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Usach ante el cambio y la democracia creativa

por 17 junio, 2018

Usach ante el cambio y la democracia creativa
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El homo academicus, conversaba hace un par de días con un intelectual de la Universidad de Chile, es bastante especial –muy especial- cuando se ve confrontado con procesos de democratización institucional que implican como en el caso de mi universidad, la Universidad de Santiago, el advenimiento de dinámicas de crecimiento, mejoría y cambios.

El homo academicus es en estos casos paradojal. ¿De qué habla cuando tiene en frente la tarea de elegir un nuevo rector para un nuevo tiempo institucional?; ¿qué es lo que dice cuando descubre que nada de lo que conoce como gobierno y como cultura de liderazgo puede hacerle frente a los nuevos cambios culturales que emergen?

Bueno, uno cae en la cuenta, rápidamente, en algo que ya La Boétie demostró hace muchísimo rato, a saber, que la monarquía absoluta y el poder arbitrario reposan sobre una mentalidad cómplice, la súper estudiada “servidumbre voluntaria”. Esa servidumbre que hasta el propio Rousseau reconoció como una especie de “segunda naturaleza”. O que Montesquieu siguiendo este aire de familia –y ni corto ni perezoso- llamó “dominio de aplicación ”, es decir esa dimensión (¿humana? ¿social? ¿cultural?) casi necesaria que toda ley requiere para llegar a ser legítima y eficaz, antes, ese es el punto, de la realización siquiera de una pregunta molesta.

Cultura institucional, cultura organizacional, costumbre. Llámesele como quiera, siempre tendrá buenas razones para imponerse como un aparente “deber ser”. Ahí lo cómplice y lo voluntario. Ahí la ausencia de autonomía y democracia. Esa mentalidad voluntaria de servidumbre que el homo academicus ve críticamente en él mismo, puede incluso llegar a inventar fantasmas a la hora de negarse al advenimiento de un nuevo proceso democrático, que implica el recambio de equipos de liderazgo y gestión. Fantasmas por el miedo o fantasmas por la incertidumbre. Fantasmas de su propia identidad o fantasmas extra-institucionales: la idea por ejemplo de que necesitamos en la Usach un “rector que le pegue a Piñera”. Un rector-alfa… o como le escuché a una académica, la idea de “otro rector más para el Cruch de Toby”. Notable. Fina. Inteligente.

La mentalidad autoritaria y totalitaria si demuestra algo es precisamente esto, pensaba John Dewey: que la democracia es irreductible a un simple régimen. Las condiciones democráticas no se mantienen por ellas mismas, automáticamente. Menos, podemos confundirlas con el entramado de prescripciones inscritas en una normativa orgánica o constitucional. Una institución será por lo tanto democrática, no si posee en primer lugar un entramado reglamentario, sino sobre todo si las prácticas en su interior refuerzan el compromiso con los valores de fondo que dicen asumir. La desidia del hábito democrático y el mañoso uso de las prescripciones democráticas explican de modo pragmático todos los totalitarismos y todos los autoritarismos.

Ya lo he dicho. La institucionalidad de las rectorías y del gobierno de las universidades vive una crisis. Si quieren crecer y no anquilosarse, añejarse o avinagrarse, si quieren crecer al ritmo de la cultura y la sociedad chilena, necesitan de un cambio. El punto es que sólo el homo academicus puede en este momento exigirlo, y al mismo tiempo, producirlo.

Es un problema de fondo.

Digámoslo así… la editorial Gallimard acaba de publicar este año en Francia una colección de escritos políticos de John Dewey. No es casual. Así como se volvieron a publicar, después de la nueva baraja de presidentes de las grandes potencias, las obras de Orwell, así mismo, John Dewey emerge como una forma de pensamiento democrático que las dos guerras mundiales así como la guerra fría, no hicieron más que solapar, soslayar y hasta ignorar. Emerge con fuerza, después de periodos en los que la brújula democrática se extravía, la necesidad de re-pensar el sentido perdido, el valor ignorado, o la mala práctica adquirida sólo por costumbre. Y actuar inteligentemente en coincidencia. Dewey era de la idea de transformar la democracia en cultura, en forma de vida personal. Lo contrario a esto para él fue el nazismo, en cuanto el más puro resultado de una mentalidad monista y antipluralista.

La mentalidad autoritaria y totalitaria si demuestra algo es precisamente esto, pensaba John Dewey: que la democracia es irreductible a un simple régimen. Las condiciones democráticas no se mantienen por ellas mismas, automáticamente. Menos, podemos confundirlas con el entramado de prescripciones inscritas en una normativa orgánica o constitucional. Una institución será por lo tanto democrática, no si posee en primer lugar un entramado reglamentario, sino sobre todo si las prácticas en su interior refuerzan el compromiso con los valores de fondo que dicen asumir. La desidia del hábito democrático y el mañoso uso de las prescripciones democráticas explican de modo pragmático todos los totalitarismos y todos los autoritarismos.

En Democracy and educational administration Dewey decía “…a menos que los hábitos democráticos de pensamiento y acción no sean parte de la fibra de un pueblo, la democracia política no estará nunca segura. Ella debe ser fundamentada por la presencia de métodos democráticos en todas las relaciones sociales”.

Se entiende así de mejor manera los desafíos que implican las ideas de Dewey sobre una “democracia radical” y sobre una “democracia creativa”. Es el desafío que implica una profesión de fe. Hay que deshacerse de la idea de que la democracia es una cosa institucional o exterior. Es necesario adquirir el hábito de considerarla como un modo de vida personal (léase Creative democracy: the task before us).

La Universidad de Santiago está hoy emplazada y siente el advenimiento de un cambio y de un renovado proceso de democracia creativa. El homo academicus “usachino” debe elegir muy pronto un nuevo gobierno de rectoría. El reemplazo de los actuales equipos de gestión daría nuevos aires, y por supuesto, nuevos bríos a las tareas que advienen, pero sin duda a la más primordial de todas, la de asumir el desafío de instalar la renovación de una cultura democrática, pero entendiendo por ello, creo, la democracia radical de la democracia creativa propuesta por Dewey.

La Usach ya ha tenido la experiencia de regularse democráticamente – y muy paradójicamente- mediante un estatuto antidemocrático. Hoy adviene el cambio y la proyección de una nueva cultura democrática, por cierto, más radical y más creativa. Lo que le queda al homo academicus es asumir su protagonismo en el secreto y libre acto del voto.

La Usach ante el cambio y la democracia creativa, tiene todo por crecer… y por supuesto, puede.

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