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La alegría del “No” y la revuelta de la libertad

por 4 octubre, 2018

La alegría del “No” y la revuelta de la libertad
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Octavio Paz, legendario escritor mexicano y Premio Nobel de Literatura, dijo alguna vez que los grandes trastornos y conmociones del siglo XX le hicieron llegar a la conclusión de que hay que distinguir entre revolución, rebelión y revuelta.

A este respecto, Paz sostuvo: “Las revoluciones [...] significan el cambio violento y definitivo de un sistema por otro. [...] Las rebeliones son actos de grupos e individuos marginales: el rebelde no quiere cambiar el orden, como el revolucionario, sino destronar al tirano. Las revueltas [...] son levantamientos populares contra un sistema reputado injusto y que se proponen restaurar el tiempo original, el momento inaugural del pacto entre los iguales”.

En Chile, la lucha civil, tanto pacífica como insurreccional, en contra de la dictadura militar en los 80s, claramente no tuvo una aspiración revolucionaria. No se propuso cambiar el sistema capitalista, o al menos no planteó una alternativa para cambiarlo definitivamente.

Y por más que la opción subversiva, representada por los grupos armados de oposición, pregonara una ideología revolucionaria, lo cierto es que en la práctica no fue más que una simple rebelión armada con el mero propósito de derrocar al dictador.

En cambio, la alternativa pacífica, representada por la gran mayoría de los partidos políticos y movimientos sociales opositores a la dictadura, no se propuso únicamente la derrota del tirano, sino algo más: Restaurar el régimen de elecciones libres, que existía en Chile con anterioridad al sanguinario Golpe militar de 1973.

El proceso de lucha pacífica por la recuperación de la democracia, consagrada en la campaña por el “No” en el plebiscito de 1988, debe ser interpretado como una auténtica revuelta. Y su triunfo electoral como la única posibilidad real que esa revuelta tuvo, en aquel entonces, para que se reabrieran las puertas de ese pacto entre los iguales llamado régimen democrático, con elecciones libres y alternancia en el poder.

Es por ello que el proceso de lucha pacífica por la recuperación de la democracia, consagrada en la campaña por el “No” en el plebiscito de 1988, debe ser interpretado como una auténtica revuelta. Y su triunfo electoral como la única posibilidad real que esa revuelta tuvo, en aquel entonces, para que se reabrieran las puertas de ese pacto entre los iguales llamado régimen democrático, con elecciones libres y alternancia en el poder.

“La derrota del candidato oficial –como sostiene el politólogo Carlos Huneeus- significaba el fracaso de la regulación sucesoria y el rechazo al orden político establecido en la Constitución, por su estrecha identificación con el general Pinochet".

No debemos olvidar que el dictador y sus colaboradores civiles jamás previeron una posible derrota. Al igual que en 1980, asumían que esta consulta popular era un simple acto de ratificación de su “proyecto fundacional” anunciado en el acto fascista del cerro Chacarillas en 1977.

Por ello, nada más injusto que subestimar al triunfo del “No” como una promesa incumplida, o peor aún, como una “victoria pírrica”. Porque fue gracias a ese triunfo, a la apertura de esas mínimas condiciones de democracia formal, que la dictadura perdió toda posibilidad de concretar su “regulación sucesoria”, establecida en el texto original de la Constitución de 1980, impuesta a través de un fraude electoral.

Y aunque la democracia no se agote únicamente en el sufragio universal, sino que también implica respeto y protección de las libertades civiles y de los derechos humanos, la campaña del “No” tampoco prometió más que la libertad del pueblo para elegir a sus gobernantes, como efectivamente ocurrió catorce meses después.

Decir, como sostiene Jorge Baradit en su último libro, que para quienes vivimos toda una vida consciente en dictadura “la democracia era una utopía como lo fue la revolución para la generación anterior”, es un juicio apresurado.

Los problemas pendientes en materia de democratización de las instituciones políticas, de verdad y justicia ante las violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura, y de cambios sociales hacia una mayor igualdad en las condiciones de vida de las personas, de ningún modo pueden atribuirse a la promesa de alegría anunciada por la campaña del “No”, sino a las promesas de la clase política civil que comenzó a gobernar y legislar a partir de 1990.

La alegría que anunció el triunfo del “No” fue la revuelta de la libertad política, esa libertad que Albert Camus describió como “el principio mismo de nuestro pensamiento, el aire del cual no podemos prescindir, que respiramos sin darnos cuenta, hasta el momento en que privados de aire, nos sentimos morir”.

En consecuencia, el triunfo del “No” fue la alegría de volver a respirar. Porque tal como dijo este célebre escritor de la Francia liberada, “la libertad no es un regalo que se recibe de un Estado o de un jefe, sino un bien que se conquista cada día, con el esfuerzo de cada cual y la unión de todos”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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