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Un Gobierno para víctimas: la piedra en el zapato de Piñera y su gabinete

por 24 enero, 2018

Un Gobierno para víctimas: la piedra en el zapato de Piñera y su gabinete
El desafío más crucial del gabinete 2.0 del Presidente Sebastián Piñera será gobernar para las víctimas. Las víctimas del CAE, las víctimas del último aluvión, las víctimas de las AFP, las víctimas de los incendios forestales, las víctimas de la mala educación, las víctimas de la colusión de las farmacias y un largo etcétera de puras víctimas. La gobernabilidad de las víctimas debe partir por repensar lo que pasa hoy en Chile con este fenómeno que, más que social, es de carácter moral. Hoy, Chile es un país de víctimas y si Piñera no comprende esto, si no se gobierna esto, la simpatía entre las víctimas se transformará en una comunidad de víctimas que marchará, nuevamente, por la Alameda –ahora eso sí– bajo los estandartes del Frente Amplio.
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Se puede apreciar, sobre todo por la distorsión producida, que en el diseño del nuevo gabinete de Sebastián Piñera hay una incomprensión de lo que Chile se ha transformado de un tiempo a esta parte.

Se aprecia un gabinete diseñado desde una ortodoxia demasiado neoliberal para los tiempos de hoy. Ideología esta, inflexible, que sesga más que comprende lo social.

Algunos dicen que Sebastián Piñera se habría mareado con los resultados electorales. Lo que dijimos en esta misma columna fue que el Presidente corría el serio peligro de instalarse en una posverdad. Y honestamente creo que así fue.

Comprendamos mejor lo que pasa. ¿Qué es Chile hoy?

Chile es hoy un país de víctimas. En eso nos hemos transformado. Y esto no es baladí, sobre todo para un diseño de Gobierno y de gobernantes.

Veamos.

Chile país de víctimas. Las víctimas de un país telúrico. Las víctimas del CAE. Las víctimas del último aluvión. Las víctimas de las AFP. Las víctimas de los incendios forestales. Las víctimas de la dictadura, de las catástrofes, los accidentes, el atentado. Las víctimas de la mala educación. Las víctimas de la colusión de las farmacias. Las víctimas del patriarcado. Las víctimas de los paros en el SML. Las víctimas de la modernización capitalista. Las víctimas de la municipalización. Las víctimas de la colusión de los pollos, del sufrimiento y del traumatismo. Las víctimas de los ghettos verticales. Las víctimas de la PSU, del SIMCE y la estandarización. Las víctimas de Corpesca y la ley de pesca. Las víctimas, todas las víctimas en el norte, centro y sur del país. La víctima de Karadima. Los niños víctimas del Sename, la víctima mujer golpeada y asesinada, el trabajador víctima explotado, el anciano víctima de su pobreza y el abandonado. Los pueblos originarios como víctimas. Las víctimas de los bancos. Las víctimas del neoliberalismo global… en fin, Chile, país de víctimas.

Así estamos, en esto estamos. La clase media víctima. El aspiracional víctima. El que sufre de portonazos, víctima. La delincuencia: víctimas. La tómbola en los colegios que tenían derecho a segregar: víctimas. Las cuentas de marzo: víctimas. ¡El bono! El bonito para las víctimas. Chile, país de víctimas.

Aún más. Esta es una democracia victimizada: SQM, Penta, la trenza entre negocios y política, el vacío de los partidos políticos, la alta abstención, los anarquistas que paranoiquean, la UDI que levanta muros, los humanistas cristianos secos pero secos para los negocios, la democracia víctima. Sharp sin puerto y con una cesantía que se le viene a Valparaíso, ¡ay, Señor, más víctimas! Valparaíso víctima de San Antonio, Copiapó víctima de las mineras, Punta Arenas víctima de Santiago, Curepto víctima de la industria de la madera y los arándanos, la Cordillera víctima del hambre de lo que el dinero sí puede comprar: los ríos, el valle central, la ranita de Darwin, los glaciares. Chile, Chile entero, país de víctimas.

