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La banalización del medioambiente

por 19 octubre, 2017

La banalización del medioambiente
Frente a los impactos ambientales y la degradación ecológica generalizada, los seguidores del pseudodesarrollo sostenible han banalizado el objetivo de la integración de los fines económicos con los dirigidos al establecimiento de una civilización respetuosa del medio ambiente. Así se ha bloqueado, inmoral y descaradamente, cualquier intento de transformación radical en el sistema económico predominante altamente contaminador, despilfarrador y consumista, que quiere perpetuar hasta el límite su dependencia del petróleo, gas y carbón.
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En los últimos 30 años ocurrió en Chile un proceso de institucionalización de la problemática am­biental que produjo hasta nuestros días un mediocre resultado. Mediante una férrea defensa, los partidarios del statu quo social, político y económico se opusieron con tenacidad a la gestión ambiental, obstruyendo paso a paso la consolidación de esa nueva visión de la sociedad que contenía en sí misma la causa ambientalista. Se consiguió no prestar atención a la importancia de cambiar los patrones de producción y consumo, crecimiento económico y manejo de los recursos naturales, los aportes de las ciencias ambientales quedaron relegados a un segundo plano.

Más aún, dichos aportes pasaron a ser considerados como “subversivos”, antisistema. La ecología fue tildada de peligrosa por los conservadores y neoliberales, lo “verde” fue símbolo de irrealista, contrario al desarrollo y crecimiento. Para postergar los cambios requeridos, los partidos políticos, las grandes empresas y los partidarios del crecimiento económico, construyeron un dis­curso que utilizó diversas estrategias para ocultar la verdadera naturaleza de la pro­blemática ambiental y su potencial capacidad transformadora de nuestra sociedad.

A esta invalidación del movimiento ambientalista, contribuyeron muchas empresas consultoras y organizaciones no gubernamentales trabajando en temas relativos al medioambiente. Demostraron estar más interesadas en recibir ayuda financiera que en la solución de los problemas ambientales de Chile. Actuaron apoyadas por conservadores, empresas y empresarios “pseudoverdes”, así como por políticos oportunistas y expertos que pecaron de ingenuos. La consecuencia fue que, tanto las instituciones encargadas de la gestión ambiental en la administración pública como el movimiento ambientalista, aceptaron un espacio de actuación política ineficaz que en ningún caso tenía posibilidad alguna de éxito.

Asimismo, algunos políticos y empresarios, con el fin de manipular en sus negociaciones a las instituciones del Estado y al movimiento ambientalista, empezaron a usar un lenguaje que distorsionó la comprensión de los principios científicos de la ecología y la raíz ética de la causa ambientalista. Se comenzó a hablar de la “comida ecológica, casa ecológica, vacaciones ecológicas, ecoturismo, Navidad ecológica, jugos ecológicos, cremas ecológicas, papel ecológico, etc.”. En este devenir, la mayoría de los líderes del movimiento ambientalista chileno, motivados por la obtención de un lugar visible en el escenario político, cayeron en la trampa, siguieron el juego y terminaron construyendo, entre todos, un discurso tan políticamente correcto como inoperante.

De esta forma, se aniquiló el objetivo principal de la causa ambiental iniciada en los 70, el cual era investigar, reflexionar y actuar sobre una problemática global que afecta a nuestra “Una Sola Tierra”. Donde los peligros, riesgos y responsabilidades, presentes y futuros, abrían de par en par las puertas para cuestionar el mundo de posguerra, dominado por una nefasta Guerra Fría y los ideologismos imperantes, tanto de izquierda como de derecha.

Hoy, sin embargo, la lucha por un medio ambiente sano y libre de contaminación, después de innumerables manipulaciones, toques cosméticos, engaños, se ha distanciado a tal punto de esos ideales originales, que ha quedado reducida a una caricatura, que sobrevive alimentada por batallas, mediatizadas y mediáticas. De esta forma, actuando al ritmo de los grandes capitales e intereses gubernamentales, los poderes salvajes lograron sacar del juego a las ONG ambientalistas, enmudecer a la ciudadanía, sobornar a la política y enmascarar los verdaderos conflictos entre sociedad, medioambiente y naturaleza.

No se puede soslayar que la degradación ambiental y la pobreza son las dos caras de una misma moneda. Ambas son resultantes de los efectos de un neoliberalismo económico que idolatra al crecimiento, ignora las desigualdades y nos está conduciendo a situaciones que podrían desembocar en un Cambio Climático sin precedentes, que conlleva una destrucción masiva en todo el planeta. Este crecimiento por el crecimiento (que es la lógica de las células del cáncer) que se inspira en el dinero y la codicia, originó la mayoría de los conflictos ecológicos y sociales de nuevo cuño en la segunda mitad del siglo XX.

