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Asalto a los Derechos humanos: un violación sistémica y naturalizada

por 5 julio, 2018

Asalto a los Derechos humanos: un violación sistémica y naturalizada
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Trump separa padres de hijos, por entrar con su piel morena y bolsillos vacíos desde el sur al sueño americano; a vista y paciencia de los organismos internacionales que, desde sus escritorios, se muestran moderadamente escandalizados. Imputados ecuatorianos por el asesinato de una mujer chilena son torturados en una cárcel de Santiago bajo la mirada de un gendarme, recibiendo la ovación de opinólogos y políticos apologistas del ojo por ojo. En Antofagasta, el cáncer se nos mete en la piel a niños, adultos y ancianos; mientras las autoridades continúan desfilando frente al puerto, ignorando la creciente evidencia científica.

Estos hechos, aparentemente distintos y territorialmente separados, esconden una constante: la violación sistemática y naturalizada de los derechos humanos. Trump, caricatura del déspota moderno, deshumaniza de la misma manera que tantos otros en el poder han deshumanizado y luego exterminado. En Chile no nos quedamos atrás. Como copia feliz del edén norteamericano, los derechos humanos se han violado incluso en democracia. Basta recordar el balazo en la cabeza que recibió el joven mapuche Alex Lemún el 2002 por parte de carabineros de Chile, hecho recientemente reconocido por el estado chileno, para enmarcar lo macabro del contexto. El tema es tan grave, que las Naciones Unidas presenta 32 preocupaciones y observaciones sobre violaciones a derechos humanos en Chile este año. Habrá que esperar cómo quedamos en los rankings mundiales, cuando se socialice el reciente indulto del presidente Piñera a un asesino y terrorista de estado, algo nunca antes ocurrido en la historia de Chile.

Así, en este mundo donde nuestros derechos fundamentales están continuamente boicoteados, es crucial transformar la molestia en protesta. Hoy no estar indignado es no prestar atención. Por tanto, denunciar, protestar y testificar ante cada violación de nuestros derechos humanos, minúsculos y mayores, es un acto revolucionario y trascendental. Menos que eso implica pasivamente aceptar la deshumanización progresiva de la cual ya somos parte. La pasividad, por tentadora que sea, conlleva olvido y luego indiferencia, objetivo final de todo violador de derechos humanos. Ya lo advertía Orwell, “lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano”, lo que implica la defensa implacable del asalto continuo a nuestros derechos humanos. Las trincheras nos esperan, ¿aceptaremos el llamado?

Localmente, también somos violentados, de manera invisible pero no menos letal.  Como ejemplo, recientemente dos investigaciones científicas y una columna publicada en un medio nacional, plantean que la sentencia de muerte a cientos de Antofagastinos causada por la intoxicación por metales tiene su origen en el puerto de la ciudad, ubicado en su centro. No obstante, el gerente del puerto fue rápido en defender los intereses del grupo Luksic y desestimar estos estudios públicamente, clasificándolos de poco serios y sesgados. Lamentable que no haya sido igual de veloz para subsanar la grave contaminación por emisión de polvo con metales el 2016, cuando el puerto fue multado por cerca de $850 millones de pesos por cinco causales.

Así, en este mundo donde nuestros derechos fundamentales están continuamente boicoteados, es crucial transformar la molestia en protesta. Hoy no estar indignado es no prestar atención. Por tanto, denunciar, protestar y testificar ante cada violación de nuestros derechos humanos, minúsculos y mayores, es un acto revolucionario y trascendental. Menos que eso implica pasivamente aceptar la deshumanización progresiva de la cual ya somos parte. La pasividad, por tentadora que sea, conlleva olvido y luego indiferencia, objetivo final de todo violador de derechos humanos. Ya lo advertía Orwell, “lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano”, lo que implica la defensa implacable del asalto continuo a nuestros derechos humanos. Las trincheras nos esperan, ¿aceptaremos el llamado?

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