A propósito de esta nueva realidad chilena hojeo un viejo ensayo de Didier Fassin y Richard –L’empire du traumatisme. Enquête sur la condition de victime–, en el que se cruza la medicina, la psiquiatría, la antropología y la sociología. Una de sus tesis principales afirma que urge comprender cómo hemos pasado en poco tiempo de un régimen de verdad en el que los síntomas de un soldado herido o de un obrero accidentado, por ejemplo, eran sistemáticamente puestos en duda, a otro régimen de verdad en el que su sufrimiento es totalmente incontestable, y así el de toda víctima posible. Este régimen de verdad contemporáneo afirma, además, que toda víctima debe suscitar al mismo tiempo simpatía y necesidad de indemnización.

¿Qué es lo que produce resentimiento en algunos?, ¿cuál es el malestar en otros?, ¿indignación?, ¿ira?, ¿violencia? Eso es lo que se dice. Lo que dicen al menos los más aburridos, por cierto, de esta verdadera “Corte de los Milagros”. No les creen mucho, no se les cree mucho: son víctimas de deudas, pero al primer perdonazo, ya están con jolgorio y todo en cero de nuevo, “el grado cero de las víctimas del Dicom”: el mall, el consumo, y dale y dale a la tarjeta de crédito…

“Nada”… dicen otros, nada de malestar o resentimiento, “efectos de la modernización capitalista y del individualismo que conlleva”, afirman conspicuos y hasta groseramente guasones: habrá que regular, crear agencias de control, de protección, de prevención. Que se mejore el plan cuadrante. Más carabineros en las calles… en mis calles. Ley antiinmigrantes, antilepra. “¡Y apurémonos!”, dicen, que ya se nos vienen encima las otras y verdaderas preocupaciones del futuro, las que sí traerán víctimas de verdad: los algoritmos, la IA, la genética. Víctimas siglo XXI… que las del siglo XX son muy provincianas ya.

Ni la sociología engreída, ni menos, la sociología conservadora, nos sirven para entender esto que está sucediendo con el nuevo Chile, país de víctimas. Ni la sociología de un Carlos Peña, ni menos la sociología de un neoliberalismo ortodoxo que se aprecia en el diseño de este nuevo gabinete de Sebastián Piñera.

¿Por qué? Digámoslo así.

A propósito de esta nueva realidad chilena, hojeo un viejo ensayo de Didier Fassin y Richard Rechtman, L’empire du traumatisme. Enquête sur la condition de victime, en el que se cruza la medicina, la psiquiatría, la antropología y la sociología. Una de sus tesis principales afirma que urge comprender cómo hemos pasado en poco tiempo de un régimen de verdad –en el que los síntomas de un soldado herido o de un obrero accidentado, por ejemplo, eran sistemáticamente puestos en duda– a otro régimen de verdad en el que su sufrimiento es totalmente incontestable, y así el de toda víctima posible. Este régimen de verdad contemporáneo afirma, además, que toda víctima debe suscitar al mismo tiempo simpatía y necesidad de indemnización.

Creo que esta será, sin duda, la tarea o el desafío más crucial del gabinete 2.0 del Presidente Sebastián Piñera: gobernar para las víctimas. La gubernamentalidad de las víctimas (para seguir con el lenguaje de Michel Foucault) debe partir por repensar lo que pasa hoy en Chile con este fenómeno, que más que social, insisto, es de carácter moral, referido a un nuevo ethos filosófico de estar y comprender el mundo. La idea de que el otro “se hace la víctima”, o peor, la idea del Papa de que el encubrimiento del obispo Barros “son solo calumnias”, deben por lo pronto ser desechadas, por ser simplemente la puerta de entrada a la ingobernabilidad de las víctimas. Se debe buscar una estrategia y un modo-de-ser-político más inteligente.

¿Por qué? Porque al Presidente Sebastián Piñera se le va a llenar la calle de víctimas y, por de pronto, no deberá cometer los mismos errores de su Gobierno anterior: el ninguneo, la negación, el sarcasmo y la represión de las fuerzas del orden. Esto es lo que tendrá que pensar él y su nuevo gabinete neoliberal: todas las víctimas tienen igual derecho ante La Moneda: las del barrio alto, las de Ñuñoa y las de La Pintana. Todas las víctimas, en cierto sentido, son iguales.

Chile cambió. Hoy es un país de víctimas y si no se comprende esto, si no se gobierna esto, inteligentemente, bueno… pues, la simpatía entre las víctimas se transformará en una comunidad de víctimas que marchará, nuevamente por la Alameda –ahora eso sí– bajo los estandartes del Frente Amplio.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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