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Ideario socialdemócrata y comunitarismo

por 7 abril, 2018

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La presente columna tiene por finalidad complementar la revisión crítica de los elementos que componen el ideario socialdemócrata, entendido bajo la fórmula ecléctica donde convergen principios de justicia política tanto capitalistas como comunitaristas (i). En una columna publicada con anterioridad se expusieron las principales objeciones a los planteamientos capitalistas. La presente columna expone las principales objeciones al planteamiento teórico comunitarista. Este ejercicio pretende aislar los idearios cuyos planteamientos se encuentran en los extremos de la discusión de justicia política esperando su efecto permita resaltar el territorio común, permitiendo fortalecer el así llamado “centro político”.

La ideología comunitarista permite rescatar una idea que, sin ser absoluta, se debe presentar como recordatorio limitador al capitalista. Esta idea consiste en que la decisión políticas correcta no obedece exclusivamente a criterios de utilidad (=crecimiento y eficiencia en la administración de recursos públicos) sino también a criterios que permitan justificarla como una elección necesaria para el bien común. La administración pública no es solo crecimiento ―es también decisiones que buscan justicia― pero a su vez el ejercicio de la política no es solo distribuir bienes con miras igualitarias ―porque ello podría devenir en ejecuciones irracionales económicamente, y sin una cuota importante de crecimiento en el porvenir no habría suficientes bienes para su distribución―.

Esta columna ofrece tres observaciones críticas a uno de los elementos (comunitarismo) que componen la idea socialdemócrata, con la finalidad de  detectar y aislar los extremos estatistas (ii).

(1). El comunitarista debe reconocer que el mercado  propicia la defensa de los derechos de las minorías. No es en absoluto casual que los países con mayor desarrollo de derechos humanos e inclusión de minorías (sexuales, étnicas, raciales) sean países donde existe una relevante cuota de mercado como mecanismo de desarrollo. Ello se debe a que la génesis del pensamiento económico capitalista valora al individuo como agente racional, cuyas decisiones sobre medios, fines y administración de recursos escasos es el eje que organiza la sociedad. Lo anterior ha llevado a una férrea defensa de lo subjetivo y a una indemnidad de las preferencias personales (nadie se cuestiona, por ejemplo, si es que producir pantalones rosados es éticamente correcto. Mientras exista un comprador de pantalones rosados, el producto se inserta correctamente en el sistema).

El hecho de que una preferencia minoritaria (=pantalones rosados) no fuese sometida a juicio en tanto preferencia estrambótica y tuviese cabida en la comunidad (=alguien las produce porque hay quienes las compran) es una fórmula de valorar una preferencia que se hizo extensiva a las formas de vida. El derecho subjetivo a adquirir lo que uno quiera como manifestación de la propia identidad fortalece y se relaciona con el derecho subjetivo a vivir (ser) como uno quiera, como manifestación del libre desarrollo de la personalidad. Y precisamente ―y esto es propio de las líneas de pensamiento que desconfían de los proyectos redentores comunitarios― quien tiene una identidad o formas de vida distintas a las de la mayoría (minorías sexuales, raciales, étnicas) vieron surgir las más férreas defensas de sus derechos civiles en países de corte en mayor o menor medida capitalistas, no socialistas ni comunistas.

(2). El comunitarista debe reconocer que el mercado permite que todos participemos en la distribución de  recursos y eso contribuye a que seamos libre pensadores.

El sistema de economía política que un determinado país adopta es expresivo de la forma en que se organizan las preferencias personales, y cuánto respeto se tiene por ellas. Una de las consecuencias favorables del mercado tiene que ver con que éste permite que la infinidad de preferencias personales de los sujetos quede integrada. Las decisiones de qué comprar y qué vender, qué servicios tomar, qué servicios prestar, permiten la configuración identitaria de las personas y la confección de un plan de vida. El poder ejecutar este plan de vida requiere, entre otras cuestiones, que sea un mercado espontáneo el que contenga la mayor cantidad de preferencias posibles (iii).

