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Voltereta papal: llega el “Huracán Scicluna” a la Iglesia chilena

por 19 febrero, 2018

Voltereta papal: llega el “Huracán Scicluna” a la Iglesia chilena
Charles Scicluna no es un sacerdote común. Es el mayor experto en crímenes sexuales de la Iglesia católica y tuvo a su cargo la investigación sobre Marcial Maciel, el líder de Los Legionarios, esa congregación que tantos seguidores tiene aún en Chile. ¿Por qué el Papa cambió la dura posición que manifestó en su visita a nuestro país? ¿Qué nuevos factores tuvo en consideración para hacer este giro tan radical? De seguro influyó la filtración de la carta que Cruz le envió por mano en 2015 con su testimonio, además de las duras críticas que recibió en nuestro país por la defensa que hizo de Barros y la presencia provocativa del obispo en las principales actividades de su visita, la baja asistencia a los encuentros masivos, la poca importancia que se les asignó a las víctimas en la agenda y, por supuesto, el pésimo diagnóstico que le transmitieron previamente Ricardo Ezzati y el nuncio Ivo Scapolo.
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Parece que debemos acostumbrarnos a los huracanes de verano en Chile. A la serie “Carabineros vs. Fiscales”, ahora sumamos la llegada al país del arzobispo de Malta, Charles Scicluna, quien viene a escuchar los testimonios de las víctimas de abusos sexuales de Fernando Karadima, a quienes el obispo Cristián Barros habría conocido, convirtiéndose, al menos, en cómplice. Cuesta entender que el mano derecha de Karadima, quien lo acompañaba permanentemente, no se diera cuenta de nada. Incluso hablaría muy mal de su capacidad de observación.

Scicluna no es un sacerdote común. Es el mayor experto en crímenes sexuales de la Iglesia católica y tuvo a su cargo la investigación contra Marcial Maciel, el líder de Los Legionarios, esa congregación que tantos seguidores tiene aún en Chile. El mexicano no solo abusaba de menores, sino que además tenía una familia en secreto. Estos dos “religiosos” –que ironía– tenían un perfil muy parecido: se les creía ciegamente, incluso cuando ya se sabían sus conductas aberrantes. No olvidemos que varios líderes sociales de la elite y la política chilena defendieron con fuerza a Karadima, incluyendo el ex candidato presidencial Manuel José Ossandón, quien luego pidió perdón por el hecho.

La gira del arzobispo es corta y precisa. Partió con una entrevista en Nueva York el sábado pasado con Juan Carlos Cruz –reveló que había llorado junto al enviado del Papa al contarle los hechos–, quien junto con James Hamilton se han convertido en dos grandes –y valientes– luchadores para que se conozca la verdad en este caso, teniendo que enfrentar a grupos poderosos, partiendo por la propia jerarquía de la Iglesia chilena liderada por Ricardo Ezzati. Scicluna estará pocos días en suelo nacional y volará con su informe para reunirse el lunes 26 con el Papa Francisco.

¿Por qué el Papa cambió la dura posición que manifestó en su visita a Chile? ¿Qué nuevos factores tuvo en consideración para hacer este giro tan radical? De seguro influyó la filtración de la carta que Cruz le envió por mano en 2015 con su testimonio, además de las duras críticas que recibió en nuestro país por la defensa que hizo de Barros y la presencia provocativa del obispo en sus principales actividades, la baja asistencia a su encuentros masivos, la poca importancia que se les asignó a las víctimas en la agenda y, por supuesto, el pésimo diagnóstico que le transmitieron previamente Ricardo Ezzati y el nuncio Ivo Scapolo.

En cualquier organización del mundo, esto les habría costado el cargo a ambos. ¿Se imagina usted que un Presidente viajara a un país e hiciera un papelón producto de la mala información que le entregaran sus representantes en esa nación? Sumemos a ello que Scapolo no solo ha defendido a Barros, sino que su único informe enviado al Vaticano en estos años fue para denunciar el “exceso” de progresismo de sacerdotes como Berríos y Aldunate. Sin comentarios.

