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¿Cómo un ícono del progreso puede convertirse en un salto a la muerte?

por 13 noviembre, 2017

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El Costanera Center se acostumbró a dejar poco aire y espacio para los humanoides que entran y salen de sus costillas. No por nada es el centro comercial más concurrido de Chile, en la comuna más transitada de Santiago, junto a uno de los edificios más altos de América Latina.

Ni siquiera los suicidios son motivos suficientes para que el mall estrella de Cencosud, uno de los holdings de retail más importantes de la región y controlador de multinacionales como Shopping Center, París, Jumbo o Easy, se vacíe o deje de funcionar.

El martes 26 de septiembre se suicidó la décima persona desde su inauguración en 2012. Era una mujer de 28 años que dejó una carta y un frasco de cianuro en su casillero de Falabella, la multitienda en la que había estado trabajando esa misma mañana y a la que decidió renunciar para siempre.

De ese deceso y de los otros nueve que han trascendido por la prensa no hay rastro, ni coronas de flores o animitas. Ya nadie en el mall quiere acordarse del caso de esta última chica o de Erasmo, el estudiante que el 3 de mayo de 2014 se tiró de la cornisa del piso 27 del Sky Costanera, el icónico rascacielos con forma de pene que en sus 300 metros alberga las oficinas de Paulmann y una azotea que sus ejecutivos venden como el mirador más alto de Latinoamérica.

Me pregunto por qué alguien optaría por suicidarse en un espacio atestado de gente, oficinistas, familias y turistas con maletas llenas de bolsas.

Ya sabemos que en el mundo se suicidan más de 800.000 personas cada año (lo que supone la escalofriante cifra de una muerte cada 40 segundos) y que la depresión y el suicidio son dos de los principales flagelos de la salud pública en el siglo XXI.

El 17% de los chilenos sufre trastornos depresivos y la tasa de suicidio del país figura entre las más lamentables de la región, al mismo tiempo que su PIB per cápita es uno de los más elevados (sobre esto hay una interesante investigación de dos académicos nacionales titulado Suicidio y Producto Interno Bruto (PIB) en Chile: hacia un modelo predictivo, donde se demuestra que el crecimiento económico ha tendido a empeorar las condiciones de salud mental de la población).

También sabemos que solo en el año 2015 Chile engrosó el obituario global con 1.739 muertes autoinflingidas (según datos que me facilitó el Servicio Médico Legal), de las cuales un tercio corresponde a suicidios en la capital, por lo general ahorcamientos.

El 17% de los chilenos sufre trastornos depresivos y la tasa de suicidio del país figura entre las más lamentables de la región, al mismo tiempo que su PIB per cápita es uno de los más elevados (sobre esto hay una interesante investigación de dos académicos nacionales titulado Suicidio y Producto Interno Bruto (PIB) en Chile: hacia un modelo predictivo, donde se demuestra que el crecimiento económico ha tendido a empeorar las condiciones de salud mental de la población).

Ya sabemos que mucha gente en Santiago está con las deudas hasta el cuello; que el estrés, la desigualdad y la desconfianza cavaron una fosa común; que en nuestra ciudad hoy podemos volver a confirmar las teorías de Emile Durkheim sobre el suicidio, pero ¿por qué suicidarse en un  mall, en el corazón artificial de Providencia?

En su ensayo el Consumo me consume, el sociólogo y Premio Nacional de Humanidades, Tomás Moulian, explica cómo los centros comerciales encarnan los valores de la economía de libre mercado y del proyecto neoliberal que La Moneda y el empresariado fabricaron durante las últimas tres décadas: ahí donde la plata y las tarjetas de crédito mueven los hilos de una sociedad, los centros comerciales emergen como símbolos y “templos del consumo”.

A mí no me cabe duda de que el simbolismo tiene mucho que ver con los suicidios de esos 10 compatriotas ‒a razón de dos difuntos por año‒ que decidieron quitarse la vida flanqueados por más de 300 vitrinas, un banco, una automotora y sucursales de varias compañías de teléfonos.

Recientemente entrevisté a Tomás Baader, psiquiatra chileno al que una revista de Copesa bautizó como el “doctor cazasuicidios”.

Baader, miembro de la Red Mundial de Suicidólogos y fundador de la Alianza Chilena Contra la Depresión (ONG desde la que dirige un programa de prevención con el que han logrado reducir de 30 a 3% las probabilidades de que alguien en Valdivia o en la Región de Los Ríos intente suicidarse por segunda vez), me dijo que algunos de estos suicidios pueden interpretarse como “actos de desagravio narcisista”: los suicidas no solo buscarían destruirse a sí mismos, sino dañar la imagen del mall o de otros lugares que marcaron sus vidas.

Además, son “métodos efectivos”. Así como sucede en el Metro de Santiago, donde solo entre 2012 y 2015 se mataron 20 personas, la arquitectura del Costanera Center ofrece el acceso y las facilidades necesarias para ejecutar el acto suicida con un simple salto.

Le pregunté qué pasa con los testigos, el shock de ver caer a alguien y azotarse contra la losa debe ser brutal, más aún cuando el modus operandi del personal del mall consiste en trapear el piso y tapar el cuerpo con una carpa azul como de estand, mientras se hacen las pericias y se esperan las autorizaciones para retirar el cadáver por la puerta chica. Mientras el hormiguero y su mundo autómata siguen funcionando como-si nada-hubiera-pasado.

Baader me dijo que ver un suicidio es una de las experiencias más extremas que puede vivir una persona; que los testigos requieren una intervención postraumática, o por lo menos un diálogo, y que el procedimiento del Costanera es como “tapemos el hoyito para no interferir con el giro del negocio”, “una desconsideración hacia la muerte de un ser humano”.

A mí no me cabe duda de que lo menos que pueden hacer es cerrar el centro comercial e interrumpir el espectáculo de esos miles de ciudadanos y familias que se reúnen con el único propósito de consumir, como si el capitalismo la hubiera programado para explotarse a sí mismas.

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