miércoles, 20 de octubre de 2021 Actualizado a las 14:38

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17/12: una derrota política y cultural para la centroizquierda

17/12: una derrota política y cultural para la centroizquierda
La Nueva Mayoría, se ocupó de mantener sus cuotas de poder y no defender su lugar en el sistema de partidos. El año 2010, cuando Piñera asumió el Gobierno, la Concertación fue incapaz de abordar de manera adecuada y seria la derrota, solo se dedicaron tiempo para la reestructuración, pues vendría Michelle Bachelet a salvarlos. Consolidaron una alianza electoral y no política, cuyo objetivo se basó en conquistar mayorías parlamentarias y adquirir cargos en la burocracia gubernamental, para que los partidos de la coalición pudieran sobrevivir. De hecho, se podría asegurar que, antes de la reciente elección, parte del elenco ya se estaba repartiendo cargos.
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Las presidenciales del pasado 17 de diciembre se desarrollaron entre dos candidatos que no motivaban con sus programas de Gobierno, sus planteamientos políticos o la visión que tenían para un Chile realmente diferente. Muchos votantes sintieron que tenían que elegir entre un mal conocido o uno por conocer.

Para quienes siguen el proceso electoral desde un comienzo, que Piñera resultara ganador no fue precisamente novedoso, aun cuando la Nueva Mayoría se esmerara en traer a Pepe Mujica para levantar la opaca campaña del candidato oficialista, lo que dio paso a cierto ánimo de triunfalismo en la coalición pocos días antes del balotaje y llevó a muchos analistas a predecir un estrecho resultado de la elección. De hecho, concurrieron a votar 436.256 personas más que en la elección anterior, alcanzando prácticamente el 50% del total de personas inscritas en los registros electorales.

Los resultados son evidentes. Se pensó en su momento que el proyecto progresista triunfaría, pues era lo que demandaba la gente, educación gratuita y más garantías estatales (¿similar al experimento de Bernie Sanders, en Estados Unidos?). La primera vuelta “había sido clara”, sumados todos los votos de las alternativas de centro e izquierda, alcanzaban un 55%, que se tradujo en un total de 3.622.210 votos, versus la centroderecha más la derecha, que obtuvieron un 44,57%, que equivale a 2.940.429 votos. Los sondeos se siguen equivocando y los pronosticadores políticos también. Y aunque hasta el Washington Post anunciaba en alta voz que iban empatando hasta las vísperas de las elecciones, el resultado fue drásticamente diferente a lo esperado.

Es posible hacer algunas hipótesis al calor de la coyuntura. En un primer lugar, los equipos programáticos y políticos leyeron mal la realidad, al suponer que armando una lista de supermercado con el petitorio del Frente Amplio lograrían movilizar a sus electores. Por el contrario, lo que se demandaba al parecer eran formas de hacer política, que pusieran en el centro a la ciudadanía, generando un sentido de pertenencia y seguridad, situación que se vio poco reflejada en el proyecto de Guillier, quien se resistió hasta dos semanas antes de la primera vuelta a entregar un programa para poder “flexibilizarlo” durante el balotaje y, así, incorporar las otras propuestas de los otros candidatos.

Carlos Peña, a través de una serie de columnas de opinión, advirtió que las personas no se sentían identificadas con este cambio de paradigma en la política social, ni menos con un sentimiento de abuso y explotación por parte de una clase dominante, increpando particularmente al Frente Amplio. Desde su perspectiva, Chile no había cambiado, sino por el contrario, se mantenía tan conservador como siempre y, por esa razón, los sondeos de opinión daban por ganador al candidato Sebastián Piñera.

Los resultados del primer turno cayeron como un balde de agua fría en la derecha. De hecho, aquel 19 de noviembre no existía ánimo de triunfalismo, y todas sus filas comenzaron a ordenarse –no hay duda que la derecha, aunque tenga que mentir, se ordena–. La estrategia de campaña consistió en la unidad y en tratar de realizar una especie de oferta “catch all”, a la usanza de los partidos atrapatodo. En efecto, no dejaron flanco aislado.

