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Chile y su morenidad

por 4 diciembre, 2017

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En una columna en este diario, Pedro Cayuqueo planteaba la inquietud de si algunas decisiones judicidiales sobre ciudadanos mapuche al sur del Bíobio, podrían  considerarse como “segregación racial”, dando cuenta de un cierto racismo en la persecución penal. Hace algunas semanas, la joven haitiana Joane Florvil, se vió envuelta en una situación en la que, prejuicio y racismo, terminaron con su muerte.

El Estudio Longitudinal de Relaciones Interculturales (ELRI, 2017) indagó sobre qué tan racistas somos los chilenos. Los datos nos permiten analizar dos formas de discriminación: la interpersonal, en la vida cotidiana, y la institucional, en base a dos criterios de identificación racial; la identificación con Pueblos Originarios y el color de piel (estudio PERLA, Universidad de Princeton).

Los resultados muestran que la discriminación interpersonal en personas auto identificadas como indígenas es ligeramente mayor que en los no-indígenas: creen en mayor proporción que la gente piensa que son superiores a ellos (8% v/s 12%) y reciben malos tratos por sus apellidos con más frecuencia (7% v/s 4%).

Los resultados muestran que la discriminación interpersonal en personas auto identificadas como indígenas es ligeramente mayor que en los no-indígenas: creen en mayor proporción que la gente piensa que son superiores a ellos (8% v/s 12%) y reciben malos tratos por sus apellidos con más frecuencia (7% v/s 4%).

Estas diferencias se amplían cuando consideramos el color de piel; las personas de piel oscura se perciben más discriminadas que las de piel clara -percibe que la gente piensa que son superiores a ellos (8% v/s 21%) y reciben malos tratos por su apellido (3% v/s 14%).

Del mismo modo, vemos que ocurre algo similar con la discriminación institucional: mientras indígenas y no-indígenas declaran niveles equivalentes de maltrato en trabajo, hospitales y consultorios, municipios, y comisarías (entre 8 y 13% según la institución), las diferencias entre los participantes de piel clara y oscura resultan todas estadísticamente significativas (oscilando entre 8% y 12% en comisarías y 9% y 15% en el trabajo). Análisis estadísticos más sofisticados refuerzan esta conclusión: en promedio, el color de piel tiene consecuencias importantes en el trato que reciben los chilenos, mientras que el efecto de la identificación con Pueblos Originarios, aunque existente, pareciera ser de una magnitud menor.

Ya Alejandro Lipschutz a mediados de siglo XX, y el sociólogo Edward Telles, en la actualidad, hablan de pigmentocracia: el color de piel tiene consecuencias cruciales en nuestra posición en la sociedad. El poeta mapuche Elicura Chihuailaf,nos dice; “Chile aún no asume su identidad, su hermosa morenidad que le ha sido legada por sus pueblos nativos”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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