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Hacia el nido de los halcones

por 6 octubre, 2017

Esta oposición conserva palpitante el recuerdo de las movilizaciones del 2011, de los cambios políticos-culturales que les sucedieron y de una de las mayores derrotas parlamentarias que cosechó. Sabe que esta vez no contará con las otrora fieles bisagras que operaron a su favor en el Congreso.
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Lo que no te mata te hace más fuerte. La ya clásica frase se aplicó con suerte al ministro del Interior, Mario Fernández, contra quien Chile Vamos había anunciado una acusación constitucional o, en subsidio, una interpelación parlamentaria, mientras el poderoso gremio de los camioneros exigía su renuncia. Pero, nada de ello ocurrió. El riesgo que corrían Renovación Nacional y la UDI, y su candidato Sebastián Piñera, era alto, pues no contaban con los votos en la Cámara de Diputados ni en el Senado ―instancia que debía actuar como jurado― para provocar la destitución del personero y hacerle efectiva la prohibición de ejercer cargos públicos durante los próximos cinco años.

Y es que los tiempos actuales no son los de aquella coyuntura de 2008 en que, con los votos de la Concertación, fue posible la consumación de un libelo acusatorio contra la entonces ministra Yasna Provoste, cuando el diputado Pablo Lorenzini se abstuvo en la votación y Gabriel Ascencio, Pedro Araya y Esteban Valenzuela no ingresaron a la sala. Cuando los parlamentarios Alejandra Sepúlveda, Jaime Mulet, Eduardo Díaz y Carlos Olivares, leales al senador Adolfo Zaldívar, votaron alineados con las bancadas de la oposición sellando así el destino de la titular de Educación.

Esta vez no habría vacilaciones ni disidencias democristianas. Tampoco habría que lamentar tránsfugas en las filas de la izquierda. Por eso, Mario Fernández y la vía política e institucional seguida hasta ahora no podían sino salir fortalecidos de la prueba que les aplicaría la oposición. Su principal, y acaso único papel, habría consistido en alinear al oficialismo tras el relato de la cuestión previa, esto es, que el Ejecutivo no había actuado con negligencia, no había vulnerado el Estado de derecho y no se había entrometido en la esfera del Poder Judicial.

Pero si la acusación no tenía visos de prosperar, ¿por qué la oposición disparó al corazón del Gobierno en plena campaña electoral?
La oposición conservadora ha llegado a la convicción de que Piñera sólo puede crecer hacia la derecha, cualquiera sea la participación electoral que se registre el próximo 19 de noviembre. Porque un vuelo hacia el nido de los halcones lo exhibiría como el escudo de la seguridad pública y económica. El gesto disiparía las incertidumbres de quienes ven en su retorno el fantasma de la eventual incapacidad del expresidente para garantizar paz social, estabilidad y, sobre todo, gobernabilidad, durante la etapa de auge y equilibrio económicos que se avecina. Cuestión nada irrelevante, pues esta oposición conserva palpitante el recuerdo de las movilizaciones del 2011, de los cambios políticos-culturales que les sucedieron y de una de las mayores derrotas parlamentarias que cosechó. Sabe que esta vez no contará con las otrora fieles bisagras que operaron a su favor en el Congreso.

La estrategia, desde luego, trasciende el conflicto mapuche y las teorías conspirativas del asedio comunista y de la caída del subsecretario. Se propone poner de manifiesto una presunta indulgencia del Gobierno con las acciones de violencia desplegadas en La Araucanía, región que, como Mississippi en llamas, exhibe estructuras sociales altamente jerarquizadas y segregadas y, por ello, muy permeables al discurso conservador. Paradójicamente, el exmandatario ha criticado a la actual administración lo que él hizo en la suya en su momento de mayor popularidad tras el rescate de los 33 mineros: solicitar la recalificación de las conductas objeto de las querellas, o sea, no recurrir a la ley antiterrorista y, más aún, reformar la norma hasta volverla ineficaz.

Pero, pese a esta aparente contradicción, lo que busca la fórmula es instalar un parteaguas que distinga y separe nítidamente la vía de la integración política e institucional impulsada por Interior y ejecutada por el equipo de Aleuy, de la vía de la militarización de las zonas en conflicto, llevada al límite bajo la dictadura.

Este diseño de continuación de la política por otros medios, constituye un triunfo de la derecha ultranacionalista representada por José Antonio Kast, sobre la opción más moderada que aspiraba encarnar Sebastián Piñera, quien, pese a sus evidentes esfuerzos publicitarios ―como haber aparecido junto a Barack Obama y al serpenteante Mario Vargas Llosa― no ha conseguido desprenderse de la lacerante memoria histórica del autoritarismo y de sus cómplices pasivos.

En el primer foro de los candidatos presidenciales el exgobernante dijo que no era ningún pecado haber colaborado con el régimen que suspendió el Estado de derecho, la continuidad democrática y constitucional, y el ejercicio de las garantías fundamentales. Tal vez este haya sido el precio que debió pagar para aumentar sus chances cada vez más menguadas de ganar en segunda vuelta.

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