervertido que era la inteligencia. Recuerdo haber consultado con una secretaria si su jefe aceptaría conducir un organismo de inteligencia, me respondió “¿Crees que Fulano se iría a meter al barro? Creo que no”.

De la misma manera, los procesos anticipativos de mediano y largo plazo, para lo cual existen metodologías de inteligencia altamente eficaces y sofisticadas, amenazan a sus impulsores en el sentido que los frutos de su aplicación se darán en el futuro, probablemente cuando los términos de aplicación estarán en otras manos, así como también el rédito político que pudieran generar. ¿Para qué me esfuerzo si otro será quién coseche el “éxito”? Es preferible hacer solo aquello que sea visible dentro del horizonte de mi mandato, pues el “éxito” es una exigencia insoslayable en todo orden de cosas, y es un requisito para impulsar mi carrera. Si no soy calificado como “exitoso” disminuirán mis posibilidades de ser considerado en proyectos o cargos futuros, por lo tanto, no estaré dispuesto a perder el tiempo.

En la labor de inteligencia es necesario disponer de estructuras, personal, conducción técnica de alto nivel, presupuesto, vinculaciones y aceptabilidad para poder generar insumos de análisis especializados, y sobre todo validación política Estatal.

Un gran freno para el desarrollo de las metodologías señaladas, son los escenarios políticos complejos, que tienen compromisos, alianzas, apoyos mutuos, cuentas por cobrar, y variados intereses, no siempre susceptibles de ser vistos. Incluso para los conductores de los organismos existentes, estas limitaciones de los compromisos políticos, los acuerdos de mutua conveniencia, conspiran contra una aplicación limpia, empoderada y vigorosa de estos métodos y dañan profundamente su ocurrencia y efectividad.

Estas condiciones pueden incluso frenar el empoderamiento de directores y jefes, impidiéndoles desplegar todas las facultades que la ley les confiere para el desarrollo de sus funciones. Incluso la percepción de lo políticamente correcto, pesa en esta actividad, pues ella debe hacer gala de la objetividad, independencia, meticulosidad, persistencia, honestidad y veracidad más absolutas.

Para ello, un aspecto central es su control y responsabilidad institucionalizados y secularizados de acuerdo a principios de reserva y alto compromiso público, lo que en la actualidad está levemente mencionado en la propia constitución.

Si miramos los escenarios políticos en curso, en donde la inteligencia política debiera desplegarse en toda su potencia, para el manejo prolijo de circunstancias altamente complejas como las actuales, su ausencia es evidente. Donde debiera expresarse el análisis más fino y prolijo, la objetividad más absoluta en el diseño operativo y en la identificación de modos y conductas, pareciera que se ha decidido instalar una prescindencia catastrófica. Así por lo menos aparece frente al desastre de corrupción que enfrenta la policía uniformada y la administración financiera del Ejército.

El análisis de inteligencia, sus métodos precisos y asertivos, deberían ser usados para superar estos momentos fatídicos, cuando la pasión, la insensatez, la codicia u otras pasiones avasalladoras, que no compatibilizan con los intereses de la República, ciegan a los actores y los arrastran a la comisión de errores gruesos e incomprensibles, de imprevisibles consecuencias futuras.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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