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Los piropos no nos halagan, a ninguna

por María Alejandra Energici 2 junio, 2018

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En los últimos días ha habido una gran controversia por el primer parte cursado en Las Condes por un piropo. La sanción fue por la frase: “coma más ensalada para que conserve su linda silueta”. Fueron frecuentes los debates en radio y las discusiones en redes sociales; en Twitter circula el hashtag #PiropoNoEsAcoso, usado por los y las defensoras del piropo, y un juez de policía local se burla de la medida con un cartel en Casablanca. El nivel de controversia permite afirmar que algo se aloja en el piropo que provoca tal polémica.

Lo primero que llama la atención del piropo multado, es que halaga la delgadez. Un punto interesante está en la noción de gordura y delgadez en la construcción social: básicamente lo que algunos defienden como alabanza estaría en que “flaca” no resultaría un concepto ofensivo. En este sentido, hay dos motivos por los cuales éste, o cualquier piropo, son incorrectos. La primera es la más obvia y defendida en redes sociales: es un comentario no solicitado sobre el cuerpo. Defensores y defensoras del piropo preguntan en redes sociales, “entonces ¿no puedo decirle a una mujer que es linda?” En ningún caso. Lo que hace un piropo violento, es que lo hace un desconocido en la vía pública. En ese escenario hacer un comentario a una mujer sobre su cuerpo es acoso porque no lo ha consentido de ninguna forma (por consentir me refiero a que no lo ha pedido o autorizado). Cuando esos comentarios son sexualizados, son aún peores.

Parte de la defensa del piropo multado es que no era de carácter sexualizado, que es hasta ‘elegante’ o ‘creativo’ (la picardía del chileno, defienden algunos). Y acá viene el segundo motivo de por qué este piropo es incorrecto: sigue poniendo en primer plano el cuerpo de la mujer, o más bien, a la mujer con su cuerpo. Tradicionalmente el género femenino lo hemos entendido como una metonimia del yo de su cuerpo, eso no es otra cosa que decir que una mujer es sólo su cuerpo. Su cuerpo expresa la calidad moral, psicológica y valía de su ser. Así, los estudios muestran que las mujeres bonitas son consideradas como mejores personas, más exitosas, sanas y felices. Lo más triste es que tienden a serlo, porque las mujeres atractivas son constantemente privilegiadas, mientras que las menos atractivas son sistemáticamente discriminadas.

El atractivo es un elemento importante en la movilidad social de una mujer, pues en el largo plazo las mujeres bonitas son más contratadas, promovidas y obtienen ingresos más altos y, también tienen una situación financiera más estable al acceder, a través del matrimonio, a hombres con más educación e ingresos. Entonces, socialmente, una mujer es su apariencia o se le juzga moral o psicológicamente, exclusivamente por su cuerpo, ahí radica su valor. En este contexto se puede comprender la defensa férrea de algunas mujeres al piropo, pues si hemos sido criadas para ser seres lindos y contemplados, el piropo nos parece un logro: esa belleza ha sido reconocida, validada por otro. Entonces, autoriza al piropo como algo socialmente deseable, valida esa comprensión de lo femenino: que las mujeres tenemos que ser lindas y que nos tienen que halagar por ello.
El piropo es una práctica social hasta hace muy poco aceptada, que reproduce esta idea tan limitante de lo femenino: como algo que debe ser lindo. Es una práctica que sitúa públicamente (porque se hace en la calle) a la mujer a su apariencia, le recuerda que ésta debe preocuparle y que debe sentirse homenajeada de que le digan que es bella o atractiva. Ciertamente no es la única práctica que reproduce la noción de que la mujer es y se debe a su apariencia, pero por alguna hay que empezar.

Creo que estamos en momento de avanzar a nociones de lo femenino donde podamos ser socialmente reconocidas por más que nuestros cuerpos, a ser valoradas socialmente como seres pensantes, como voces relevantes para la ciencia, la política o la empresa. Erradicar el piropo, o dicho en términos correctos, el acoso callejero, es un avance a dejar de limitar a la mujer a su apariencia. El piropo no nos halaga, a ninguna, ni siquiera el piropo más elegante o poético, pues sigue reproduciendo la idea de que nos debemos a cómo nos vemos.

María Alejandra Energici
Académica Facultad de Psicología
Universidad Alberto Hurtado

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