domingo, 15 de septiembre de 2019 Actualizado a las 07:43

Opinión

Autor Imagen

La violencia e hipocresía patriarcal develadas por las feministas

por 22 junio, 2018

La violencia e hipocresía patriarcal develadas por las feministas
  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

Consciente que los temas de acoso, abuso y agresión sexual son formas de violencia. Y más allá de los slogans, hoy la sociedad chilena, nos demanda reflexionar sobre la cultura que permite que estas formas
de violencia queden invisibilizadas. Aunque el tema es complejo de abordar me centraré en cómo la historia de la cultura patriarcal europea no sólo definió la relación hombre/mujer sino que todo tipo de violencia normalizadora que busca legitimarse socialmente. Temas ineludibles para poner en contexto el proceso feminista en nuestro país.

Los orígenes del patriarcado

Haciendo una arqueología de las ideas es posible rastrear dos nociones fundamentales en la génesis de la cultura patriarcal que son: la propiedad y la familia. La noción de propiedad surge cuando las tribus
nómadas, alrededor de 10.000 atrás, se asentaron y comenzaron a mantener una forma de vida basada en el sometimiento y la exclusión.

De esa época surge la apropiación de la tierra y de sus productos en el mundo natural. En el mundo humano la exclusión vino aparejada primero del sometimiento del patriarca sobre las mujeres y sus familias para luego crecer su esfera de influencia sobre la tribu, el pueblo hasta el imperio.

De hecho, la palabra “familia” se deriva del latín famulus que significa “sirviente” o “esclavo”. Para que haya esclavitud, de alguna especie, es preciso condiciones de sumisión tácitas impuestas por el dominador y aceptadas por el dominado. Por cierto, los contratos más difíciles de romper están basados en el temor a las represalias. Es sí como, en los inicios del patriarcado, la mujer canjea la protección y el sustento del macho a cambio de su sumisión. Pero, ¿qué alternativa tenía la mujer en esos tiempos? Ninguna. O ella obedecía o bien moría de hambre, frío o humillación.

Hay dos formas de proceder en este tema de la violencia patriarcal: o la conservamos o la cambiamos. Si nos resignamos a que las cosas queden tal como están seremos acusados de conservadores. Esta es la opción más fácil de seguir; porque es cuestión de refugiandonos en el status quo; “para qué te vas a hacer problemas”. Alternativamente, si nos empeñamos en la comprensión del fenómeno, lo primero que se nos viene a la mente es el cambio de las estructuras sociales y sus marcos legales. La ingenuidad ha sido pensar de que si se cambia las leyes las personas cambiarán; lamentablemente; eso, en la mayoría de los casos, no se cumple. Ninguna revolución pacífica e importante sucederá en el mundo sin un cambio liderado por personas que hacen ambas cosas: se mueven por un cambio exterior pero no olvidan el cambio de su mundo interno. El resto es solo retórica legitimadora de nuestra zona cómoda, nada más. Comparto la visión de Margaret Mead que solía decir: "Nunca dudes que un pequeño grupo de ciudadanos pensantes y comprometidos pueden cambiar el mundo. De hecho, son los únicos que lo han logrado".

Miedo y violencia son la dupla inseparable del patriarcado. El eufemismo que sigue es simple de enunciar “el esclavo no es violentado es solo disciplinado para que siga las reglas”. Actualmente, en el mundo contemporáneo, la palabra “violencia” no goza de buena reputación. El patriarcado requería, y lo hace aún, de la violencia con el fin de preservar su existencia y para ello se ampara en relatos justificadores de su poder. Dios, la patria o el mercado. No importa. Todos son relatos para mantener “el gran orden”. Es importante si resaltar que no hay nada de malo en creer en Dios, la patria o el mercado. Lo profundamente ilegítimo es imponer una visión trascendental de mundo para exigir y vigilar que los otros se sometan a ella; sino, castigo. Pero, me pregunto ¿con qué derecho lo hacen?

Más allá de la creencia popular de que la violencia y los abusos siempre han existido en la especie humana. Hoy tenemos evidencia arqueológica sólida que eso no siempre ha sido así. Al menos 20.000 años atrás hubo culturas matrísticas donde las asimetrías de roles y derechos entre hombres y mujeres prácticamente no existían. Ahora, si esto fue así ¿como se explica la ubicuidad del patriarcado? La respuesta es la violencia otra vez: el patriarcado fue impulsado y forjado por medio de la barbarie y sometimiento de los pueblos conquistadores sobre los pueblos con culturas diferentes.

