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El duelo político de la Nueva Mayoría: la ambivalencia no es ambigüedad

por 8 enero, 2018

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Una de las características del nuevo tiempo es la ambivalencia. El sobrellevar impulsos y emociones, y a veces también pensamientos de características contradictorias. El ámbito político nacional no es la excepción luego de los resultados de las últimas elecciones presidenciales.

Para la futura oposición sin embargo, esta dimensión no logra siempre tener una consideración a la hora de los análisis y debates. Abundan más bien las lógicas lineales. Por una parte, confirmaciones de lo que se decía previamente a la segunda vuelta: unos, que se olvidaron del centro; otros, que había que ser más claro en la radicalidad de la agenda. Por otra, mecanismos de negación: triunfos estratégicos o maneras maniacas de huir al futuro, debatiendo rápidamente un nuevo escenario y arco institucional opositor. O en su defecto, solicitudes de autocríticas que pasan rápidamente a la búsqueda de responsables. Purgas.

Son las maneras para evitar los duelos. Justamente uno de los momentos de mayor ambivalencia afectiva, donde conviven la pena y la rabia; recriminaciones y culpas.

No fue la segunda vuelta el desmentido de todo lo que se dijo luego de los resultados en la primera? ¿No terminó de despedirse de la peor manera, aquel periodo que es llamado por algunos el más virtuoso y exitoso en la historia política chilena?

Esta es una forma errada de poder planteárselo. Negar una afirmación por su resultado contrario. La ambivalencia genera incertidumbre y ansiedad. Por eso es que la perplejidad asoma como la mejor manera o actitud para poder elaborar; es decir integrar, asimilar, dimensiones aparentemente distintas y que requieren necesariamente tiempos de deliberación.

Ganó finalmente el que supo manejar con mayor destreza este periodo de ambivalencia. No ambigüedad. Ambivalencia y ambigüedad tuvieron resultados distintos. Esta, en forma de verdades dichas a medias o mal explicadas, fue con holgura derrotada. La primera, que afirmó esto y aquello al mismo tiempo, airosa.

¿No esto lo que hicieron de forma natural, más clara, muchos de los que votaron en segunda vuelta? Encontrar ese clivaje es como la caja negra de las recientes elecciones, que solo es posible de rastrear si es que se es capaz de articular tales aparentes disonancias.

Un estudio de hace un año ya daba luces sobre esto mismo, donde el 64% de los chilenos se declara feliz o muy feliz con su vida personal, sin embargo un 61% consideraba que el país no avanzaba y un 20% que retrocedía.

Por eso ganó finalmente el que supo manejar con mayor destreza este periodo de ambivalencia. No ambigüedad. Ambivalencia y ambigüedad tuvieron resultados distintos. Esta, en forma de verdades dichas a medias o mal explicadas, fue con holgura derrotada. La primera, que afirmó esto y aquello al mismo tiempo, airosa.

La ambivalencia tampoco es un término medio entre dos polos. Así como puede haber una comprensión desajustada respecto de los sectores populares, de igual forma la hay respecto de los sectores medios. El sintonizar a estos, mecánicamente con la moderación es una de estas. Más bien se trata de conectar con la sensibilidad de los nuevos grupos medios, que en apenas una generación han roto con su pasado, quedando a la intemperie de referencias clásicas.

La disputa con proyectos conservadores que sintonizan con ciertos males sociales, hace más patente la disputa por su conducción, por lo que es necesario o entender que la ausencia de proyecto genera variabilidades y adhesiones volátiles.

Por eso, este puede que sea el ocaso de los partidos cumpliendo, mera y exclusivamente, un rol de bisagra, articulación y/o moderación.

Estas funciones siempre presentes deben articularse con propuestas de afirmaciones y no de medias tintas. Y eso no en aras de una radicalidad ni de la búsqueda de mimetizarse con lo que “la gente quiere”, sino de vocación de representación a los nuevos modos de habitar socialmente. La necesidad de proyectos o programas identificatorios  para enfrentar la necesidad de revincular a la política, de tal modo que no quede sólo anclada a un formato representacional que ha hecho crisis. Hoy, donde nos encontramos en una democracia de consumidores y espectadores, basta ver cualquier medio de prensa para darse cuenta que para allá están dirigidos los esfuerzos. No será ya el consenso, sino los acuerdos respaldados en transigencias recíprocas lo que constituya el actuar político. La política es una praxis de la decisión, y no cabe disociar la comunicación política del actuar estratégico.

Los partidos de la Nueva Mayoría, cada uno en distinta intensidad y dramatismo,  tendrán la disyuntiva de ser los últimos en terminar agónicamente un periodo de éxitos y protagonismos, o los primeros de un nuevo ciclo de desafíos y expectativas de resultado incierto pero ineludibles. Etapa de regeneración democrática, a condición de enfrentar este periodo de duelo social;  y como se dijo: “tener el coraje de enfrentar la derrota mirándola a la cara”, evitando la fuga hacia la realidad, por medio de nuevas rearticulaciones que obturen este momento de ambivalencias. La mejor forma de digerir la verdad es cuando se la cocina uno mismo. Y eso requiere valor, tiempo y dedicación.

Algo que no ocurrió el 2009 y se dio rápidamente vuelta la página. Por eso sería inédito. Y es probable, si ocurre, que también esta sea la ocasión de incorporar el ciclo más extenso. Y puede ocurrir entonces lo que dice el maestro Benedetti: “cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por todas las cosas por las que no lloró en su debido momento”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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