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Por una apuesta anti neoliberal

por 6 octubre, 2018

Por una apuesta anti neoliberal
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Desde la izquierda chilena, no parece visualizarse algún proyecto de desarrollo que difiera del Consenso de Washington. No existen desde ella, -pero tampoco desde otro espacio alternativo- propuestas que cuestionen los pilares centrales de la forma de acumulación de capital que caracteriza el modelo neoliberal chileno, es decir:

1) El extractivismo basado en la explotación intensiva de los recursos naturales que aún son de propiedad común (mares, ríos, bosques, glaciares, recursos mineros) o bien los privatizados o concesionados.
2) La expoliación de las Pymes y los nuevos emprendimientos de pequeña escala a manos de los bancos y oligopolios que cada día concentran y estrangulan más sólidamente a los mercados.
3) La captura oligárquica del circuito de ahorro-inversión, hoy controlado por las AFP, el cual financia los procesos de concentración económica.

Desde la otra ala, las reivindicaciones carentes de foco económico y que por ende no cuestionan, más allá del plano discursivo, los pilares del modelo neoliberal, están empujando a la izquierda cultural hacia reivindicaciones que, al separarse de los procesos económicos que hacen posible la realidad social que se desea modificar, no entorpecen la reproducción del modelo, sino al contrario la fortalecen.

Los intentos de captura desde la derecha de diversas reivindicaciones sociales y culturales, muestran que incluso las alas conservadoras del neoliberalismo bien pueden hacer suyo discursivamente un programa que capture esas reivindicaciones. Después de todo eso ya fue realizado, por la Nueva Mayoría con los principales temas de ruptura con el modelo, que desde 2009 venían capturando el imaginario político de las izquierdas chilenas (como la Constituyente por ej.) y que sin mucho esfuerzo fueron desmantelados desde el Estado.

El neoliberalismo es una forma particular de organización de las sociedades capitalistas, cuyos promotores estiman que el bienestar humano se puede lograr maximizando las libertades económicas dentro de un marco institucional que privilegie los derechos asociados a la propiedad privada, la libertad económica individual, los mercados sin regulaciones y el libre comercio.

Desde este punto de vista, se asume que el papel del Estado solo debiera ser el crear y preservar un marco institucional apropiado para tales prácticas. Se asume que para fundar dichas ideas, el Estado no podría jamás poseer información suficiente como para anticipar las señales del mercado (precios).

El capitalismo, por el contrario, es un sistema económico en el cual el trabajo se subordina al Capital y en el cual las ganancias que emergen de la producción y distribución de mercancías le pertenecen por derecho propio solo al Capital.

Si somos de veras anti neoliberales, deberíamos apuntar a desmontar toda modalidad neoliberal de organización del capitalismo.

En Chile ser anti-neoliberal implica, básicamente, desmontar la apropiación oligárquica de los recursos naturales de propiedad común o estatal, reducir todo lo posible la concentración económica, potenciando el desarrollo de empresas competitivas que sustituyan a los actuales oligopolios controlados por 30 familias y que capturan casi el 70% del PIB. Por último, se requiere desmontar el control oligárquico del sistema de ahorro-inversión.

Ninguna de esas medidas anti-neoliberales es anticapitalista. La propiedad estatal de las aguas y el cuidado de los bienes comunes es propia de muchas economías capitalistas desarrolladas y de otras no tanto. Tampoco es anticapitalista la desconcentración de los mercados o la existencia de sistemas previsionales de reparto. Nada de eso lleva a la destrucción del capitalismo, solo cambia su forma de organización. Sin embargo, plantearse esos objetivos posibilita la conformación de una clara mayoría social que apoye dichas reivindicaciones.

Hacer desaparecer el capitalismo, tal como se hizo, por ejemplo, en la URSS o en Cuba, implica promover la estatización de todo el capital, lo cual incluye las grandes empresas, pero también los pequeños comercios, a todas las Pymes y toda la tierra en manos privadas, incluyendo aquella bajo el control de comunidades indígenas. Un programa de esa naturaleza está condenado al fracaso pues no permite construir una mayoría social y de seguro no se encontrará en Chile ningún movimiento social dispuesto a levantar esas banderas.

Otro tanto sucedió en China y en Vietnam, de un modo por cierto más ordenado y menos dramático y a juzgar por los últimos cambios constitucionales acaecidos en Cuba (entendido como superación definitiva del modelo capitalista), ha sido relegado al desván de las reliquias, mientras se abre espacio a diversas modalidades de capitalismo de pequeña escala, que complementen el área de influencia de los capitales trasnacionales que hoy controlan el sector turismo y buena parte del comercio exterior cubano.

Los grandes movimientos que a lo largo del siglo XX pretendieron superar el capitalismo han fracasado lastimosamente. Esa no es una opinión, es un hecho.

La revolución rusa concluyó con la privatización de la enorme masa de propiedad estatal generada en la URSS post 1917. El poder que se concentró en la elite dirigente que tomó en sus manos la administración de dicha gigantesca riqueza permitió, a través de la mano de Stalin, que el poder soviético se extinguiera y diera paso a una tiranía y luego del XX Congreso del PCUS (1956), a una dictadura colegiada, la que terminó de hundirse en 1989.

Otro tanto sucedió en China y en Vietnam, de un modo por cierto más ordenado y menos dramático y a juzgar por los últimos cambios constitucionales acaecidos en Cuba (entendido como superación definitiva del modelo capitalista), ha sido relegado al desván de las reliquias, mientras se abre espacio a diversas modalidades de capitalismo de pequeña escala, que complementen el área de influencia de los capitales trasnacionales que hoy controlan el sector turismo y buena parte del comercio exterior cubano.

En ese contexto, insistir en un proyecto anti-capitalista que eluda el análisis crítico de los fracasos socialistas, equivale a conducir a la izquierda al barranco.

Sobre esta base, al opinar respecto a lo que se requiere para ser parte de una nueva izquierda hoy en Chile, me atrevería a decir que la clave es echar raíces profundas en el pueblo; entender que los grandes objetivos de igualdad y libertad siguen vigentes; que las tares anti-neoliberales no pueden ser sustituidas ni saltadas de un brinco y que la cultura del debate y del disenso en unidad, siempre produce cosas sólidas y logra que el intercambio leal y franco se multiplique.

En síntesis: hoy es imprescindible para la izquierda, la acumulación de poder social a partir de un sólido y claro programa anti neoliberal, aunado a prácticas políticas abiertas y participativas que se proyecten mucho más allá del mundo de los militantes.

Los dilemas que enfrenta la izquierda chilena son: ¿Qué tipo de sociedad deseamos para Chile y que modelo de desarrollo es capaz de sostenerla? ¿Cuáles son las fuerzas sociales y culturales que sería necesario agrupar para fracturar el statu-quo neoliberal?

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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