Tales conflictos están manifestándose en la actualidad en una megacrisis con un Cambio Climático ad portas, con cada vez más frecuentes huracanes, tifones, inundaciones y sequías. Provocan hambrunas, migraciones, conflictos armados y hasta guerras en el Medio Oriente y África, con miles de muertes humanas, pero los medios no mencionan que sus causas se originan del proceso de Cambio Climático en curso. La lista es inmensa e incluye a las energías sucias, aglomeración urbana, desechos peligrosos, productos químicos tóxicos, aluviones, incendios forestales. En suma, una destrucción de pueblos, de ecosistemas y pérdida de la biodiversidad como nunca antes vista en el planeta, pero de eso no se habla, no se dice nada en la TV.

Esta estrategia manipuladora se aprecia en forma evidente en las relaciones internacionales y en la manera en que se enfrentan los problemas ambientales globales. Por ejemplo, en las negociaciones para ejecutar a plenitud la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCC), en diciembre de 2016. Allí ocurrieron verdaderos banquetes de hipocresía, con ejercicios de fraseología que solo perseguían objetar, postergar y bloquear consensos, dificultando hasta el último día la adopción del Acuerdo de París, el que, por lo mismo, terminó siendo No Vinculante.

¿Por qué? Seguramente porque el poder establecido no cuenta con respuestas tecnológicas cuya puesta en práctica les reditúe beneficios económicos inmediatos, por lo tanto, ignora, espera, hasta cuando pueda obtener lo único que más le interesa: más dinero en el corto plazo. ¿Hasta cuándo podrá hacerlo? No por mucho tiempo más, la presión social y ambiental se eleva cada día más y se van a ver obligados a “descarbonizar su sistemas económicos” ante las evidencias y daños enormes que continuarán aconteciendo, debido a las inestabilidades originadas por el Cambio Climático.

En todos estos conflictos se manifiestan las disputas entre países fuertemente industrializados y los países en desarrollo; entre empresas y poblaciones locales; entre los que cuentan con una tecnología avanzada y los que carecen de todos los medios; entre los que navegan en el ciberespacio y los que caminan kilómetros por una vasija de agua; entre naciones democráticas y políticos corruptos; entre sectores productivos y conservacionistas; y entre estados anclados en el pasado y los derechos de los pueblos originarios.

El colmo de esta situación ha sido la forma y el fondo en que los políticos, coludidos con los empresarios ventajistas, se empoderaron, se cobijaron bajo el alero del concepto y terminaron adueñándose del “desarrollo sostenible”. Ese concepto definido y lanzado en 1987 como “aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones”, al cual reconocíamos como clave para afianzar “Nuestro Futuro Común". Hoy, está tergiversado y acomodado a los intereses de las grandes industrias y poderes financieros, se presenta apenas como una opción alternativa, haciéndonos caer en la trampa de una enunciación cuasifilosófica y no ante el desafío de un programa político restaurador y transformador.

Frente a los impactos ambientales y la degradación ecológica generalizada, los seguidores del pseudodesarrollo sostenible han banalizado el objetivo de la integración de los fines económicos con los dirigidos al establecimiento de una civilización respetuosa del medio ambiente. Así se ha bloqueado, inmoral y descaradamente, cualquier intento de transformación radical en el sistema económico predominante altamente contaminador, despilfarrador y consumista, que quiere perpetuar hasta el límite su dependencia del petróleo, gas y carbón.

Esta estrategia manipuladora se aprecia en forma evidente en las relaciones internacionales y en la manera en que se enfrentan los problemas ambientales globales. Por ejemplo, en las negociaciones para ejecutar a plenitud la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCC), en diciembre de 2016. Allí ocurrieron verdaderos banquetes de hipocresía, con ejercicios de fraseología que solo perseguían objetar, postergar y bloquear consensos, dificultando hasta el último día la adopción del Acuerdo de París, el que, por lo mismo, terminó siendo No Vinculante.

Meses después, nos hemos quedado atónitos con la “guinda de la torta”, el espectáculo indigno de la salida de EE.UU. del Acuerdo, impulsado por el Presidente Trump. Lo mismo se puede agregar en los casos de otros Acuerdos Mundiales Multilaterales sobre Medioambiente dirigidos a combatir la destrucción de los océanos, disposición final de los desechos peligrosos, conservación de bosques, pérdida de la diversidad biológica, avance de la desertificación, entre otros.

Y algo parecido se reproduce más solapadamente al interior de los países, como se aprecia en el nuestro, donde esta misma banalización se usa periódicamente para privilegiar el “crecimiento”. De la misma manera se bloquea, obstaculiza y relativiza la incorporación de las preocupaciones ambientales en las políticas públicas pro crecimiento y en la toma de decisiones de nuestro sistema económico-social. Con el par de palabras mágicas “desarrollo sostenible”, los políticos y empresarios pretenden solucionar cualquier problema o conflicto socioambiental. En otras palabras, ¡vivimos en una banalización total!

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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