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El alma del Chile racista y pro pena de muerte

por 26 febrero, 2018

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Hay dos fenómenos anímico-sociales de nuestra realidad nacional contingente que me gustaría hacer dialogar y converger. Dos “noticias de verano” que han estado presente en los medios y que, si bien son de una naturaleza disímil, me parece que comparten una estructura simbólica a la base. Me refiero al problema del racismo chileno y del intento de reactivar el debate por la pena de muerte a violadores de niños y niñas.

En base al problema del racismo, dos preocupantes informes han salido estas últimas semanas, la encuesta del INDH y la evaluación del Centro de Estudio de la Opinión Ciudadana de la Universidad de Talca. Ambos convergen en la tendencia a mostrar una autopercepción de superioridad del chileno cuando se compara con sus vecinos latinoamericanos. Al parecer nos creemos más inteligentes, más limpios, más blancos, y más desarrollados. En consecuencia, tendemos a ver con desprecio y desdén a nuestros prójimos provenientes de este continente. Además, más de dos tercios de la población estarían de acuerdo con limitar y regular de alguna forma la entrada de inmigrantes a nuestro país. Por otra parte, respecto al problema de la pena de muerte para pedófilos y violadores destaca la idea de cinco diputados UDI de llamar a un plebiscito para reactivar la pena de muerte y la  performance del “Movimiento Social Patriota” de colgar muñecos ajusticiados en el puente Condell con el lema “pedófilo muerto, problema resuelto” (frase que por lo demás asombra y espanta por tener la misma estructura lógico-argumentativa que el tristemente famoso “se mata la perra, se acaba la leva” de Pinochet).

Ciertamente, ambos son fenómenos complejos y multicausales. No obstante, nos preguntaremos en este espacio como es posible observar estos eventos desde una perspectiva de una psicología con Alma  y desde el punto de vista de la espiritualidad de nuestro pueblo, con la esperanza de que dichos elementos pueden sumar a otras reflexiones, sociológicas, culturales y políticas, igualmente necesarias en torno estos problemas.

Primero, mirado el fenómeno desde una perspectiva psicológica podemos echar mano a uno de los conceptos teóricos más populares del psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, a saber, sus postulados respecto al complejo de la sombra. Jung entendía en términos generales a la sombra como los aspectos oscuros de la personalidad que han sido rechazados, negados o reprimidos de la psique consciente por ser difíciles de reconocer para el sentido de identidad y autoimagen del yo. En general la sombra tiene una cualidad inmoral o despreciable y que se relaciona con todo aquel cúmulo de aspectos que en el proceso de crianza y socialización se nos enseñó a valorar negativamente en nosotros mismos. Por ejemplo, si desde pequeños cada vez que cometimos un acto egoísta se nos condenó y enjuició severamente por ello aprendemos a rechazar esos aspectos de nuestro auto concepto y los reprimimos. Lo mismo si se condenó nuestras muestras de ira, de erotismo, de expresión de fragilidad o vulnerabilidad, de flojera, de vanidad, etc. Todo aquello que negamos y rechazamos en nosotros mismo termina habitando entonces en nuestro inconsciente, en nuestra sombra personal. El problema central es que al resultarnos intolerantes esos elementos en nosotros mismos los proyectamos (los ponemos y percibimos) en los demás. Entonces, no soy yo el que está furioso con el mundo y no puedo expresarlo, son los demás los que están enojados (y enojados conmigo específicamente). No soy yo el egoísta y soberbio que está constantemente preocupado de su imagen; son mis prójimos los que viven auto promocionándose, etc. Por cierto que la observación sobre este clásico mecanismo humano no tiene nada de novedoso si se piensa en el viejo “¿y por qué te fijas en la pelusa que tiene tu hermano en un ojo si no eres capaz de ser consciente de la viga que tienes en el tuyo? […] Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad” (Lucas 6, 41:42). El problema psicológico y social es que justamente “no vemos con claridad”, porque estamos constantemente proyectando el mal en los otros, con miedo a reconocer nuestros propios aspectos oscuros que son ahora depositados en nuestros vecinos y cercanos más inmediatos.

En el caso del racismo, y la evidente autopercepción inflada de nuestro sentir nacional, es dable de pensar que estamos en una atmosfera social específica donde tenemos serios problemas para mirarnos imparcialmente y ver lo que habita en nuestra Alma nacional. Los otros son los flojos, los borrachos, los ladrones, los violentos, los poco cultos; no nosotros. Lo maligno se constela, se encarna y se proyecta en los migrantes que hoy nos visitan.

