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De por qué el arte no tiene ningún peso

por 12 diciembre, 2017

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En un reciente estudio encargado por el Ministerio de Cultura, y difundido por FONDART en diversos medios de comunicación como el diario La Tercera, queda de manifiesto el alarmante estado de déficit económico en que viven los artistas nacionales. En efecto, el estado de desamparo de recursos no solo provenientes del Estado a través de los Fondos de Cultura, léase becas, pasantías u otros aportes, no son suficientes para cubrir demandas básicas de alimentación y diario vivir. La escasez de recursos no solo afecta su producción artística, sino también su manutención personal o familiar. Así, según diagnostica el informe, la mayoría de los artistas en Chile vive en condiciones de precariedad, incluso muchos bajo la línea de pobreza, y de este modo grafica el abandono en que ha caído, para la sociedad chilena, su preocupación por el arte.

Las razones que podrían explicar este fenómeno son múltiples, pero yo quisiera quedarme con una de ellas. Cualquier artista profesional sabe que pertenece a una suerte de “resistencia pacífica“ que lo deja fuera de las exigencias de productividad y eficiencia del mercado y del Capital. La mayoría de ellos no se forjaron en talleres de pintura, escultura o literatura como algunas dueñas de casa que buscan llenar su tiempo muerto. Dicho así, el repliegue del arte comprometido refleja no solo un abandono de la sociedad en su conjunto, sino también revela el clasismo atroz que se da al interior del arte, y que puede ser mucho más frustrante, incluso, que el que ostenta la sociedad cuyo credo es el neo liberalismo en que algunos artistas y literatos encajan, ya sea por sus apellidos de abolengo o su estampa de sujetos intelectuales y “con onda“.

El arte contracultural no ha adoptado una lógica confrontacional frente a esta realidad, sino, por el contrario, busca reconocimiento entre aquellos que son sus propios pares, replegando todo rédito a un encapsulamiento que redunda en una distancia cada vez mayor frente a las escazas necesidades artísticas de la comunidad.

Dicho aquello, el arte contracultural no ha adoptado una lógica confrontacional frente a esta realidad, sino, por el contrario, busca reconocimiento entre aquellos que son sus propios pares, replegando todo rédito a un encapsulamiento que redunda en una distancia cada vez mayor frente a las escazas necesidades artísticas de la comunidad.

Esta “escisión“ entre arte y sociedad no es nueva, desde luego. Podemos citar, por ejemplo, la actitud asumida por los poetas modernistas y su “torre de marfil“ dariana, ampliamente graficada por Angel Rama en su conocido estudio La ciudad letrada. El ostracismo artístico no deviene frustración, sin embargo, hoy en día no es la producción la que se afectada en el arte, sino el pesimismo atávico frente a la nula retribución social, lo que, como un boomerang, trae consigo un “arte del pesimismo“.

En tal sentido, la sociedad no encuentra en el arte ningún tipo de espacio donde reflejarse o reconocerse, donde interiorizar, incluso, sus errores y falencias. Cordados los lazos que la ataban, a su vez, los aristas surcan a la deriva de un mundo estético ominoso, ampliando las brechas donde, quizás, se podría congeniar un espacio de reconocimiento, también económico, por supuesto, en un Chile necesitado de nuevas representaciones y aperturas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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