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El maldito futuro que matará a la centroizquierda

por 30 noviembre, 2017

El maldito futuro que matará a la centroizquierda
La banalidad de los cálculos y especulaciones electorales terminarán socavando a la centroizquierda, si no gira a confluir en un bloque transformador y pragmático aquí y ahora. El maldito síndrome de futuro pasará la cuenta a sus protagonistas en sus tres vertientes: a los que anuncian reformas y no las hacen, a los que apuestan a ganar siempre las elecciones como el mal menor y a los jóvenes “narcisos” que se preparan para gobernar el 2026.
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El mayor lastre de la “pirinola burocrática” son aquellos que anuncian reformas y no las hacen. Por ejemplo, no se tocó el sistema previsional lleno de privilegios militares y abusos empresariales, no se eligieron los gobernadores regionales, ni se hizo ley de rentas regionales para acabar con la oprobiosa acumulación por desposesión de forestales, eléctricas, mineras y pesqueras.

El Gobierno aún tiene dos semanas para sumas urgencias que sean verdaderos plebiscitos: reforma previsional con elemento de equidad y fin de jubilaciones uniformadas a los 50 años, fecha de elección de intendentes (gobernadores), mandato obligatorio de asamblea o convención constituyente para el próximo año y el congelamiento de los altos salarios parlamentarios y ejecutivos por cuatro años.

Los segundos que se perderán son aquellos que creen que siempre gobernarán poniéndose el traje del mal menor. La antigua Concertación, que pervive en buena parte de la Nueva Mayoría y la DC, con el desprecio a disidentes, frenteamplistas, progresistas y regionalistas verdes, esperan sus votos pero no asumen sus agendas. Hacen gestos pero no quieren soltar los núcleos de poder. Son la eterna corte gubernamental con estilo burgués y burocrático, que posterga cambios urgentes como el transporte en regiones, la reforma policial y otras tantas. Los que hacen cálculos optimistas optando a “ser los menos malos” y no están dispuestos a soltar ni la mitad del poder.

A la deriva pueden caer también los jóvenes narcisos que se preparan a gobernar el 2026. La primaria presidencial entre Boric, Jackson, Mirosevic y Sharp nunca llegará si no fuerzan la negociación para crear con Guillier un bloque transformador austero, concentrado y pragmático “now”.

La idea de que la Nueva Mayoría es hegemónica y no aceptará gobernar con ellos –debilitada al máximo al obtener menos de un cuarto de los votantes en primera vuelta– es una excusa liviana. Las frases se suman en adolescencia con miedo al poder: “Fuimos Gobierno, pero la verdad es que no”, “no nos contaminaremos”, “zafaremos de la culpa diciendo que no a Piñera, pero marcando clara diferencia con Guillier”, como MEO, que pensó que el 20% de disidencia el 2009 era patrimonio propio o generacional. Un tercio de los votantes de Beatriz Sánchez votó ya por parlamentarios de otras fuerzas de izquierda.

Los ejemplos históricos de indolencia de la dispersión progresista ante hegemonías reaccionarias son dramáticos. Desde los conservadores alemanes e ingleses que le dieron la “pasada” al Partido Nazi (primera minoría en el Congreso), hasta los fiascos socialdemócratas e izquierdistas en España y Alemania, que pudieron ser gobierno y no lo hicieron por endogamias culturales y el mal del “perfilamiento futuro”.

Los segundos que se perderán son aquellos  que creen que siempre gobernarán poniéndose el traje del mal menor. La antigua Concertación, que pervive en buena parte de la Nueva Mayoría y la DC, con el desprecio a disidentes, frenteamplistas, progresistas y regionalistas verdes, esperan sus votos pero no asumen sus agendas. Hacen gestos pero no quieren soltar los núcleos de poder.

El PSOE pudo gobernar con Podemos y pactar con el nacionalismo vasco y catalán con fórmulas de compromiso, como lo pudo hacer el SPD alemán con Verdes y La Izquierda (De Linken) hace ocho años, etc., etc. En cambio, la centroizquierda italiana se atrevió a converger en diversidad y terminó con la decadencia del plutócrata frívolo de Berlusconi; el Frente Amplio uruguayo no genera caricaturas intergeneracionales, la socialdemocracia sueca o noruega no ha  titubeado en pactar con izquierdistas, ruralistas y verdes para evitar la llegada de la reacción xenófoba.

Guillier no será Presidente si la NM no se autosupera y llama urgente a nueva coalición, aceptando las reformas claves del Frente Amplio y regionalistas verdes, los grupos de agendas fuertes y representación parlamentaria.

La Federación Regionalista Verde, cuyos principales actores abandonaron el poder y rompieron con la Concertación, negocian su agenda y la ampliación sustancial de la coalición para poder hacer factible un Gobierno que profundice reformas. La DC debe incorporarse sin vetos, la Nueva Mayoría debe dejar de usar un nombre que no le pertenece y el Frente Amplio tiene que sanarse ahora del mal del futuro.

Lo nuevo es otra cosa y Guillier debe mostrar el gabinete del bloque transformador donde los “otros” sean la mitad que falta.

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