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Piñera: ¿Voto de castigo?

por 11 septiembre, 2017

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Una de las convicciones de sentido común que se ha ido instalando paulatinamente en los últimos meses es que la carrera presidencial 2017 tiene ya un “casi” seguro vencedor. Dicha percepción se funda tanto en las sucesivas encuestas de diverso origen que, desde hace ya más de un año, lo ubican sistemáticamente en primer lugar, como también por el entorno político y de campaña que rodea su aspiración a la primera magistratura.

Así y todo, recientemente se han comenzado a divulgar una serie de columnas de opinión y afirmaciones de dirigentes oficialistas, según las cuales, esta probable victoria no sería consecuencia de una de las mejores campañas opositoras de los últimos decenios, no solo encabezada por un candidato que ha presentado las más sensatas, prudentes, necesarias y realistas propuestas programáticas, que cuenta con la capacidad, cualidades y experiencia necesaria para abordar los desafíos que atraviesa Chile, sino que, él mismo, cuenta con la voluntad y decidida aspiración de servir al país desde el puesto de mayor responsabilidad política nacional.

Dichos articulistas y dirigentes han afirmado, empero, -luego del citado conjunto de evidencias que auguran la derrota de los candidatos del oficialismo- y casi al unísono, que el previsible resultado será más bien consecuencia de las malas campañas que han realizado sus competidores -la senadora DC, Carolina Goic y el senador independiente pro Nueva Mayoría laica, Alejandro Guillier- la pérdida del anterior animus societatis del oficialismo, la división en y al interior de los partidos de la ex Nueva Mayoría, sus diferencias programáticas, desorden interno y hasta la falta de ganas del candidato periodista.

Como es evidente, dicha hipótesis no es otra cosa que un intento de disminuir o desvalorar el trabajo de la estructura del Comando y la extendida y eficiente orgánica partidaria de campaña del ex Presidente, así como instalar, desde ahora, la idea que los chilenos no estarían realmente de acuerdo con las propuestas del candidato, sino que votarán por él como una “reacción de castigo” en contra del mal Gobierno actual.

Nada más falaz. Por de pronto, sin siquiera recurrir a los juicios que surgen con claridad del análisis de las encuestas, baste referirnos a las propias declaraciones de los principales dirigentes del oficialismo, así como de sus parlamentarios, respecto de la calidad, profundidad y oportunidad de las reformas que se han llevado a cabo, para demostrar que ni siquiera en la propia coalición de Gobierno ha habido coincidencias mayoritarias sobre aquellas -que no sean sus titulares-, lo que constituye otra muestra palmaria de que una gran mayoría de los chilenos rechaza la dirección estratégica que la administración ha intentado imprimirle a un país cuya ciudadanía valora lo realizado por las generaciones anteriores, y que solo ha buscado su perfeccionamiento y ajustes propios del progreso que, aquel esfuerzo de décadas, ha significado.

Como es evidente, dicha hipótesis no es otra cosa que un intento de disminuir o desvalorar el trabajo de la estructura del Comando y la extendida y eficiente orgánica partidaria de campaña del ex Presidente, así como instalar, desde ahora, la idea que los chilenos no estarían realmente de acuerdo con las propuestas del candidato, sino que votarán por él como una “reacción de castigo” en contra del mal Gobierno actual.

Para muy pocos chilenos, las actuales circunstancias en lo económico -cuyos efectos en la realidad social, política y cultural son evidentes- han sido resultado de la “mala suerte” o producto de la coyuntura internacional. La mayoría estima que el impacto de las reformas internas provocó buena parte del estancamiento de la inversión y caída de expectativas, generando una ralentización del crecimiento que, en promedio, observó el país en las últimas décadas y respecto del cual ninguna otra mala coyuntura internacional anterior había tenido tal impacto.

Fueron, pues, las expectativas afectadas negativamente por las reformas las que explican gran parte de la situación que obligó al Gobierno al “realismo sin renuncias” y que, ahora, con cierta convicción de un pronto cambio de mano en La Moneda, la propia ciudadanía comienza a revertir.

Advertencias en tal sentido, por lo demás, comenzaron a conocerse tempranamente desde la propia Nueva Mayoría, donde sus sectores más prudentes llamaron a evitar un tipo de gestión política de mayorías aplastantes y con “retroexcavadora”, señalando que produciría graves daños, no solo en la convivencia nacional, sino en las áreas intervenidas por los cambios. Los resultados están a la vista.

Ante dicho estado de cosas, no es el “voto de castigo” el que explica la popularidad de Piñera en las encuestas y conversaciones y su posible victoria de noviembre, sino que los chilenos parecen estar decididos a defender lo alcanzado mediante un cambio de conducción que permita, por una parte, recuperar el tiempo perdido, corregir los graves deterioros económicos y sociales producidos en tan poco tiempo, restablecer el imperio del derecho, poniendo coto a la delincuencia y la inseguridad, así como recomponiendo una mejor convivencia político social para enfrentar un desafío país que, como señala el ex Presidente, requiere de la mayor unidad nacional posible.

En efecto, en momentos como los actuales, más que las vanas e irrealizables promesas de políticos inexpertos y/o demagogos, la historia muestra que los países requieren liderazgos definidos, sólidos, competentes, integradores, proactivos y capaces de asumir con eficiencia y eficacia, no sólo las rectificaciones y ajustes que el país mayoritariamente está pidiendo, sino que, además, cuente con la inteligencia, habilidad y experiencia para desarrollar las tareas indispensables para administrar el Estado, de tal forma de asegurar a los chilenos que vienen tiempos mejores.

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