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Manipulación como cultura o la producción (psico)política de la sociedad chilena

por 7 agosto, 2018

Manipulación como cultura o la producción (psico)política de la sociedad chilena
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La medición psicológica ha terminado generando modelos o tipos de personas, sujetos, radiografía de partes sociales, estrategia transversal de la forma de llegar a esas personas consumidoras.

Se ha definido, un proceso paso a paso, para identificar, el campo de las identidades para esas personas, y desde ahí, se han creado los mensajes para ese tipo de necesidades, simple, fácil, sin pensar, o pensando lo que la pauta indica, una captura del sentido y de su significado, posicionamiento en la mente del consumidor para la sociedad de mercado.

La “jaula” no sólo sería social y política, sino también y de manera fundamental, sería “psicopolítica”, el individualismo cultural sería el campo psíquico, el “empresario” como proyecto cultural, es el discurso del entrenamiento, el espíritu.

[ cita tipo="destaque"]La inteligencia tecnológica termina por definir las rutas de los significados para las personas, se cumple un adagio positivista, de controlar socialmente, a este sujeto rebelde, que había desafiado la hegemonía del control, y había movido las aguas socialmente. Los llamados actores históricos, las luchas sociales, terminan en un derrotero de control neoliberal, tensionado por las luchas por el reconocimiento.[/cita]

La inteligencia tecnológica termina por definir las rutas de los significados para las personas, se cumple un adagio positivista, de controlar socialmente, a este sujeto rebelde, que había desafiado la hegemonía del control, y había movido las aguas socialmente. Los llamados actores históricos, las luchas sociales, terminan en un derrotero de control neoliberal, tensionado por las luchas por el reconocimiento.

Mayol da por muerte al modelo, y uno mira un modelo tan sólido en las ganancias, la jurisprudencia a su favor, donde la tecnología de los regalos regulatorios ha terminado por edificar un hormigón armado de negocios lucrativos, una geografía urbana, y humana que se mueven en torno a la sociedad de consumo.

Control de tiempo y del espacio por la orden de la especulación del mercado, un tiempo presente continuo, y un espacio privatizado, y rentabilizado, con poco espacio público, y mucha financiarización. La crisis de sobreproducción del capital, es la necesidad del “sobreconsumo” y su correlativo impacto en la destrucción progresiva del medio ambiente.

Un espacio simbólico de los bienes y servicios de la sociedad programada, la sociedad feliz, donde nadie querría tomar una pastilla para despertar a una realidad distinta.

Es necesario saber que la individualidad elige sobre un cuadro de opciones bien cerradas, podrían las personas funcionar sin dinero, los márgenes son reducidos. Un control fetichista, que deviene en una conciencia moral del dinero, como sacrificio para el bien vivir.

Como derivada se manifiesta, un arribismo conductual oportunista, que busca la oportunidad como negación de los otros, con la supremacía del yo, siempre primara el ganar para sí. La megalomanía, el egocentrismo, el personalismo, son enfermedades de la individuación, enfermedades de la soledad.

La medición psicológica y las decisiones comunicacionales de la publicidad, y las acciones territoriales del marketing, son una articulación, una unidad estratégica incuestionable que controla desde el mercado de la política, hasta el mercado de los bienes y servicios.

Su modelo de marcas y franquicias permite crear mercados en todas partes, es un modelo para armar y globalizar. La globalización ha licuado las identidades del trabajo, ha masificado una transformación de lo social, impreso en un reduccionismo positivista.

La individuación de la sociedad ha sido el mecanismo, el arquetipo del “individualismo” no sólo como método, sino como filosofía, como sistema de pensamiento, como arquitectura de lo social.

Thacher decía que primero era la economía, pero el fondo era cambiar el alma, la gran gestora política apuntalo la política de la derecha y su hegemonía en el presente inicio del siglo XXI. Popper aportó una no menor concepción de la realidad, junto a Hayek fue el gestor y pensador político filosófico del neoliberalismo.

Este es un sistema global, cuya cultura ha caracterizado a un sujeto particular propio de su construcción, lo ha moldeado en el rito del consumo, en la extensión de los medios de comunicación, en la estructuración global y simbólica de los mercados, lo ha lenguajeado, y lo ha recreado.

Un sujeto que valora las posesiones que el sistema le ha brindado a través del mercado, la casa o departamento en una villa, fruto del boom inmobiliario que ha transformado la ciudad. Tiene un corazón metálico en su automóvil, que es una joyita, su joyita por la que trabajo duro, cancelando mes a mes la “deuda” y su gobierno, el gobierno de la deuda de los chilenos.

Tiene un plasma digital que cristaliza sus anhelos en los colores de los productos y servicios, las historias y las modas de la industria cultural, un lenguaje del sedentarismo urbano.

La televisión es una institución moral, es un alma plana en tiempo real, en 3D, tienes tecnologías y modos ultramodernos que modernizan la modernización, es el gran relato de la tecnología. El cambio constante, la cristalización de lo real casi en lo virtual. La sociedad de la imagen, donde la sed es nada.

Un disciplinamiento eficiente que obliga a programar y cuidar, el sacrificio es el don de un chileno conducido por un miedo social a “perder la pega”, porque desde las crisis de cesantía de los ochenta, que el neoliberalismo ha impuesto un modelo que funciona con una exclusión estructural, el “emprendimiento” precario es una escondida cultural de la cesantía, como fenómeno de exclusión.

El endeudamiento en la sociedad chilena termina siendo una condición económica, social, cultural, y política, porque al final gobiernan los actores más fuertes, con sus intereses abultados, y perduraderos. La deuda de los hogares chilenos alcanza un máximo histórico y llega al 70% de sus ingresos (Emol, 2018). En un sistema que promueve la propiedad privada vaya paradoja, los chilenos son dueños de muy poco, porque todo lo deben.

Las luces comerciales de los malls son los focos de una escena social y cultural que describe muchas expectativas, muchos deseos. Unas máquinas deseantes como un producto estratégico de la industria de la entretención, la intensa transparencia de un curriculum oculto, aquella idea brillante de la alineación encontró un símbolo global.

La “obsesión” por los deseos es parte espiritual de los mercados, es la pornografía de lo vivo, el deseo como lengua, como cultura.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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