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Filosofía en la escuela: argumentos y sofismas

por 24 febrero, 2018

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El lugar común más habitual para defender la necesidad del ramo de Filosofía en el programa escolar es que los jóvenes necesitan aprender a pensar críticamente. Pero, ¿es ésta una razón válida para hacer tal defensa?

Aunque el argumento resulte particularmente tentador (sobre todo para los profesores de filosofía), es necesario tomar algunas reservas. Cuando se afirma que enseñar filosofía es enseñar a pensar críticamente, al parecer se afirma que sólo la filosofía involucra pensamiento crítico, y de alguna manera implica además que la filosofía no tiene otra cosa que ofrecer. Estas dos consecuencias me parece que son no sólo falsas, sino sumamente perjudiciales. Por lo pronto, no es cierto que exista una correlación necesaria entre pensamiento crítico y filosofía: por una parte, es perfectamente posible enseñar filosofía de manera dogmática y acrítica; por otra, lo mismo que se puede enseñar pensamiento crítico en filosofía o en cualquier otra asignatura. Ser críticos tiene que ver con una actitud y no con un contenido. Y por esta misma razón, si la filosofía no tuviera otra cosa que ofrecer más que pensamiento crítico, entonces podríamos muy bien prescindir de ella, si podemos hallar pensamiento crítico en otro lugar.

Una justificación legítima para la obligatoriedad de la asignatura tiene que pasar necesariamente por sus contenidos. Hemos de responder a la pregunta: ¿qué es lo que la Historia de las Ideas (desde el punto de vista de sus autores o de sus problemas) tiene para aportar a la juventud, que la haga necesaria en un programa escolar? Pero incluso cuando el problema es planteado en estos términos, las posibles respuestas no están exentas de error. El más habitual es responder diciendo: “la filosofía es importante porque la educación debería ser tal y cual cosa, pero hoy en día es tal y cual otra”. En efecto, un currículo sin filosofía parece estar más cerca de una formación tecnocrática y orientada a la profesionalización, que a una formación humanística integral. Aunque esto pueda ser cierto (y fuera sin duda deseable tener filosofía en un programa escolar pensado desde una lógica menos instrumental), apelar a esta visión idealizada de la educación nos aleja de un argumento en favor de la permanencia de la filosofía en el programa actual, precisamente porque el programa actual no es el ideal.

A todos nosotros, trabajadores y ciudadanos de un estado democrático, nos serviría no sólo saber cómo llegamos a donde estamos (conocimiento que aporta, sin duda, el estudio de la Historia), sino también conocer qué tenían en mente las personas que inventaron este sistema, cómo de hecho esas ideas fueron llevadas a la práctica y por qué de hecho fracasaron. Esto es conocimiento propio de la Filosofía, y no puede aprenderse correctamente si no es enseñado filosóficamente.

Lo que queremos son argumentos pragmáticos a favor de la permanencia de la filosofía en el programa escolar aquí y ahora. Y aunque pueda haber varios, me parece que el mejor es el siguiente: la Historia de las Ideas puede ser conceptualizada como la historia de errores muy tentadores cometidos por personas muy inteligentes. En ese sentido, de la misma forma como estudiamos Historia “para no cometer los mismos errores del pasado” o Economía “para no ser esclavos de las ideas ingenuas de economistas difuntos”, nuestros jóvenes deben aprender Filosofía para ponerse a resguardo de cometer los errores de ideologías fáciles y modos de pensamiento incorrectos. Esta es una necesidad inmediata de nuestra sociedad y tiene cabida en una educación tecnocrática tanto como en una humanística. Ideas filosóficamente débiles o lisa y llanamente falsas como el relativismo moral o el escepticismo son en nuestros días tan tentadoras como hace tres mil años y sus consecuencias perniciosas son las mismas. El estudio y entrenamiento de la filosofía no sólo nos prepara para comprender estas ideas y saber neutralizarlas, sino que también nos pone en el camino de otros sistemas de pensamiento mucho más profundos y sofisticados, que bien cultivados pueden brindarnos una experiencia de la realidad mucho más rica y empoderada.

No puede decirse que aprender estas cosas sea de interés sólo para un “humanista”. Un médico o un ingeniero podrían beneficiarse enormemente de un aprendizaje cuidadoso de ciertas ideas incluso básicas de Filosofía de las Ciencias o Ética. A todos nosotros, trabajadores y ciudadanos de un estado democrático, nos serviría no sólo saber cómo llegamos a donde estamos (conocimiento que aporta, sin duda, el estudio de la Historia), sino también conocer qué tenían en mente las personas que inventaron este sistema, cómo de hecho esas ideas fueron llevadas a la práctica y por qué de hecho fracasaron. Esto es conocimiento propio de la Filosofía, y no puede aprenderse correctamente si no es enseñado filosóficamente.

Varios de los más importantes debates en la palestra pública actual (el aborto, el matrimonio no-heterosexual, la legalización de la marihuana, la desmilitarización de la Araucanía, la demanda marítima de Bolivia, etc.) suelen estancarse debido a una incorrecta comprensión de los problemas filosóficos sobre los cuales ellos se levantan. Por otra parte, fenómenos sociales relacionados con doctrinas pseudo-científicas como la astrología o la homeopatía no pueden ser correctamente comprendidos y criticados si no se posee una base filosófica fuerte para comprender exactamente qué es lo que afirman sus defensores y qué es lo que alegan sus detractores.

En resumen: toda vez que en la búsqueda de solución a un problema la respuesta “cada cual tiene derecho a pensar lo que le parezca” se vuelve insuficiente, es que se hace necesario echar mano de la filosofía. Y ninguna sociedad puede decir que esté absolutamente libre de problemas de este tipo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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