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La otra ingenuidad

por 27 marzo, 2018

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La cancelación de su charla en la Universidad de Concepción y luego la funa y agresión que sufrió Kast en la Universidad Arturo Prat no tienen mayor relevancia en sí mismos, ya que son agresiones y vulneraciones a la libertad de expresión bastante menores si se comparan con otras que suceden diariamente en Chile, pero que por razones de clase o de sesgo de la prensa, tienen una menor cobertura. Sin embargo, estos hechos (re)abren un debate que considero relevante para la izquierda.

En mi opinión, estos hechos no deben ser promovidos ni avalados por el mundo de izquierda, en particular por quienes adhieren al pensamiento socialista. Para efectos de desarrollar mis razones, polemizo con los argumentos desarrollados por Ismael Puga en su columna “Agresión a José Antonio kast: buenistas tolerantes y violentistas”.

A pesar de cierto exceso de adjetivos que tiene tal columna, su argumento central es sólido y plantea un interesante debate. En particular, el autor señala que quienes siendo de izquierda critican la agresión a Kast, serían ingenuos ya que “El fascismo y sus variantes criollas, para decirlo con más claridad, no es un oponente político cualquiera porque: a) de triunfar, elimina cualquier opción de debate y contienda política razonable; y porque: b) en su avanzar, tampoco se basa en tácticas que puedan enfrentarse desde el debate y el razonamiento.” En esta columna me concentro en el punto a).

Antes de ir al centro de mi discrepancia, señalo un primer desacuerdo de orden argumentativo. En mi opinión, el punto a) debería ser reformulado como “de triunfar, con alta probabilidad elimina cualquier opción de debate y contienda razonable”. La relativización del argumento es justificada ya que, por un lado, Kast dentro de todas las barbaridades que ha señalado no ha dicho que va a hacer lo que Puga señala que él (o lo que él representa) haría con certeza en caso de triunfar y, por otro lado, porque el hecho de que quienes argumentaron como Kast se hayan comportado históricamente de esa manera una vez en el poder, no implica que Kast deba repetir esa historia. Sin ir más lejos, imagino que Puga y yo compartimos que aun cuando el grueso de las experiencias socialistas triunfantes hayan tenido políticas sistemáticas de represión (a derechistas e izquierdistas), nosotros no repetiríamos - en caso de “triunfar” - esa parte de la historia y buscaríamos promover una sociedad plural, con una democracia radical en todos los planos relevantes de la vida social. Esta reformulación del punto a), aunque sutil, implica que las conclusiones que de él se derivan pierden parte de su validez, ya que tal validez se desprende en parte de la certeza del riesgo.  

Con esto no digo que todas las ideas sean iguales. Las ideas de Kast se sustentan en los valores más miserables de la humanidad, toda vez que en su base está la negación de la dignidad del otro(a) (homosexual, mujer, migrante o pobre) y, en cambio, soy un convencido de que las ideas socialistas representan un horizonte de mayor libertad, igualdad y humanidad. Pero aquella diferencia, no basta para reprimir la expresión de las ideas de Kast. De hecho, no es un argumento utilizado por Puga en su columna.

Con todo, se podría argumentar que las ideas de Kast no sólo aumentan el riesgo de converger a una sociedad totalitaria fascista en un futuro incierto, sino que promueven en el presente actos de violencia contra distintos grupos ninguneados en sus discursos. Estando de acuerdo con ello, también es cierto que el riesgo de que los proyectos socialistas devengan en estructuras represivas se expresa de igual modo – aunque en menor intensidad - en el día a día. Es cosa de ver la forma en que muchas veces enfrentamos nuestras pugnas internas en las agrupaciones de izquierda, donde el tratar de anular al otro y sus ideas, siempre con muy nobles justificaciones, es una práctica lamentablemente común y la que más de una vez ha devenido en la ruptura de ciertas organizaciones políticas.

Dicho esto, mi discrepancia de fondo con lo expuesto por Puga es otra. Así como estoy consciente de que la publicidad de las ideas de Kast puede llevarnos a una sociedad donde las otras ideas (incluida las nuestras) sean anuladas, también pienso que si los socialistas aceptamos que, ya sea de manera razonada o de acuerdo a lo que estime una turba en un momento específico, es posible rechazar de manera violenta las ideas de otro por su riesgo potencial, entonces corremos el riesgo de promover una dinámica que haga más probable el desarrollo de totalitarismos de izquierda. De esta manera, así como veo un riesgo para la sociedad en permitir que Kast promueva libremente sus ideas, también veo un riesgo en aceptar la violencia (aunque sea menor) como una forma de combatirlas. A la luz de la historia de los proyectos socialistas y como estos justificaron (y justifican) sus aparatos de represión, no ver este segundo riesgo también es una forma de ingenuidad.  

En la tradición socialista, en la parte que nos avergüenza, el hecho de reprimir la expresión de ciertas ideas por su peligro para sociedad tomó diversas formas. Los fascistas eran un peligro para el proyecto socialista, pero también lo fueron las otras formas políticas del pensamiento de derecha (de corte liberal), los que no eran suficientemente de izquierda y, en muchos casos, quienes eran demasiado de izquierda y que por su “irresponsabilidad” hacían más probable la regresión conservadora.  

Tal vez, la ubicación de la gente de izquierda en este debate está determinada por la respuesta a otra pregunta relevante, a saber, ¿Cuál fue la mayor derrota para la izquierda y las ideas socialistas en el siglo XX?, ¿la propinada por las fuerzas fascistas y conservadoras (como en el caso de Chile o España) o la autopropinada por el desarrollo de prácticas antidemocráticas que vaciaron de todo contenido libertario a los socialismos reales (como en el caso de la URSS)? Así, creo que quienes pensamos que fue la segunda derrota la que realmente nos dejó en el suelo y que para la sobrevivencia de nuestro proyecto es indispensable no repetir tal dinámica aun cuando aumentemos el riesgo de ser derrotados por el adversario, vemos en cada uno de estos pequeños dilemas  - aunque suene un poco exagerado - el riesgo de la emergencia de nuestro totalitarismo.

Con todo, se podría argumentar que las ideas de Kast no sólo aumentan el riesgo de converger a una sociedad totalitaria fascista en un futuro incierto, sino que promueven en el presente actos de violencia contra distintos grupos ninguneados en sus discursos. Estando de acuerdo con ello, también es cierto que el riesgo de que los proyectos socialistas devengan en estructuras represivas se expresa de igual modo – aunque en menor intensidad - en el día a día. Es cosa de ver la forma en que muchas veces enfrentamos nuestras pugnas internas en las agrupaciones de izquierda, donde el tratar de anular al otro y sus ideas, siempre con muy nobles justificaciones, es una práctica lamentablemente común y la que más de una vez ha devenido en la ruptura de ciertas organizaciones políticas. Creo que esta forma de “solucionar” nuestros conflictos, no sólo denota tristemente la falta de compañerismo, sino que además da cuenta de la ausencia de un compromiso inquebrantable con la democracia como forma de solucionar disputas, incluso entre personas que piensan tan parecido.

Si creemos que las ideas socialistas tendrán otra oportunidad en la historia de la humanidad, no sólo debemos evaluar el dilema que nos presenta el periplo fascista de Kast desde la probabilidad de que su desarrollo termine destruyendo nuestra posibilidad como proyecto político, sino que también debemos ponderar cómo la forma en que reaccionamos puede ser otra forma de perder. Una en que se pierde ganando.    

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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