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Los inmigrantes no son los responsables

por 25 marzo, 2018

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Alfredo Moreno, el recién asumido ministro de desarrollo social, señaló el jueves 15 de marzo en el encuentro de empresarios, ICARE, que “hoy día muchos de los problemas sociales que estamos viendo están relacionados con un flujo de inmigrantes importante”.

Estas palabras son peligrosas y denotan ignorancia, pues aparte de no condecirse con la realidad, fomentan una visión negativa de los flujos de personas y terminan convirtiendo al extranjero en el chivo expiatorio por excelencia. Las palabras de Moreno son sesgadas, ya que muestran una visión parcial de lo que podría implicar la inmigración, e irresponsables, porque provienen de una autoridad pública que en vez de abordar este fenómeno con la seriedad y profundidad que se requiere, opta por el recurso más fácil: endosarle a quien viene de afuera los conflictos sociales.

La apreciación del ministro es errónea, ya que quienes se desplazan a Chile no constituyen la causa de los problemas que enfrenta nuestra sociedad, más bien, éstos se podrían explicar por el neoliberalismo exacerbado que caracteriza el sistema imperante. Chile ha privatizado parte importante de los servicios esenciales, dejando en manos de quien pueda costeárselo ámbitos tan relevantes como la educación, la salud, las pensiones, la vivienda, etc. La dictadura instauró este modelo y los diferentes gobiernos de la llamada transición a la democracia han amoldado y profundizado el mismo, de manera que hoy día la efectividad de las garantías queda al alero del individuo. Dejar marginalizada a un porcentaje de la población es, más bien, lo que ocasionaría el malestar generalizado; seguir fomentando un sistema que promueve la desigualdad e inequidad es lo que acrecentaría los conflictos; privilegiar el lucro, la rentabilidad y la eficiencia ante las necesidades de las personas es lo que podría alentar la mantención de las problemáticas.

El neoliberalismo es un modelo estructuralmente perverso, pero los políticos en vez de criticarlo y propender a la construcción de un sistema que garantice los derechos esenciales de todos y todas, prefieren endosarle los problemas a quienes se desplazan, individuos que por ser “originariamente” ajenos a “nuestra comunidad”, no es difícil culpabilizarlos.

El discurso de Moreno no es excepcional, más bien se inserta en lo que un sinfín de políticos han proclamado al respecto, se trata de un mensaje que los sectores conservadores han intentado instalar con fuerza en la esfera pública, algunos con más suerte que otros, como Rajoy, Le Pen, Orbán y Trump. En 2008, Mariano Rajoy, en su campaña presidencial, señaló a los medios de comunicación, sin mayor tapujo, que los dos grandes problemas de España eran la economía y los inmigrantes. Con esta declaración, ya no tiene importancia el concepto de persona, pues al foráneo se le asimila a una amenaza, con el subsecuente peligro que ello conlleva. Con mayor énfasis en el nacionalismo, en 2017, Marine Le Pen prometió defender a Francia; en un discurso teñido con los valores esenciales de la República, la líder del ultraconservador Frente Nacional abogó para que los extranjeros en situación irregular no accedieran a beneficios sociales como salud y educación. La exclusión que propuso Le Pen no se condice con el principio de igualdad que proclama toda democracia que se precie de tal, en un Estado de Derecho resulte intolerable el establecimiento de una doble categoría de sujetos, pues no se debe aceptar que un factor del azar, como lo es el lugar de origen, condicione nuestra vida.

Cabe reflexionar ¿Hasta cuándo tendremos que escuchar impávidamente estos discursos? ¿Hasta cuándo aceptaremos que Chile avance a parecerse a un gobierno nacionalista y conservador? Ya es tiempo de sacudirse de tanta ignorancia y prejuicio, replantear el debate y comprender que más que fortificar las fronteras interiores y exteriores hay que hacerse cargo de la desigualdad abismante que el modelo neoliberal genera.

En la Unión Europea, los discursos xenófobos y proteccionistas han tenido su cúspide con Viktor Orbán, quien asimiló terroristas a inmigrantes; decidió cerrar las fronteras de Hungría a los refugiados e impulsar leyes restrictivas que criminalizan la irregularidad; según el primer ministro húngaro, hoy en día Europa se enfrenta a verdaderas “avalanchas” que ponen en peligro la desaparición de la civilización cristiana.

Sin duda en estas retóricas alarmistas Estados Unidos representa un ejemplo paradigmático. Trump fue uno de los que percibió que a nivel político arremeter contra los extranjeros era muy rentable, por eso en su campaña planteó que controlando su llegada se podrán resolver, cuestiones tan urgentes como los bajos sueldos, la cesantía y la inseguridad, como si los inmigrantes fueran causantes de dichas problemáticas en el denominado “país de las libertades”.

La victoria de Trump es una prueba de lo eficaz que resulta transformar al extranjero en el causante de los males de la sociedad, ya que a pesar de lo que arrojaban las encuestas, ganó las elecciones, en cierta medida por su “Make America great again” (Haz América grande nuevamente), que se valía, en parte, de fervientes discursos anti-migración, que proponían medidas como construir un muro en la frontera con México, restringir el ingreso de ciertas nacionalidades, expulsar a los “indocumentados”, etc.

La periodista y escritora Leila Guerreiro, sostuvo en “Donald ya ganó”, columna publicada en El País, que Trump al ser designado el candidato del partido Republicano ya había vencido, pues el hecho de que hubiera llegado hasta allí, instalando su mensaje en la palestra pública era un triunfo. Su victoria, al igual que el fortalecimiento de los nacionalismos europeos no es inocua, ya que naturalizan la proclamación de discursos xenófobos y racistas.

Cabe reflexionar ¿Hasta cuándo tendremos que escuchar impávidamente estos discursos? ¿Hasta cuándo aceptaremos que Chile avance a parecerse a un gobierno nacionalista y conservador? Ya es tiempo de sacudirse de tanta ignorancia y prejuicio, replantear el debate y comprender que más que fortificar las fronteras interiores y exteriores hay que hacerse cargo de la desigualdad abismante que el modelo neoliberal genera.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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