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El dilema democrático del Frente Amplio

por 22 noviembre, 2017

El dilema democrático del Frente Amplio
En los próximos días, el FA tendrá que dar cuenta al país de cómo administrarán ese importante capital político que la ciudadanía les adjudicó democráticamente. La política tiene su momentum, la historia no espera. El FA tiene que definir si sus electores quieren seguir transitando por el camino marcado por la Presidenta Michelle Bachelet y sus reformas, o si prefieren esperar que los males se agraven con la perspectiva incierta de realizar cambios más drásticos dentro de unos años.
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Lo primero, asumir mi falta: entre las posibles sorpresas de la elección, descritas en mi columna anterior, no visualicé la posibilidad de un cuasiempate entre Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez. Sin duda, lo de la candidata fue una proeza, más aún tratándose de una mujer.

En lo que sí acerté fue en la posibilidad de que Sebastián Piñera no dormiría tranquilo por estos días. Pero tampoco calculé la magnitud de la pesadilla, la imaginé con una votación cercana al 40 por ciento, ¡jamás en el 36! Debe ser duro para quien –en algunos momentos– soñó con un holgado triunfo en primera vuelta.

El resultado de la segunda vuelta sigue más abierto que nunca. En estos momentos, son muy pocos los que se atreven a pronosticar al ganador, las cifras se pueden sumar con igual precisión para que gane uno u otro candidato. Lo que sí resulta cada vez más evidente para los electores es que esta es la elección más ideológica desde el retorno a la democracia.

Más que en cualquier otro sector, los focos están puestos en el Frente Amplio y sus 10 días de reflexión. De ello dependerá, en gran medida, quién será el próximo Presidente de la República. Si bien los votos no son endosables, y la derecha apoyará a su candidato con todos sus recursos (dinero, infantería, creatividad, profesionalismo y alguna campaña del terror), los buenos líderes son justamente aquellos que son capaces de guiar a sus seguidores y llegar a la meta propuesta.

Sin embargo, es justamente esa meta la que puede no estar totalmente clara, o no ser la misma, para las distintas corrientes del Frente Amplio. Prácticamente todos se declaran contrarios a Sebastián Piñera y consideran negativo un Gobierno de derecha, pero, una cosa es manifestar antipatía y, otra, movilizarse para ayudar a elegir a su contendor, Alejandro Guillier. En el escenario actual, mantenerse neutral o manifestar un apoyo simbólico y débil al candidato de la Nueva Mayoría, significa –les guste o no–  colaborar con el triunfo de Sebastián Piñera.

A diferencia del 20% de los votos obtenido por Marco Enríquez-Ominami en 2009 –muy ligado a su persona–, Beatriz Sánchez conquistó su respaldo como representante de un movimiento colectivo, marcado por un intenso debate político con sus bases, además del trabajo electoral en terreno.

El proceso de reflexión en el que se encuentran es complejo e inesperado. El FA es una coalición muy diversa, en la que conviven grupos nuevos, con dirigentes que recién salen de las universidades, como Revolución Democrática y el Movimiento Autonomista, con partidos ya históricos como el Humanista, que reinstaló en el Congreso a figuras de la vieja guardia, como su dirigente Tomás Hirsch, el músico Raúl Alarcón (Florcita Motuda) y la periodista Pamela Jiles. La variedad de visiones e intereses no es menor.

El proceso de reflexión en el que se encuentran es complejo e inesperado. El FA es una coalición muy diversa, en la que conviven grupos nuevos, con dirigentes que recién salen de las universidades, como Revolución Democrática y el Movimiento Autonomista, con partidos ya históricos como el Humanista, que reinstaló en el Congreso a figuras de la vieja guardia, como su dirigente Tomás Hirsch, el músico Raúl Alarcón (Florcita Motuda) y la periodista Pamela Jiles. La variedad de visiones e intereses no es menor.

Unos creen que deben mantenerse impolutos lejos de ambos candidatos, convertirse en una potente bancada de oposición al próximo Gobierno, cualquiera que este sea, y prepararse para gobernar en cuatro años más. Otros, en cambio, estiman que es necesario respaldar con fuerza a Guillier, no solo para evitar un Gobierno de derecha, sino –sobre todo– para profundizar e impulsar reformas que el país necesita, especialmente en los ámbitos de la salud y las pensiones. Por último, hay algunos que no ven con malos ojos una negociación que vaya más allá del apoyo electoral y se convierta en participación de un eventual Gobierno de centroizquierda. Estos últimos parecen ser muy minoritarios.

Lo que parece unir a la inmensa mayoría es la convicción de que no deben aliarse a un nuevo Gobierno.

En RD, el partido más poderoso del sector, la experiencia de haber participado en el Gobierno de Michelle Bachelet, a través de una “colaboración crítica”, se vive como un verdadero trauma interno, como una mancha frente a sus socios.

Es probable que, a medida que amaine la euforia de su resonante victoria, los dirigentes del FA vayan sintiendo el peso y la responsabilidad de haber convocado a más de un millón 336 mil personas a votar por Beatriz Sánchez. No es hora de decepcionarlos. El futuro del FA depende hoy del talento político de sus dirigentes para interpretar correctamente el mensaje de esa ciudadanía.

Con 20 diputados y un senador, el FA se convirtió en una fuerza política relevante del próximo Parlamento. Lo que hagan o dejen de hacer sus parlamentarios influirá en el rumbo que tome el país, ya no son una fuerza meramente testimonial y no pueden comportarse como tal. Su gran desafío es asumir en toda su magnitud lo que significa convertirse en una fuerza política democrática capaz de cambiar el destino de miles de compatriotas. De eso se trata la política.

En los próximos días, tendrán que dar cuenta al país de cómo administrarán ese importante capital político que la ciudadanía les adjudicó democráticamente. La política tiene su momentum, la historia no espera. El FA tiene que definir si sus electores quieren seguir transitando por el camino marcado por la Presidenta Michelle Bachelet y sus reformas, o si prefieren esperar que los males se agraven con la perspectiva incierta de realizar cambios más drásticos dentro de unos años.

De sus decisiones dependerá que el 20%, obtenido el domingo pasado, siga creciendo y no se diluya como una aventura frustrada. En democracia, la lucha por el poder conlleva principios y también negociaciones. La política y sus desafíos son cosa seria.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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