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Desamparo y economicismo de la ciencia en los programas presidenciales

por 6 octubre, 2017

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Han pasado varios días desde el denominado “Debate Futuro” sobre ciencia, tecnología e innovación (CTI). No son pocas las voces que se han referido críticamente al debate mismo, y la evaluación es más bien regular, en parte debido al formato (que no permitió contrastar opiniones entre candidatos), y en parte debido a la orientación y contenido de algunas preguntas, un aspecto en el que se notó marcadamente la ausencia de participación de organizaciones activamente vinculadas en años recientes a los temas de CTI, dejando de esta forma muchos temas fuera del debate.

Considerando que el Debate Futuro no permitió obtener muchas conclusiones, es hora entonces de regresar a los programas de cada candidatura. A menos de dos meses de la elección, es poco probable que existan grandes cambios en las orientaciones de cada candidato(a) en esta materia, y por ende es posible aventurar algunas reflexiones.

La primera será evidente para quien revise los respectivos programas: las propuestas de ciencia, cuando existen, ocupan escasa atención y espacio. Para la ciencia, existe un ahorro en las palabras que no se observa, por ejemplo, en materias como cultura o deporte, en las que varios candidatos y candidatas tienen secciones independientes y específicas. Hasta ahora, solo Carolina Goic tiene una sección específica de propuestas sobre CTI, al menos en su sitio web.

Esto nos lleva a una segunda –y preocupante- reflexión: el evidente economicismo de las propuestas de CTI. En seis de los ocho programas de gobierno, las propuestas de ciencia, tecnología e innovación se encuentran en los capítulos económicos (una nota de precaución: en algunos casos, el programa final aún no es publicado, presentándose entonces “hojas de ruta”, mientras que en otros existen leves diferencias con lo presentado en el sitio web de cada candidatura, o bien el programa no se encuentra disponible; por ende, el análisis puede realizarse sobre los documentos programáticos presentes en el sitio web del SERVEL, complementándose con lo presente en cada sitio web).

¿Qué pudo haber llevado a la vasta mayoría de las candidaturas a pensar que la ciencia es, primero y ante todo, una herramienta para influir en la economía, antes que un mecanismo para generar conocimiento acerca de nuestro mundo, con implicancias que abarcan desde lo social a lo económico, pasando por las políticas públicas, la cultura y la identidad? ¿Qué nos llevó a este estado de economicismo de la ciencia?

Es decir, la mayoría de los candidatos y candidatas visualiza la ciencia como algo que forma parte, principal o únicamente, del desarrollo económico. Por ejemplo, las escasas propuestas de José Antonio Kast en la materia forman parte de su “Agenda para la Reactivación Económica y el Emprendimiento”. Lo poco que propone Alejandro Navarro, forma parte de su “Nuevo Modelo Económico Sustentable”. Marco Enríquez-Ominami presenta muy pocas propuestas en materia de CTI en esta ocasión, y lo hace en su eje de “Crecimiento Económico”. En el caso de Beatriz Sánchez (tal vez el más sorpresivo), varias de las medidas sobre CTI se detallan en su “Plan Económico”. A su vez, Alejandro Guillier planteó inicialmente sus propuestas sobre CTI en una sección aparte en sus “bases programáticas”, pero ahora la CTI solo es mencionada en la sección de “Recuperando el Crecimiento”. Es poco lo que ha dicho Sebastián Piñera en esta materia en su programa, y aún menos lo que ha propuesto Eduardo Artés. Y no obstante lo que se señaló respecto a Carolina Goic, en su programa la ciencia se menciona en la sección de “Apostar por la innovación y la diversificación productiva”, en el capítulo de “El imperativo del desarrollo sostenible e inclusivo”, con otra mención a un “vigoroso plan de fomento de la investigación aplicada” en la sección de educación superior.

Por supuesto, no solo importa dónde se propone lo que se propone, sino que también importa qué se propone. Y en este sentido, en varios de los programas las propuestas giran exclusiva o predominantemente en torno a la necesidad de vincular la investigación con los problemas productivos, con el objetivo explícito de promover el desarrollo económico, y en varios casos en áreas ya seleccionadas (“nuevas industrias”, “nuevos sectores”, “retos nacionales”, etc.). No existen menciones significativas a la investigación básica, o a cómo se aprovechará la futura institucionalidad en áreas que vayan más allá de lo productivo, ni menos cómo impulsar diálogos participativos para decidir colectivamente nuevos sectores, retos o áreas.

