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El blackout informativo en Chile

por 23 mayo, 2018

El blackout informativo en Chile
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No deja de ser llamativo –o más bien desilusionante– que en general la televisión no ofrezca ningún tipo de información al ciudadano medio. Su programación consiste básicamente en entregar un entretenimiento burdo, claramente alineado con la ideología dominante (estigmatización de la pobreza, machismo mal disimulado, mercantilización de las relaciones sociales, etc.). No hay espacios para el debate y el análisis político, la reflexión social o la investigación periodística. Y aunque esto ya sería suficiente para preocuparnos como sociedad, es en los noticieros donde el daño es mayor. En Chile estos, que son el espacio central de cualquier medio de comunicación en el mundo, han dejado completamente de realizar dicho cometido. Es más, parece ser que su principal propósito es desinformar a la ciudadanía, provocando con ello un blackout informativo.

Si se repasa la estructura de los espacios “informativos” por canal nos encontramos, matices más matices menos, con que todos siguen el mismo patrón: exacerbación del suceso delictivo individual (asalto, robo, asesinato), beneplácito con el poder (opinión de autoridad de empresarios, gobierno, expertos, fuerzas armadas), representación positiva de la cultura dominante (minusvaloración de las huelgas laborales, condena de la protesta social, ridiculización de la lucha feminista, culto al consumo), aislacionismo político (no hay sección internacional) y reproducción de los valores tradicionales de dominación (chauvinismo patrio). Todo esto está altamente vinculado al hecho de que la comunicación en Chile es tratada como un negocio, que es controlado directa e indirectamente por el gran empresariado.

Los principales canales de TV ofrecen reportajes complacientes con las diferentes élites del poder, como diría Mills (1957). Un paseo con la Armada de Chile en un ejercicio de guerra en Teletrece, “un día con la primera dama” en el noticiero central de TVN o la boda del príncipe Harry y Meghan Markle en todos los telediarios –en espacios que promedian 20 minutos de duración– no son más que un botón de muestra del buen trato que se da al poder. Rara vez se verá en un noticiero central una crítica profunda o un reportaje de investigación que dé cuenta de los principales problemas del país: el fracaso del sistema privado de pensiones, la inexistencia de una red pública de salud de calidad, una estructura educacional segmentada, desigual y de pésima calidad, un modelo de transporte público que no funciona adecuadamente por ser privado, un sistema bancario sustentado –legalmente– en la usura, etc.  

Los principales canales de TV ofrecen reportajes complacientes con las diferentes élites del poder, como diría Mills (1957). Un paseo con la Armada de Chile en un ejercicio de guerra en Teletrece, “un día con la primera dama” en el noticiero central de TVN o la boda del príncipe Harry y Meghan Markle en todos los telediarios –en espacios que promedian 20 minutos de duración– no son más que un botón de muestra del buen trato que se da al poder. Rara vez se verá en un noticiero central una crítica profunda o un reportaje de investigación que dé cuenta de los principales problemas del país: el fracaso del sistema privado de pensiones, la inexistencia de una red pública de salud de calidad, una estructura educacional segmentada, desigual y de pésima calidad, un modelo de transporte público que no funciona adecuadamente por ser privado, un sistema bancario sustentado –legalmente– en la usura, etc.

Así, lo que presenta la televisión abierta es un relato comunicacional amable con el poder constituido y defensor del statu quo. Se puede decir, recurriendo a la socorrida frase atribuida a George Orwell –periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques, en tanto que todo lo demás son relaciones públicas– que en nuestro país el periodismo está en peligro de extinción.

Ahora bien, el problema se torna mayúsculo si tenemos en cuenta que la televisión sigue siendo el medio preferido de la población chilena para informarse. Según la información del Consejo Nacional de Televisión (CNTV), el 85% de los chilenos y chilenas se informa a través de la televisión abierta. Cerca del 60% confía además en lo que se muestra en pantalla. Una confianza, si se atiende a lo expuesto por Claudio Fuentes (2014) en este mismo medio, que es mucho mayor en los sectores de más bajos ingresos.

Y aunque estemos hablando de la TV, otro tipo de medios (escritos y radiales) tampoco destacan por la calidad, ecuanimidad y pluralidad de la información que difunden. En términos generales, describen la sociedad que la clase dominante quiere que veamos. Una sociedad de buenos y malos, donde quienes representan el rol subordinado –pobres e inmigrantes– tienen asignado el estatus de lo delictivo, lo feo, lo flojo, lo violento. Nos dicen: estos son los malos, el enemigo que destroza nuestros espacios de confort. Lo real es que los supuestos enemigos que nos dibuja el poder neoliberal, no son otra cosa que las víctimas de una estructura social desigual y estigmatizadora que impone el poder económico.    

Si se hiciera un análisis político más fino, este dato de realidad debería estar incorporado al set de causas que, por ejemplo, explican el triunfo de Sebastián Piñera en la última elección presidencial, o la sensación de inseguridad de las personas, o la visión insular que prima en la población respecto al resto del “mundo transfronterizo”.

En definitiva, en Chile el relato televisivo está absolutamente vinculado al poder que tiene una clase social (clase alta) para imponer su sistema simbólico, es decir, la capacidad de inculcar instrumentos de conocimiento y de expresión (taxonomías) arbitrarias (pero ignoradas como tales) de la realidad social (Bourdieu, 2000). Y a pesar de que se soslaye lo evidente con la pretendida idea de que lo que se ve en televisión es lo que el público “reclama”, lo cierto es que, como señalara Thompson, en general los medios de comunicación –incluyendo no sólo los informativos sino todos los géneros y contenidos– amplían considerablemente el alcance de la ideología en las sociedades modernas (véase Giddens, 2000). En este caso, la ideología dominante justifica y legitima el poder simbólico y los intereses de los grupos dominantes en el orden social.

Quizás ya sea momento de plantearnos algunas preguntas acerca de la realidad que creemos conocer a través de los medios. Por ejemplo ¿por qué se recurre tanto a la imagen de la violencia subjetiva y no se menciona nunca la violencia estructural o simbólica que la provoca?; ¿por qué nunca se nos informa que gran parte de la población activa se encuentra empleada en el sector informal y con salarios altamente precarios?; ¿por qué no se habla de la política de alza de precios del oligopólico mercado alimenticio?; ¿por qué no se dice que el “sistema” de transporte público presta un pésimo servicio al sostenerse en criterios de rentabilidad económica y no de rentabilidad social?

En fin, como señala Zizek (2009), “todo lo que vemos, incluyendo lo que debe irritarnos o no, está mediado y sobredeterminado por consideraciones políticas”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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