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El réquiem de las Encuestas de Opinión

por 11 octubre, 2018

El réquiem de las Encuestas de Opinión
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Es admirable el ocaso de las encuestas de opinión al que estamos asistiendo. Hacia donde miremos en el mundo nos encontraremos con una multiplicación creciente de errores de predicción y de certeza de este instrumento que se proclamó, por más de un siglo, como la imagen directa de la opinión pública.

Errores, errores, errores… En el referéndum de Grecia, en 2015; en el plebiscito sobre la paz en Colombia, en 2016; en el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea (Brexit), en 2016; en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, en 2016; en las primarias de Francia, en 2017 y en las primarias de Chile, el mismo año. Con todos estos casos, a nadie le sorprende que hoy se esté poniendo en duda la validez y la fiabilidad de este instrumento de medición que fue creado hace más de 90 años.

De hecho, es bastante común escuchar en nuestros medios de comunicación, en la prensa internacional o en el mundo científico, reproches técnicos y argumentos que pretenden explicar los errores de predictibilidad de las encuestas de opinión en estos últimos 30 años. Por ejemplo, reproches y explicaciones de la calidad del tipo muestra utilizada, si esta representa efectivamente o no el universo electoral o social. Reproches y explicaciones sobre la formulación del cuestionario, si el tipo de preguntas ha sido contradictorio o tendencioso. Reproches y explicaciones a la forma en que se han aplicado las encuestas, si estas fueron hechas en internet, por teléfono o directamente, etc. En resumidas cuentas, hoy son muchas las críticas y discusiones en este sentido.

Dicho esto, si en el marco de las ciencias políticas se examina la situación actual de la discusión sobre las encuestas de opinión, son muy pocos quienes se han hecho cargo de profundizar en la correlación que existe, por un lado, entre la pérdida creciente de fiabilidad y validez de las encuestas de opinión y, por otro lado, la transformación que han vivido las experiencias humanas estos últimos 30 años. Es una evidencia empírica el que ya no podamos seguir analizando los errores de medición y predicción de las encuestas de opinión sólo a partir de reproches técnicos al instrumento estadístico, dejando de lado por completo las relaciones sociales que lo sostienen. Siempre han sido las experiencias humanas el sustento y el centro nervioso de los dispositivos cuantificables. En todos los casos, bastante extraña es la idea de que las encuestas de opinión tendrían la vocación de hablar y contener lo social y no a la inversa.

Aunque sea banal recordarlo, hay que decir que la medición de la opinión individual como mundo común y predictivo, no es un método de medición social construido desde lo abstracto, sin consideración de las experiencias de los individuos en sus mundos de vida. Si no muy por lo contrario. Los métodos de construcción y de comprensión estadísticos de lo común, se inspiraron y se sustentaron siempre en la observación y comprensión de las experiencias de los individuos y sus mundos de vida. Pero, ¡y he aquí lo interesante!, los procesos de estudios y de conocimiento social llevados a cabo por la cultura científica del siglo XX, tuvieron un contexto social bien preciso: la época industrial. Y como mundo de vida, un cotidiano bien homogéneo, que se caracterizaba por identidades fijas, asociaciones claras e instituciones fuertes.

En resumen, es en este contexto individual y social donde efectivamente parece razonable la construcción de un sistema de medición de la opinión individual como un mundo común y predictivo. Llegamos aquí al corazón de nuestro cuestionamiento. Si los métodos de medición de la opinión individual como mundo común y predictivo, se sustentan en la importancia de la experiencia individual y sus relaciones con el mundo humano y no humano que los rodea y, si las encuestas de opinión se sustentaron en la comprensión de un individuo, con estructuras cognitivas bien específicas, propias a la época industrial, entonces cabe preguntarse: ¿qué sucede con este método de medición cuando el hombre ya no se construye desde el mismo contexto social e histórico en el cual fue concebido?, ¿qué acontece cuando las identidades ya no son fijas como en la modernidad, cuando la heterogeneidad supera la homogeneidad, cuando las opiniones y identidades se multiplican en un mundo de comunicaciones en red, cuando los individuos ya no son reconocibles, coherentes o estables, etcétera?