¿Quién quiere ser transformado? Para transformar a la sociedad y nuestras condiciones de vida es necesario comenzar por transformar a las personas. ¿Qué lector podría querer, razonablemente, que un “cúmulo de hombres sabios” moldee su forma de ver el mundo? ¿En qué descansa la (supuesta) superioridad moral de estas personas? ¿No atenta contra la dignidad humana que un grupo de “hombres sabios” transforme o reeduque a otros? La inequívoca experiencia histórica y el registro de la historia de las ideas no han hecho algo distinto a reafirmar plásticamente que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones.

La posibilidad de ejecutar libremente las decisiones para la configuración del propio plan de vida promueve que cada persona piense (viva) libremente. No es casual, entonces, que las sociedades que promueven un grado importante de liberalismo económico tiendan a fortalecer también el libre pensamiento de sus integrantes, sea en universidades, foros o espacios públicos en general. La posibilidad que un sistema económico político brinda de albergar la mayor cantidad de elecciones personales de consumo (desde bienes a servicios) está relacionada con la posibilidad que éste ofrece de albergar y promover la mayor cantidad de ideas.

(3). Las personas no quieren que las transformen. Algunos ideólogos que pretenden reivindicar el comunitarismo han pretendido popularizar el eslogan respecto a que se deben hacer “políticas transformadoras”. Este concepto a menudo descansa en la idea de que los seres humanos vivimos alienados (=la opresión del sistema lleva a que no sepamos lo que realmente queremos/son otros quienes deben recordárnoslo), y por tanto modificaciones estructurales (la “transformación”) de nuestras formas de vida permitirán des-alienarnos y permitirnos volver a estar en sintonía con la vida que queremos llevar.      

El discurso se presenta como cautivante y su expresión lírica permite captar adeptos con relativa facilidad. Sin embargo, hay una pregunta que persiste:

¿Quién quiere ser transformado? Para transformar a la sociedad y nuestras condiciones de vida es necesario comenzar por transformar a las personas. ¿Qué lector podría querer, razonablemente, que un “cúmulo de hombres sabios” moldee su forma de ver el mundo? ¿En qué descansa la (supuesta) superioridad moral de estas personas? ¿No atenta contra la dignidad humana que un grupo de “hombres sabios” transforme o reeduque a otros? La inequívoca experiencia histórica y el registro de la historia de las ideas no han hecho algo distinto a  reafirmar plásticamente que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones.

La defensa de un ideario socialdemócrata que permita encontrar territorio común entre crecimiento económico y justicia social tiene como condición que el comunitarista sea moderado y conceda un rol importante al mercado (reconociendo sus beneficios). La justificación de dicha presencia radica en las tres ideas expuestas: el mercado ha propiciado la defensa de los derechos de las minorías, permite generar las condiciones para el pensamiento libre y su ideario (de raigambre liberal) desconfía de los “proyectos transformadores”.

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(i) La locución comunitarista incluye esencialmente a las versiones socialistas y comunistas  de teoría de la justicia. A pesar de que existen diversos matices en dicha teoría, nos referimos en un sentido amplio a aquellas cuyo núcleo radica en la defensa de la idea de que las personas se realizan en último término a través de la comunidad y es ésta la principal responsable de la construcción identitaria del individuo (=no su propia biografía basada en decisiones autónomas).

(ii) La expresión estatista se refiere a la forma clásica de socialismo (=no el así llamado socialismo renovado que aceptó la necesidad del libre mercado para lograr el desarrollo). La primera forma fue discutida como vía de desarrollo para Chile con mayor extensión en los años 50’ y 60’ del pasado siglo, existiendo sectores ideológicos que pretenden hoy reivindicarla. La pregunta respecto a si existe en rigor un socialismo renovado que siga siendo propiamente socialista no es objeto de esta columna.  

(iii) Este fue uno de los argumentos más contundentes de Hayek contra la planificación económica centralizada. El austríaco explicó cómo la organización espontánea de los individuos permite un sistema de distribución de recursos que reúne dinámicamente el conocimiento de los medios que las personas requieren para satisfacer sus planes de vida. Tal acumulación de conocimiento (preferencias personales, elecciones, medios para lograr un plan de vida) jamás podría haber sido captado por una persona o un grupo de personas. La construcción de este argumento se encuentra en Economics and knowledge (1936).

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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