Por la derecha se cubrieron con José Antonio Kast, quien hacía constantes alegorías al orden, a dios, la patria y la familia, así como también resguardar los derechos humanos de los ex ancianos y enfermos militares violadores de derechos humanos, que la izquierda “aferrada al odio” deseaba vulnerar. Usaron los viejos trucos del miedo, eco ensordecedor de los años de la elección de Salvador Allende. Si gana Guillier Chile será una segunda Venezuela (y no una segunda Cuba como en los años 70). Crearon y divulgaron el absurdo término "Chilezuela" y trataron de convencer al país de que Piñera y la derecha podían, sin eliminar todo lo que se ha hecho bien en estos últimos años, Make Chile great again.

Por otro lado, Piñera se cubrió del populista senador Manuel José Ossandón, quien ocupó hábilmente el espacio de ideales comunitaristas de la Democracia Cristiana, hablando de justicia y de representar una supuesta “derecha social” (que a la UDI le caería tan mal como Bernie Sanders a Donald Trump). A través de esta nueva vena política circularían ideas de la gratuidad en la educación y muchas otras, que, aunque enojarían a la UDI, enamorarían a más de algún seguidor del Frente Amplio. En esta necesaria transformación, Ossandón hizo prometer a Piñera garantizar gratuidad hasta en un 90% para la educación técnico-profesional, así como también no tocar en absoluto la política de gratuidad impulsada por la Presidenta Michelle Bachelet.

El comando de Guillier, que arrastraba un evidente desgaste de una primera vuelta, marcada por desórdenes programáticos y por una coalición agotada, llegó a primera instancia con dos candidatos presidenciales, Carolina Goic y Alejandro Guillier. Su nominación fue producto de la insistencia del Partido Socialista de excluir a Ricardo Lagos Escobar de la competencia, al declararlo poco competitivo en las elecciones. De hecho, su figura se asociaba a todo lo que la Fuerza de la Mayoría no quería representar: los políticos de fuste que basaron su acción política en los acuerdos con el gran empresariado y la prevalencia de las políticas pro mercado, por sobre la ampliación de derechos sociales.

En un principio, Alejandro Guillier entró muy fuerte a la contienda presidencial, liderando la mayoría de las encuestas, de hecho, causaba menos resistencias en la opinión pública que Lagos, porque no tenía que cargar con la contundente historia. Se mostró como un independiente, que vendría a salvar la crisis de representación de la Nueva Mayoría. Sin embargo, instalar a Guillier como candidato del Partido Socialista generó la primera fractura dentro de la coalición, lo que acabó por agravar la convivencia interna. La Democracia Cristiana decidió ir por el camino propio y llegar con su candidata hasta la primera vuelta. De inmediato, la política de alianzas parlamentaria se quebró y la coalición se dividió en dos pactos: la DC por un lado y el progresismo (PS, PPD, PR, PC) por otro.

El resultado ya es conocido. La DC perdió sustantivamente, bajando su representación en la Cámara de Diputados prácticamente a la mitad, lo mismo en el caso del PPD. El PR incrementó en dos diputados, y el PC también. El PS, pese a todo pronóstico, se consolidó como el partido más grande de la Nueva Mayoría. No obstante, con 57 escaños, la Nueva Mayoría se encuentra muy por debajo de Chile Vamos, que obtuvo 72 representantes.

En la primera vuelta, la diferencia entre el Frente Amplio y la Fuerza de la Mayoría alcanzó un 2,3%, imponiéndose Guillier. Algunas hipótesis plantean que el Frente Amplio, logró capturar el descontento de los votantes de la Nueva Mayoría y movilizó a nuevos electores, sin embargo, la suma de ambos proyectos no fue suficiente. Por el contrario, Guillier logró 3.160.225 votos en la segunda vuelta, 461.985 votos menos que todos los candidatos de centro e izquierda sumados. Piñera, por el contrario, incrementó su votación en 855.467, desde 2.940.429 a 3.795.896.