Si vamos un poco más lejos, debemos recordar que el siglo XX se caracterizó por una cierta homogeneidad y estandarización de la vida cotidiana. En la medida que nuestras prácticas se asociaban a identidades fijas y formas típicas. Identidades sexuales biológicas, modelo familiar heterosexual, identidades socioprofesionales estables, capas de clases y asociaciones claras de orientación política, religiosa o filosófica. El siglo XX se distinguió por un “contrato social racional” donde las prácticas sociales estaban reguladas por asociaciones tradicionales o instituciones oficiales.

En resumen, es en este contexto individual y social donde efectivamente parece razonable la construcción de un sistema de medición de la opinión individual como un mundo común y predictivo. Llegamos aquí al corazón de nuestro cuestionamiento. Si los métodos de medición de la opinión individual como mundo común y predictivo, se sustentan en la importancia de la experiencia individual y sus relaciones con el mundo humano y no humano que los rodea y, si las encuestas de opinión se sustentaron en la comprensión de un individuo, con estructuras cognitivas bien específicas, propias a la época industrial, entonces cabe preguntarse: ¿qué sucede con este método de medición cuando el hombre ya no se construye desde el mismo contexto social e histórico en el cual fue concebido?, ¿qué acontece cuando las identidades ya no son fijas como en la modernidad, cuando la heterogeneidad supera la homogeneidad, cuando las opiniones y identidades se multiplican en un mundo de comunicaciones en red, cuando los individuos ya no son reconocibles, coherentes o estables, etcétera?

Dicho de en otros términos, si los hombres y mujeres son tan diferentes en el espacio y el tiempo, si ellos se transforman según la situación histórica y las sociedades, si ellos cambian su esencia según la cultura y la historia, entonces, ¿cómo es posible que queramos seguir midiendo las experiencias individuales, su opinión, a partir de las categorías de estandarización elaboradas por los sistemas racionalistas del siglo XX?

Lo que está claro, es que hoy nos encontramos frente a un nuevo contexto social, que está cuestionando fuertemente la concepción ontológica del “individuo moderno”. Concepción que ha servido de fundación a los métodos de medición de la opinión individual como un mundo común y predictivo. Así de fuerte es el cambio. Hoy nos encontramos frente a un nuevo individuo, a verdades caleidoscópicas: identidades que se expresarán en acuerdo a un momento, a una situación o a una identidad efímera. Sinceridades sucesivas momentáneas y de intensidades múltiples, que saltan y opinan de acuerdo a las ocurrencias, situaciones y oportunidades que surjan. Personas que adhieren y se asocian en tiempos relativos (TR). Un tiempo, TR1, hasta que aparezca otra asociación en el tiempo TR2, TR3, etc. En todo caso, es bastante ingenuo seguir pensando que las encuestas de opinión serán eficientes y estables en el tiempo. Pensar así, sería una negación total del tiempo y de su impacto continuo e inexorable sobre todas las cosas.

En fin, volvamos con serenidad al punto de partida. Es tiempo de descender a la tierra y de volver a observar el contexto social y las prácticas cotidianas en las que estamos viviendo y que están reconfigurando nuestras estructuras cognitivas y nuestros modelos de opinión. De todas maneras, como nos decía Husserl, tendremos que retornar al mundo tal como es, experimentado en su inmediatez sentida o tendremos que volver al mundo que precede el conocimiento, como decía Merleau-Ponty, para poder darnos cuenta y entender que el sustento empírico –el individuo moderno– en el que se ha construido el método de medición de la opinión pública, ya no existe o, mejor dicho, ha cambiado de estado, ¡se ha evaporado!

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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