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Ley Sophia y la UDI

por Alfonso España Miranda 7 febrero, 2018

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Señor Director:

La eutanasia corresponde a la muerte que, o bien es iniciativa del paciente en condiciones de sufrimiento en las que su propio juicio le indica que no hay otra mejor opción que la de morir, o bien es iniciativa del médico, siendo propuesta al paciente, ante el pronóstico de incurabilidad de la patología, por lo que lo mejor para el paciente y para la familia de éste, tanto moral como económicamente, es finalizar la vida de quien está en situación terminal. Las razones que encierra la eutanasia son, teóricamente, la voluntad del individuo por sobre la del colectivo, pues, en última instancia, es él quien decide el cuándo de su defunción, y no la jerarquía colectiva, a saber, la institución médica, la familia, el Estado. Así también, se encuentra la narrativa que este hecho inspira, esto es, la muerte con dignidad.

La pena capital, por otro lado, corresponde a la muerte cuya iniciativa proviene de la institución de la justicia. Según el juicio de esta institución, el imputado debe o no seguir viviendo. Ni siquiera si debe seguir o no viviendo en esta nación, como se cuestiona el exilio, sino, si debe o no seguir viviendo en el mundo, entre humanos. En otras palabras, la pena de muerte supone que la justicia pronostica que tanto el imputado como su daño son incurables, por lo que la eliminación del perpetrador sería el mayor bien moral para el conjunto o la jerarquía colectiva. Así también, se encuentra la narrativa que este hecho inspira, esto es, la muerte de un indigno. Vale decir que, para la iglesia católica, la pena de muerte servía para que el imputado comprendiera la gravedad de sus actos y, así, morir en paz e, idealmente, convertido. Según Jaime Guzmán:

“[La pena de muerte] puede ser un instrumento de rehabilitación muy profunda del alma humana”

Cuando habla de rehabilitar el alma, se refiere a que ésta, a través del arrepentimiento frente al castigo capital, vuelve a ser considerada por Dios. Pero cuando esto se creía, la justicia estaba comprometida con los cánones de la Biblia. Hoy, en un Estado laico, la salvación del alma, a decir verdad, no tiene que interesar más que la reparación del daño empírico y moral. Quien comete el daño, una vez muerto, no puede repararlo, ni económicamente a través de una suma de bienes, ni moralmente a través del arrepentimiento y la petición de perdón. La pena de muerte, así entendida, no trabaja para la justicia, sino para la venganza.

La pena de muerte interpretada con conceptos cristianos trabaja para la justicia porque ajusta al condenado al ejemplo de Cristo a través del arrepentimiento. La pena de muerte interpretada en un Estado laico funciona para la institución de la venganza y no de la justicia.

Según los legisladores del partido Unión Demócrata Independiente, la justicia no debe trabajar para la venganza, en referencia a la implementación del término “secuestro permanente” en condenas a militares implicados en la desaparición de detenidos durante la dictadura. Sin embargo, hoy en día defienden la pena de muerte que, como hemos observado, no trabaja para la justicia sino para la venganza. También, han dicho que lo colectivo no debe primar sobre lo individual respecto a la educación; por ejemplo, que el Estado no determine la educación de los niños, sino que la Familia lo decida. Sin embargo, ahora quieren que el monopolio de la violencia decida por la vida y la muerte de un compatriota. Con tanta inconsistencia, se observa que sus dichos son meros oportunismos peligrosos para la virtud cívica.

La pena de muerte funciona para la justicia, pero no en un Estado laico. En un Estado laico, funciona para la venganza, y su legislación responde a oportunismos que corrompen la virtud cívica, esto es, la excelencia ciudadana que hace falta para mejorar nuestro capital social, la calidad de nuestras relaciones, el buen comportamiento y reconocimiento del otro.

Un partido como la UDI, más que proponer la muerte y la venganza, debe ser consistente y defender la vida y el perdón; más que defender lo colectivo por sobre lo individual, el individuo por sobre lo colectivo; más que armar al Estado, proteger al individuo frente al Estado; más que la pasión, la compasión.

Alfonso España Miranda
Cientista político

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