Lo cierto es que la visita de Bergoglio a Chile debe ser una de las peores que un Papa ha realizado en la historia moderna a un país. De hecho, será siempre recordada por el “caso Barros” y el poco entusiasmo de la gente, en contraste con lo que observamos en Perú unos días después. Esto es el reflejo de una crisis institucional grave que arrastra la Iglesia chilena desde hace más de una década, cuando empezaron a aparecer los primeros casos de abusos. La actitud de los líderes religiosos al comienzo fue de negación y luego de intentar bajar el perfil al problema. Pero pocas acciones concretas, a lo más, enviar a varios de esos delincuentes –esa es la palabra adecuada– a casas de retiro espiritual, con un formato más bien parecido al de vacaciones, atendidos por hermanas destinadas a su servicio.

Lo cierto es que la visita de Bergoglio a Chile debe ser una de las peores que un Papa ha realizado en la historia moderna a un país. De hecho, será siempre recordada por el “caso Barros” y el poco entusiasmo de la gente, en contraste con lo que observamos en Perú unos días después. Esto es el reflejo de una crisis institucional grave que arrastra la Iglesia chilena desde hace más de una década, cuando empezaron a aparecer los primeros casos de abusos. La actitud de los líderes religiosos al comienzo fue de negación y luego de intentar bajar el perfil al problema. Pero pocas acciones concretas, a lo más, enviar a varios de esos delincuentes –esa es la palabra adecuada– a casas de retiro espiritual, con un formato más bien parecido al de vacaciones, atendidos por hermanas destinadas a su servicio.

Esta crisis se refleja en la caída de los católicos en Chile –se estiman en poco menos de 50% contra el 78% de hace 20 años– y en la confianza en la institución, que es la más baja de Latinoamérica: 36% versus el 55% en Argentina y 78% en Honduras. Si en los años 70-80 la división progresistas-conservadores, paradójicamente, ayudó a aumentar la confianza en lo que podríamos denominar las “dos Iglesias”, los años siguientes –a partir de 2002– habrían de quedar marcados por el tardío reconocimiento por parte de la jerarquía eclesiástica de los abusos contra menores cometidos por un pequeño grupo de sacerdotes, pero que tenían una alta figuración pública, como el ex arzobispo emérito de La Serena, Francisco José Cox, el cura Tato, Miguel Ortega, Cristian Precht, John O'Reilly, Luis Eugenio Silva, los recientes casos en los Hermanos Maristas y el Colegio San Ignacio, entre otros, y el del sacerdote de la parroquia Universitaria, Gerardo Joannon, quien habría participado en adopciones ilegales de niños.

Lamentablemente para la Iglesia chilena, los casos vinculados a los abusos sexuales proyectaron una realidad muy dura: la transversalidad. Es decir, en este delicado tema se juntaron las “dos iglesias”. Este es el factor, junto a la larga negación e incluso encubrimiento de los hechos, que permite entender la caída abrupta de esta institución en materia de confianza ciudadana.

Volvamos al giro realizado por Francisco. Aunque su visita en enero partió con un buen augurio, al decir que sentía “vergüenza y dolor” por los abusos, luego tuvo un exabrupto frente a la prensa y afirmó no tener pruebas contra Barros. Ya de vuelta a Roma, tras pasar por Perú, relativizó su frase, calificándola de poco feliz, señalando que cuando se refería a “pruebas” quiso decir a “evidencias”. Como la canción de Silvio Rodríguez: "Que no es lo mismo, pero es igual”. Pero ya decantados los hechos, desde Roma nombraría a Scicluna para conocer los testimonios de boca de las propias víctimas, cosa que ya hicieron obispos chilenos, incluido el cardenal Ezzati, y que por lo visto no los convencieron de la culpabilidad de Barros. De los arrepentidos es el Reino de los Cielos, pensará el Papa argentino en estos días.

Dudo que esté dando un nuevo paso en falso para terminar desvirtuando las denuncias y volver a decir que se trata de gente tonta y zurda. Lo más seguro es que esta vez no le quede más remedio a Francisco que aceptar que el caso Barros simplemente es el corolario de la crisis de una Iglesia que llegó a ser muy importante en el ámbito latinoamericano. Creo que el obispo de Osorno tiene los días contados. Incluso, aunque lo releguen a disfrutar de un convento y comida hecha por manos de monja, el triunfo será de la propia comunidad católica, de los simples feligreses, esos al que el Papa exhortó a tener una participación más horizontal hace un mes. También será una lección de que el ejercicio de la verdad debe partir por quienes están llamados a ser modelos de sus seguidores.

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