Desmitificando el tema, ser patriarcal no es una condición biológica y universal del dominio del macho sobre la hembra de la especie o sobre los otros en general; es más bien una cultura expresada en una lógica relacional de dominación, apropiación y violencia la cual ha sido legitimada y reproducida transparentemente por generaciones de generaciones tanto por hombres como por mujeres.

La violencia e hipocresía patriarcal

La violencia y el sometimiento actúa como trasfondo de la misma cultura en la cual vivimos y lo peor es que no nos damos cuenta de cómo ella impregna nuestro diario vivir. De hecho, vivimos en una cultura violenta que legitima la agresión y propicia la hipocresía. Una cosa es lo que el hipócrita públicamente declara, revestido de sacralidad o legalidad, y otra cosa es lo que hace y siente en la esfera de lo privado. Así es que nacen las cofradías de poderes fácticos o legales que protegen a sus miembros de la visión pública de sus abusos. Esto no es más que tipos de violencias encubiertas en discursos trascendentales justificando la exclusión y el sometimiento.

Entender el fenómeno del patriarcado es entender de manera definitiva que existen agrupaciones encubiertas que muchas veces, en su “envase legal”, amparan sus abusos, por medio de la fuerza bruta o los discursos. En el presente cercano tenemos numerosos ejemplos de esto y que afortunadamente hoy en día se están haciendo visibles a la luz pública por medio de las demandas feministas.

Quiero insistir que la violencia sexual existe porque existen cofradías o asociaciones ilícitas que invisibilizan este tipo de abusos. Pero hay más instancias de violencia y falta de transparencia en otros dominios. Por ejemplo, algunos grupos económicos han actuado como oligopolios coludiéndose para subir precios de productos y servicios a todos los chilenos: el papel higiénico, medicamentos, pollos y quién sabe cuánto más. Otra instancia de violencia la ejercen cofradías de privados que maximizan sus exuberantes utilidades a costa del abuso legal de todos nosotros: AFPs, Isapres, Bancos, Tags, etc. En estos hechos, el discurso de la libre competencia es engañoso y flagrantemente violado.

Sin embargo, esta mentira opera y seguirá operando en la cultura hasta que tomemos conciencia y develemos los hilos ocultos del poder económico y su relación con la política. En definitiva, abuso, abuso y
más abuso. Incluso de parte de aquellos que nos dicen defender y por quienes hemos votado en las elecciones.

Las demandas feministas invisibilizadas

Si nos fijamos bien, los carteles en la marcha feminista estudiantil multitudinaria del 16 de mayo 2018 exigían protección de las víctimas, una educación no sexista y fin a las mecánicas de complicidad que
aparecen por doquier. Estas reivindicaciones feministas responden a una legítima ira contenida en la historia de violencia sexual que han quedado sin castigo. Era cuestión de tiempo para que las víctimas de abusos sexuales comenzarán a sacar su voz frente a esta injusticia para transmutar su miedo en conciencia y su conciencia en acción.

Traer a la luz la verdad, entendida como desocultar lo opaco e encubierto, choca con el hermetismo y la hipocresía de los encubridores. A contra partida, los movimientos sociales se incuban cuando la impotencia y el miedo a las represalias no son lo suficientemente fuertes para detener el estallido de la indignación organizada.

No hay duda que las cofradías son agrupaciones ilícitas de personas. Es más, son hipócritas y cobardes que buscan perpetuar sus privilegios aprovechando las condiciones de vulnerabilidad de sus abusados. Así se impone el imperio de la impunidad donde el agresor se sabe y se siente protegido bajo el manto cómodo del statu quo y la red de complicidades de la cual obviamente él es parte.

La brecha cultural de fondo

La cuestión femenina es un tema ético-sistémico-cultural que debemos resolver como sociedad. La pregunta obvia es ¿cómo? ¿por dónde empezar? Aún no lo sabemos. Lo único claro es que se requiere desbaratar las bases mismas del patriciado que constituyen la sociedad tal como la conocemos hoy. El propósito deseado es la erradicación de todo tipo de violencia legalizada, abierta o encubierta en la sociedad.
Queremos transitar desde sociedades patriarcales, abusivas e hipócritas a sociedades donde se viva auténticamente los valores democráticos de no-violencia, equidad, diversidad y respeto.