Como se adivina, esto se emparenta con ambos problemas contingentes esbozados más arriba. En el caso del racismo, y la evidente autopercepción inflada de nuestro sentir nacional, es dable de pensar que estamos en una atmosfera social específica donde tenemos serios problemas para mirarnos imparcialmente y ver lo que habita en nuestra Alma nacional. Los otros son los flojos, los borrachos, los ladrones, los violentos, los poco cultos; no nosotros. Lo maligno se constela, se encarna y se proyecta en los migrantes que hoy nos visitan.

Por otra parte, en el caso de la petición de la reactivación de la pena de muerte la proyección del mal encuentra un recipiente ‘objetivo’ mas claro (quien podría dudar de la aberración concreta que implican esos abusos y crímenes contra nuestros niños y niñas). Sin embargo, se aprecia la activación de la sombra por la abrupta respuesta emocional de quienes llaman a la pena de muerte (reacción apasionada que hace oídos sordos a la abrumadora evidencia de que esta es una medida del todo ineficiente), personas que además experimentan un intenso deseo de aniquilación de lo maligno-que-esta-allá-afuera. Estas experiencias anímicas ciertamente sólo puede vivir en el Alma de grupos humanos ignorantes de su propia potencialidad para el mal. Por lo demás, estos procesos psíquicos recuerdan fuertemente los viejos ritos veterotestamentarios donde a un macho cabrío se “le cargaba con el mal de toda la comunidad” para luego exiliarlo en el desierto. En nuestro caso el perverso debe ser castigado, exiliado y borrado de la faz de la tierra. Debe ser apedreado a muerte por nosotros, los justos, los rectos, los que estamos de este lado, “libres de pecado”.

Finalmente si observamos estos problemas sociales desde el punto de vista de la vivencia de “lo trascendente” (como usted quiera llamarle) podríamos postular que tanto el racismo como el deseo de matar a criminales son fruto de una considerable crisis espiritual en nuestro país. Permítaseme explicar la idea. Si adoptamos la perspectiva del estudio comparado de las religiones universales, se podría afirmar que una de las confluencias significativas de los grandes sistemas religiosos del planeta es el postulado de que existiría, a un nivel profundo y no evidente, algún grado de unión e identidad compartida entre todos los seres humanos. Es decir, nuestra naturaleza más íntima y sagrada sería de alguna manera compartida y co-experimentada por todas las personas, independientes de su raza, poder, etnia, o cultura; tal como las gotas del mar comparten una misma identidad y sustancia en lo profundo del océano. Así que, ya sea que seamos cristianos, budistas o de las religiosidades de los pueblos originarios, cuando todos profundizamos en nuestras prácticas espirituales descubrimos (más bien experimentamos de forma directa), que somos parte de un mismo cuerpo como humanidad. Ya sea que le llamemos interser, vacuidad o Iglesia (en el sentido del cuerpo místico de Cristo) descubrimos gracias a esta experiencia que “mi prójimo, en última instancia, es parte también de mi problema”. De ahí que de toda experiencia espiritual genuina devenga un sentimiento de amor y compasión por nuestros semejantes, y emerja un deseo de querer ayudarles de alguna forma. En ese sentido, bien podríamos decir, que la evidente falta de compasión y el surgimiento de estas odiosidades colectivas a su base tienen también, como uno de sus factores, la falta de entendimiento de nuestra más íntima interconexión como seres humanos y, por tanto, también es un problema de corte espiritual. Nuestra ignorancia en ese sentido es tan absurda como la que podría experimentar una parte del cuerpo, por ejemplo, el corazón, por tener que cumplir una función que le beneficie a todo el organismo; o como si el estómago creyera que trabajando sólo para sí mismo y sin compartir sus nutrientes con el resto del cuerpo podría salvarse… y bueno, que el resto del cuerpo se joda y trabaje por sí mismo.

Nuestra Alma nacional requiere por tanto convocar un poquito de humildad y de sano sentido de realidad para vernos tal cual somos, en nuestras luces y sombras, para que así podamos ver mejor (retirando las proyecciones de la sombra) a los que hoy se vienen a sumar a nuestra tierra. Además, bien nos haría comprender que no hay avance ni realización personal posible que no sea “por mí y por todos mis compañeros”. Por cierto que estos “problemas de verano” podrían muy bien beneficiarse si nos pudiéramos abrir, aunque sea un poquito, a las palabras del poeta: “Me canto y me celebro, te celebro y te canto. Y si te canto y te celebro, me celebro y me canto. Porque cada átomo que te pertenece, me pertenece. Porque tú y yo somos la misma cosa.”

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