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¿Hemos superado los estereotipos?

por 18 septiembre, 2017

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El pasado 8 de septiembre, El Mostrador presentó una entrevista a Constanza Schonhaut, dirigente del Frente Amplio, donde se discutía la forma “patriarcal” de hacer política que persiste en Chile y que, de acuerdo a la propia entrevistada, se mantiene en cierta medida dentro de su coalición política. Estas declaraciones plantean discutir conceptos tales como estereotipos, prejuicio, y sexismo al interior de nuestra sociedad. Sin embargo, al mismo tiempo plantean contradicciones relevantes para proyectar un debate en la materia que nos posibiliten obtener lecciones para lograr el anhelo de la igualdad de género.

Desde el primer gobierno de Michelle Bachelet, la desigualdad de género se ha posicionado como un eje relevante en la política chilena. Existen diferentes áreas en las cuales se manifiesta esta realidad. Por ejemplo, la mayor parte de los cargos políticos de elección popular son ocupados por hombres. A su vez, las mujeres obtienen una menor remuneración, a igual trabajo, que un hombre. Para estos ejemplos, así como también para otros, se están desarrollando políticas de Estado con el objeto de reducir esta disparidad. Sin embargo, existe una dimensión cultural de esta desigualdad que es mucho más persistente, en parte porque no siempre es directamente observado por las propias personas.

Las declaraciones de Schonhaut permiten ejemplificar la persistencia y uso implícito de estereotipos de género. En su entrevista, declara:

“El feminismo no sirve si es solo potenciar a las mujeres con liderazgos masculinizados, eso no tiene mucho sentido […] Todavía se ve una forma patriarcal de hacer la política, la forma de posicionarse como un mejor liderazgo siempre opera desde un patronaje que implica vilipendiar al otro, subordinarlo, no desde el diálogo ni el mejor argumento, sino desde la disposición”.

Con esta reflexión no estoy sugiriendo que el Frente Amplio y Schonhaut estén promoviendo la desigualdad, o que no debamos aspirar a la igualdad entre hombres y mujeres. Sólo pretendo mostrar que la presencia de los estereotipos es más fuerte de lo que quisiéramos.

La crítica que se plantea resulta válida respecto de intentar una forma de hacer política (término de amplio uso en nuestros tiempos), dado que recurre al diálogo como herramienta fundamental. Por otra parte, lo que sería la vieja forma de hacer política (que al parecer no es tan vieja como se plantea), es caracterizada como “masculina” o “patriarcal”. El contenido específico de esta última es el “patronaje”, la “subordinación”, y la “disposición”. Implícitamente, lo que se nos está diciendo es que los rasgos masculinos se definen por imponer una visión y no estar abiertos al diálogo. El problema radica en que definir rasgos “masculinos” de esta forma deviene en un uso estereotípico del término. En otras palabras, indirectamente se está sugiriendo que las mujeres deben ser partícipes de la actividad política porque aportan una visión diferente, marcada por sus capacidades de relacionamiento interpersonal que permiten dialogar en lugar de imponer.

Son precisamente estos rasgos los que han definido interculturalmente los estereotipos de género en diferentes contextos. Los estereotipos se han definido como las creencias compartidas al interior de una comunidad respecto de determinados grupos sociales. Sin embargo, no son un mero reflejo de la realidad. En ese sentido, se ha mostrado en distintas culturas que operan como un mecanismo racionalizador de las desigualdades, siendo este efecto más fuerte para aquellos estereotipos que se denominan complementarios. Esta clase de estereotipos se caracteriza por definir a grupos sociales a partir de atributos positivos y negativos, pero los grupos de alto estatus son percibidos como poseedores de atributos relacionados con competencias (relevantes para definir el estatus) y carentes de atributos relacionados con capacidades de relacionamiento interpersonal (menos relevantes para definir el estatus). En el caso de los grupos de bajo estatus, la relación es inversa, es decir, son percibidos como poseedores de características de relacionamiento interpersonal, pero no de competencia.

En el caso específico de estereotipos de género, diversos estudios han mostrado que la exposición a estereotipos complementarios de género se asocia causalmente a justificar el sistema de relaciones de género existente, sobre todo entre las mujeres. La razón que subyace a esta asociación es que los estereotipos permiten que los individuos perciban que los sistemas sociales son justos, pues cada uno tiene tanto atributos positivos como negativos, lo que le permite ocupar una posición en estos sistemas que se condice con tales rasgos. Al mismo tiempo, aun cuando existen desigualdades, estos sistemas no serían tan injustos, pues todos tenemos defectos (incluso las personas de alto estatus). Es por este motivo que la promoción de estereotipos tiene consecuencias tan perjudiciales en la lucha por una sociedad más igualitaria.

Con esta reflexión no estoy sugiriendo que el Frente Amplio y Schonhaut estén promoviendo la desigualdad, o que no debamos aspirar a la igualdad entre hombres y mujeres. Sólo pretendo mostrar que la presencia de los estereotipos es más fuerte de lo que quisiéramos. Al mismo tiempo, en sectores de izquierda, las personas poseen mayores herramientas ideológicas para hacer evidentes estos estereotipos y poder evitarlos. Sin embargo, como las mismas declaraciones de la entrevista lo muestran, el intento por superarlos es más complejo de lo que deseamos, sobre todo considerando que existen muchos sectores despolitizados en nuestra sociedad. Si a eso se suma el que los estereotipos son adquiridos a temprana edad, el resultado es que un intento por cambios profundos en las concepciones culturales de nuestra sociedad, requiere acción política y, sobre todo, tiempo. En ese sentido, muchos esperamos que el día de mañana el argumento esgrimido para la igualdad de género sea simplemente “porque todos somos iguales”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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