¿Qué pudo haber llevado a la vasta mayoría de las candidaturas a pensar que la ciencia es, primero y ante todo, una herramienta para influir en la economía, antes que un mecanismo para generar conocimiento acerca de nuestro mundo, con implicancias que abarcan desde lo social a lo económico, pasando por las políticas públicas, la cultura y la identidad? ¿Qué nos llevó a este estado de economicismo de la ciencia? Probablemente no exista una respuesta sencilla, y más bien nos estamos viendo enfrentados a una compleja mezcla de fenómenos. Por ejemplo, tal vez los científicos hemos errado dramáticamente en nuestra percepción acerca del real impacto de nuestro “trabajo político” (si cabe calificarlo de esa manera). La irrupción de “los delantales blancos” de hace un par de años (en cuya ocasión, no pocos situaron como inicio de la movilización el año 2015, menospreciando los esfuerzos previos) parece no haber tenido el efecto esperado, y bien pudo haber contribuido a posicionar algunos liderazgos puntuales, más que a fomentar un diálogo comunitario. Es verdad que se está discutiendo en el Congreso Nacional una nueva institucionalidad, pero este supuesto interés político no se ha visto acompañado a nivel presupuestario, por ejemplo.

Por otro lado, las constantes actividades en torno a políticas científicas adolecen de ciertos defectos, incluyendo escasa participación y falta de diálogo dentro de la propia comunidad académica y científica. Pero la instalación del economicismo científico en la campaña presidencial revela también que quienes piensan que el rol de la ciencia va (o debe ir) mucho más allá de la solución a los problemas y desafíos productivos, no han sabido hacer frente a un discurso pro “ciencia para lo productivo” que, pese a su larga data (se viene arrastrando desde hace al menos quince años), no muestra signos de agotamiento (ni menos de análisis crítico).

Podríamos ser optimistas. Después de todo, es positivo que los candidatos y candidatas vean que la ciencia es importante para el desarrollo económico. Incluso podríamos transformar esta coyuntura en una oportunidad, redoblando los esfuerzos para ahora convencer al mundo político de que la ciencia cumple también otros fines, tan o más importantes que el “productivo”. Pero esta tal vez sea una estrategia peligrosa. ¿Acaso el problema de nuestra baja diversificación productiva pasa solo por un tema de ciencia e innovación? ¿Acaso no estaremos exigiendo demasiado a la ciencia y la innovación, cuando las respuestas bien podrían estar en otros lugares también? Por otro lado, ¿existe conciencia entre el propio mundo político de que, para que la ciencia ofrezca mejores posibilidades de abordar los desafíos del país, se requiere una escala mayor de recursos, y un esfuerzo sostenido en todas las áreas del conocimiento?

La coyuntura política exige claridad. Esta discusión no se trata de afirmar que la investigación y el conocimiento científico no son relevantes para el objetivo de los candidatos y candidatas de promover el desarrollo económico. La investigación científica y la innovación derivada de ella sí son relevantes, y negar su importancia sería errar el camino.

La discusión tampoco se trata de negar nuestras deficiencias en lo relativo a la vinculación entre academia e industria, o entre investigación y las oportunidades y desafíos productivos. Es indudablemente necesario avanzar en esta área. Pero la ciencia nos puede dar mucho más. Y son estas “otras” dimensiones la que no estamos presenciando en la mayoría de los programas presidenciales. Hay una serie de temas que además no han sido abordados de forma profunda (inserción, género, descentralización, condiciones laborales, el apoyo a las disciplinas de investigación en artes y humanidades, por ejemplo). Las diferentes candidaturas aún están a tiempo de plasmar en sus programas sus propuestas en estos y otros ámbitos. Esta debe verse, entonces, como una gran oportunidad, puesto que avanzar en esta dirección traerá beneficios tanto para las candidaturas como para el país.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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