Es posible levantar algunas hipótesis al calor de la coyuntura. En un primer lugar, los equipos programáticos y políticos leyeron mal la realidad, al suponer que armando una lista de supermercado con el petitorio del Frente Amplio lograrían movilizar a sus electores. Por el contrario, lo que se demandaba al parecer eran formas de hacer política, que pusieran en el centro a la ciudadanía, generando un sentido de pertenencia y seguridad, situación que se vio poco reflejada en el proyecto de Guillier, quien se resistió hasta dos semanas antes de la primera vuelta a entregar un programa para poder “flexibilizarlo” durante el balotaje y, así, incorporar las otras propuestas de los otros candidatos. Por el contrario, Piñera se mantuvo firme en sus propuestas y el modelo de sociedad ofertado, construyéndose como la alternativa que generaba menos incertidumbre.

¿Desde cuándo los electores demandan un programa? Interrogante difícil de abordar, pero que al parecer fue relevante. No bastó con “entregarle contenido después al candidato”. La Fuerza de la Mayoría esbozó una propuesta programática, pero esta llegó tarde e, incluso, estuvo marcada por posiciones más conservadoras que las propuestas de Bachelet en 2013.

¿El socialismo estaba en el ADN de los chilenos? No. Esa superficial frase, repetida como un mantra, por todos los dirigentes socialistas de visibilidad pública, fue superada en las elecciones. La derrota del 17/12, posee ribetes socioculturales. La ciudadanía se encuentra enajenada con el mercado y, al parecer, hacer una transacción económica por estudiar y por una atención en salud, es el costo que deben pagar por tener trabajo para consumir. El dinero, ocupó el centro del debate político. La derrota político-cultural, responde a que la Nueva Mayoría –ex Concertación– ha sido incapaz de disputar en la esfera pública la hegemonía cultural de la ideología de mercado, justamente por la carencia de herramientas teóricas y la falta de claridad del elemento político –ni hablar de la calidad de sus equipos técnicos–, que ocupaba términos como “stock de niños”, al hacer referencia a los menores del Sename.

El fallido recambio generacional es una gran deuda de la cual se debe hacer cargo la generación de Ricardo Lagos, Ernesto Ottone, Sergio Bitar, Camilo Escalona, Ricardo Núñez, Soledad Alvear, Isabel Allende, entre otros(as), quienes, además de perpetuarse en sus cómodos espacios de poder, constantemente ningunean a través de los medios formales –y sobre todo informales– que el recambio generacional solo provendría del Frente Amplio y no de los partidos de la coalición. Estas lógicas acabaron por constreñir cualquier posibilidad de desarrollar fuerza política, desde fuera de la burocracia estatal. Para muestra, el caso de la G-90.

La Nueva Mayoría se ocupó de mantener sus cuotas de poder y no defender su lugar en el sistema de partidos. El año 2010, cuando Piñera asumió el Gobierno, la Concertación fue incapaz de abordar de manera adecuada y seria la derrota, solo se dedicaron tiempo para la reestructuración, pues vendría Michelle Bachelet a salvarlos. Consolidaron una alianza electoral y no política, cuyo objetivo se basó en conquistar mayorías parlamentarias y adquirir cargos en la burocracia gubernamental, para que los partidos de la coalición pudieran sobrevivir. De hecho, se podría asegurar que, antes de la reciente elección, parte del elenco ya se estaba repartiendo cargos.

El resto de la historia es conocida. Por más que se intentara establecer una movilización “anti-Piñera”, no fue posible sostener un proyecto político tan débil como el planteado. Las estrategias empleadas por Piñera y su equipo, se basaron en despertar aspectos emocionales del electorado que se movilizó a “salvar Chile” del comunismo y de la improvisación de la coalición gobernante.

¿Se vendrán tiempos mejores para la Nueva Mayoría?

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