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“Los ignorados”: una bomba de tiempo

por 14 marzo, 2018

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Luego de la venida del Papa Francisco a Chile, ha quedado en la retina colectiva un par de constataciones que son dignas de analizar: la disminución de la masividad del fervor, la visible ausencia de los sectores populares en las actividades convocadas por la Iglesia, y la contradicción entre la aceptación de “la verdad” versus la prueba inapelable de que en nuestro país existen humanos violentados sistemáticamente por las instituciones desde que tenemos memoria.

Sin dejar de lado algunos aspectos valiosos del mensaje del Sumo Pontífice, relativos a la justicia social, la inclusión, la condena al consumismo y el llamado a la juventud como agente de cambio, con pesar cotejamos que se suma otra institución más a la pérdida de confianza de sus seguidores, por la inconsistencia de su discurso y su incoherencia entre el decir y el hacer.

Al igual que el Estado, los partidos políticos, el poder judicial, las policías y tantos otros organismos públicos, la Iglesia sufre el mal de no ser creíble, lo que ha provocado el alejamiento y la indiferencia de un sector de la sociedad - mayoritario quizás - que poco a poco ha ido perdiendo no solo la fe en el cristianismo, sino también la confianza en todo su entorno. Con ello, se ha dado paso a la configuración de una sociedad plagada de seres individualistas, que se encuentran sumergidos en una realidad económica, cultural y urbana que evidencia un terrible abandono. Si hubiera prioridades en las acciones de estas mismas instituciones, probablemente la historia sería otra.

Es así como surgen los marginados, los ignorados, los invisibles. Ellas y ellos observan cómo la sociedad, en lugar de hacerse cargo, está preocupada de su propia sobrevivencia como sistema económico, basada en el egoísmo social y no en el derecho a una vida digna, justa, feliz.

Es como si se manifestara cada vez con más fuerza una suerte de “colusión institucional”, una desmedida e injustificable protección ante la falta, el error, la omisión, la corrupción, el abuso y la discriminación. Esta realidad bien la describe Sergio Marras en su columna “El capitalismo de compadres”. El sistema se sostiene por y para algunos, para las y los que disfrutan y profitan de la ausencia de fiscalización, la libertad absoluta del mercado, la opresión del gran empresario por sobre el más pequeño. Ese pequeño que, al final del día, termina siendo un completo dependiente de las leyes de la oferta y la demanda.

Es así como surgen los marginados, los ignorados, los invisibles. Ellas y ellos observan cómo la sociedad, en lugar de hacerse cargo, está preocupada de su propia sobrevivencia como sistema económico, basada en el egoísmo social y no en el derecho a una vida digna, justa, feliz.

Lo más terrible es que estamos ante una bomba de tiempo que también se ha naturalizado y vuelto invisible. La pobreza y la estrechez económica que padece gran parte de nuestra sociedad son consideradas por muchos como “parte del sistema”, el mal necesario para los llamados “equilibrios sociales”.  La incapacidad o falta de interés en resolver esta situación se ve amparada por un modelo económico basado en la especulación y el comercio, y no en la manufactura o la producción local. Por tanto, las escasas oportunidades de empleos dignos o estables siguen siendo a costa de la mano de obra del oprimido.

Podríamos decir, entonces, que empíricamente la percepción del Estado es “mala”, pues no da garantías de realización y surgimiento para todas y todos. Y en esa desafección, las y los ignorados dejan de participar, dejan de votar, dejan de ir a misas, dejan de participar activamente en su junta de vecinos, y cada día se encierran más en su soledad. Algunos optan por desarrollarse en un minúsculo círculo de interés de acuerdo a su particular definición de “negocio” (el de carácter ilegal, que puede ir desde la comercialización de la droga, hasta la asociación ilícita para todo tipo de “movidas”, probablemente una de las aristas más oscuras de este problema), mientras otros realizan cualquier tipo de acción que otorgue satisfacción individual, con muy poco aporte a lo social y colectivo. Es parte del opio distractor, que invita a la gente a no pensar en lo profundo, en lo social y en nuestro proyecto como país.

Desde nuestra mirada se está construyendo algo más grave que una manifestación esporádica o alguna marcha de reivindicación sectorial. Esta es una bomba de tiempo que se ha transformado en una amenaza real a la estabilidad democrática. Dicha estabilidad no sólo está garantizada por “acuerdos políticos” sino también por la convivencia social entre las y los ciudadanos y la paz social que se construye sobre los cimientos de la justicia y redistribución justa para todas y todos.

La paz social no puede ser el resultado de los acuerdos cuando hay más de un 50 por ciento de la sociedad que no participa en nada y desconfía de todo. Hoy, el desafío es volver a mirarnos a la cara y a crear conciencia. Una conciencia que enfrente las injusticias y articule un nuevo pacto social, con un discurso convocante real y no ficticio. Una realidad en donde las y los ignorados dejen de serlo, un país en donde ya no haya cabida para la discriminación arbitraria, el maltrato y la violencia. Un país más justo y solidario, en donde por fin dejemos de ignorar nuestra propia ignorancia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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