La tarea societal importante es de largo aliento y requiere ir a lo cotidiano para hacer consciente lo que antes pasábamos por alto. Requerimos tomar conciencia de los hábitos que perpetúan el estado de
las cosas. Hombres eviten estos hábitos: desnudar a las damas con sus miradas, hacer comentarios denigrantes hacia ellas, hacer chistes machistas, dejar abajo la tapa del excusado al orinar, entre otros largos etcétera. Mujeres fíjense en cómo critican a otras mujeres que son laboralmente exitosas, cómo aceptan conductas sexuales de su pareja que ustedes mismas consideran denigrantes, cómo es que no cuestionan que el único destino como mujer sea ser madre. Padres, no les digan a sus hijos “mientras vivas en esta casa harás los que yo te ordene”. Madres, no normalice a sus hijas diciéndoles “siéntese como niñita”. Ahora, qué es todo esto ¿hipocresía o ceguera? Depende si es intencional o es inconsciente. El dilema es el siguiente: ¿cómo pasados a la conciencia?.

Hay esperanza ciudadanos

La mantención del status quo de la cultura concomita con ciertos tipos de ceguera de las personas de la calle discriminando sin saberlo. Fueron necesarios cuatro décadas desde 1978 hasta ahora para que la Teletón sensibiliza a la opinión pública sobre la discriminación de un sector de chilenos con discapacidad motora. Se cambia el discurso del inválido por el del discapacitado. Esto no es casual, el lenguaje construye realidad. Pero, lo novedoso es que ahora estas nuevas realidades se pueden impulsar en menos de una década y sin violencia. De hecho, eso ya sucedió en el tema de la educación; entre tres hitos: 2003, 2006 y 2011. Para mediados del 2011 el movimiento sobre la radicalmente la opinión de gran parte de los chilenos; de hecho, apareció un nuevo lenguaje. Se pasó desde un discurso dominante
sobre “la educación como una mercancía” a una “educación como un derecho social”.

Me pregunto ¿Cuál fue la diferencia en las escalas de tiempo? Estos son siempre temas complejos de analizar, pero noto que hasta el siglo pasado la voz de la opinión pública estaba centralizada en los medios de comunicación de masa. Hoy, en cambio, tenemos internet y las redes sociales que ayudan a catalizar mucho mejor y más rápido el descontento fuera de cualquier control central. En consecuencia, de estos hechos, ahora podemos ver e impulsar cambios sociales ya no a lo largo de generaciones ni décadas como sucedió en el pasado. Hoy evidencia mundial ahora bastan unos pocos años para que cambie el imaginario colectivo sobre temas éticos-culturales. Ahora como sociedad tenemos la opción histórica de elegir entre seguir viviendo desde la exigencia y el sometimiento justificados por principios trascendentales o vivir en base al respeto de la legitimidad del otro en la convivencia. Eso requiere hacerse cargo de un terreno de interpelación ética y profunda del mundo privado de las personas. La sociedad refleja nuestra psique. Y la psique refleja la sociedad. El error en el pasado ha sido creer que ambas esferas estaban divorciadas. Con esa creencia comienza el reino de la disociación entre lo que pensamos, sentimos y hacemos públicamente. De nuevo, la hipocresía. Pero también hay que reconocer que mucha gente es ciega a la herencia naturalizada de
nuestra cultura patriarcal. En última instancia y desde cierta perspectiva el patriarcado somos nosotros mismos.

Reflexiones finales

Hay dos formas de proceder en este tema de la violencia patriarcal: o la conservamos o la cambiamos. Si nos resignamos a que las cosas queden tal como están seremos acusados de conservadores. Esta es la opción más fácil de seguir; porque es cuestión de refugiandonos en el status quo; “para qué te vas a hacer problemas”. Alternativamente, si nos empeñamos en la comprensión del fenómeno, lo primero que se nos viene a la mente es el cambio de las estructuras sociales y sus marcos legales. La ingenuidad ha sido pensar de que si se cambia las leyes las personas cambiarán; lamentablemente; eso, en la mayoría de los casos, no se cumple. Ninguna revolución pacífica e importante sucederá en el mundo sin un cambio liderado por personas que hacen ambas cosas: se mueven por un cambio exterior pero no olvidan el cambio de su mundo interno. El resto es solo retórica legitimadora de nuestra zona cómoda, nada más. Comparto la visión de Margaret Mead que solía decir: "Nunca dudes que un pequeño grupo de ciudadanos pensantes y comprometidos pueden cambiar el mundo. De hecho, son los únicos que lo han logrado".

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV