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¡Más luz, más luz!: biopolítica de la transparencia

por 22 abril, 2018

¡Más luz, más luz!: biopolítica de la transparencia
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La época, la nuestra, como ninguna otra, está preparada para la denuncia. La acusación es la consigna: encontrar al culpable, identificar ante todo al enemigo, nombrar al chivo expiatorio. Todo va en dirección a la reivindicación. Se trataría de un signo de progreso; por fin, tenemos los medios para dejar al descubierto la desnudez del rey, del jefe, del profesor, del mando medio, de la autoridad. La barbarie, aunque no necesariamente vencida, puede al menos ser indicada, expuesta a la luz plena de la denuncia virtual: allí están estos nuevos tribunales llamados “redes sociales” dispuestos a exponer a la mirada de los interconectados los castigos infligidos a los criminales, los antiguos y los nuevos.

Todo matiz, toda crítica, toda duda –nadie duda a la hora del castigo- será considerada como propia al bando enemigo. Los enemigos deben ser vencidos, ante todo. La hora es de la venganza. Porque se detenta la verdad –porque “hay” una verdad. Verdad en relación a cómo estructurar los enunciados, respecto al orden de la gramática, respecto al posicionamiento correcto de los cuerpos. Moralismo inherente a los que se sienten poseedores de la verdad. La hora, ante todo, es de la toma de posición “in extremis” –o estás conmigo o contra mí, eres mi amigo o mi enemigo. Los rezagados del progreso deben ahogarse en el mar del conservadurismo, mal que mal la verdad estaba allí, a la vista de todos, ellos decidieron dudar antes de subirse al carro. El tren va rápido, no espera a los débiles. Ni menos a los melancólicos que se quedan mirando al pasado, que no es más que una montaña de escombros. Pobres de ellos, no escucharon el ¡venceremos! que gritaban las multitudes en las calles. Melancólicos.

La hora es de lo políticamente correcto. Esta corrección debe imponerse, para eso están los “frentes”: amplios, por causas justas, por minorías, por reivindicaciones de toda especie, pero frentes al fin y al cabo, es decir, poderosos (¿y quién dijo que había que temerle al poder?, dicen ellos), aptos para combatir, y vencer –no a la ductilidad, toda porosidad es signo de debilidad, hemos llegado para llevar las riendas de la historia, contra los enemigos, con los amigos, construyendo frentes, gritando, viralizando. Pero la hora es ante todo de la transparencia, y de la “normalización” de las costumbres. Se trata de combatir una normalización por otra. No salimos, entonces, de la biopolítica. Seguimos siendo modernos.

Se dice que las últimas palabras de Goethe, antes de morir, fueron: “¡más luz, más luz!”. Raúl Ruiz contaba que, la única vez que lo vio, en un estudio sombrío, Orson Welles decía: “¡menos luz, menos luz!” Hoy se trata ante todo de imponer la transparencia, de iluminar hasta lo más recóndito de nuestras almas, que ninguna costumbre quede cubierta por un poco –por mínima que sea- de oscuridad. Pues la oscuridad es siempre un efecto de perversión, y hay que combatir toda perversión. La lucha debe ser sin cuartel –para eso formamos Frentes- en contra de los “perversos polimorfos” (los niños según Freud) que somos. La perversión se combate por medio de reglamentos, de discursos, de ciencia. La neurociencia al servicio de la criminología. Scientia sexualis. La oscuridad (la perversión) se cuela por todos lados, por eso el combate por la transparencia debe ser sin cuartel (para eso está el Frente). Para eso están los reglamentos.

Transparencia también en los enunciados. Hay que instalar una policía discursiva que asegure un habla y una escritura políticamente correctas, es decir, limpias, transparentes. Un habla y una escritura no perversas. Toda perversión debe ser denunciada, partiendo por la perversión literaria, cuyos autores han de ser clasificados como personas non gratas. Mejor evitar leerlos –son peligrosos (Bataille estaría muy contento, su teoría se confirma, la de la “literatura y el mal”, quiero decir). El lenguaje que usamos está plagado de perversión –pero podemos (y debemos), dicen los viralizadores, limpiarlo, “transparentarlo”. Todo deviene “ley de transparencia”.

La sexualidad en el occidente moderno, como magistralmente mostró Foucault, se caracteriza por provocar una particular obsesión por producir discursos en torno a ella; ante todo, el deseo debe ser explicado, analizado, catalogado, categorizado, reglamentado. Nuestra época, con la excusa de querer castigar a quienes abusan de su poder –el mismo principio estaba a la base de la policía de Robespierre- propicia la constitución de “tribunales populares” –virtuales esta vez, canalizados vía las “redes sociales”- que más que problematizar la relación entre el deseo y el poder, que sería lo que a mi modo de ver habría que hacer, suelen quedarse en el ámbito de la exigencia del castigo, de la condena y del “asesinato de imagen”. Habría más bien que intentar pensar “más allá del bien y del mal”, aunque esto hoy parezca particularmente difícil, a causa, justamente, de los tribunales populares virtuales.

La historia de la imposición global de la transparencia y de la iluminación empieza con la policía revolucionaria, la de Roberspierre y Marat. Primera mitad del siglo XIX, París y Londres: iluminación a gas, enumeración obligatoria de las viviendas, obligación de poner el nombre de los habitantes en las fachadas de los edificios, estudio fisiológico de la visión –la permanencia retiniana de las imágenes, base científica del cine-, obsesión por el control de la población, por las desviaciones, por los hombres infames. Bentham y el panóptico.

Tiempo después: Jack the ripper, Jekyll and Hyde, Monsieur Dupin –la razón y el crimen. ¿Qué hacer con el mal, cómo gobernarlo? Allí comenzó la secuencia en la que todavía nos encontramos. La respuesta fue: disciplinar, ordenar científicamente al discurso, clasificar las desviaciones, ubicar a cada cuerpo en su lugar, en relación a la función que en ellos ejerce el deseo: el deseo en los niños, el deseo en los adultos, en los viejos, en los discapacitados. Allí se constituyó la genealogía de los reglamentos por medio de los cuales todavía hoy pretendemos conjurar la sexualidad: reglas de policía sexual en las universidades, en las familias, en los colegios, todas provenientes de la pastoral cristiana: hazte cargo de tu sexualidad, contrólala, domínala; echa luz sobre ella, combate la oscuridad que la constituye en lo más íntimo, sé el policía de ti mismo. Así, justamente, serás alguien. Obviamente la pastoral políticamente correcta que se expresa en nuestros reglamentos pretende “salvar” –rescatar de las tinieblas, echando un poco de luz- a los que los modernos consideraban como desviados, anormales, a los infames encerrados en cárceles y hospicios por no poder adecuarse –pues muchas veces su propio cuerpo no se los permitía- a la sexualidad, al deseo normado por la pastoral disciplinaria. Se trata, hoy, de asegurarles la dignidad y el respeto. Sea. No deja de ser verdad que seguimos en la pastoral, y que pensamos que a la oscuridad del deseo hay que combatirla por medio de la luz.

La sexualidad en el occidente moderno, como magistralmente mostró Foucault, se caracteriza por provocar una particular obsesión por producir discursos en torno a ella; ante todo, el deseo debe ser explicado, analizado, catalogado, categorizado, reglamentado. Nuestra época, con la excusa de querer castigar a quienes abusan de su poder –el mismo principio estaba a la base de la policía de Robespierre- propicia la constitución de “tribunales populares” –virtuales esta vez, canalizados vía las “redes sociales”- que más que problematizar la relación entre el deseo y el poder, que sería lo que a mi modo de ver habría que hacer, suelen quedarse en el ámbito de la exigencia del castigo, de la condena y del “asesinato de imagen”. Habría más bien que intentar pensar “más allá del bien y del mal”, aunque esto hoy parezca particularmente difícil, a causa, justamente, de los tribunales populares virtuales.

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