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Si la izquierda no estaba de vacaciones... ¿dónde estaba entonces?

por 7 noviembre, 2018

Si la izquierda no estaba de vacaciones... ¿dónde estaba entonces?
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El resultado electoral presidencial de Brasil en que se impone contundentemente la ultra derecha, combinando un discurso y propuesta de corte fascista con un neoliberalismo excluyente, en el marco de una acentuada manipulación y distorsión de la realidad por parte de los medios de comunicación, y dado el crecimiento electoral que esta corriente experimenta no solo en América Latina sino que en el mundo entero, obliga a las fuerzas de izquierda y progresistas a una reflexión de carácter estructural sobre las razones que permiten la legitimidad electoral de proyectos que en esencia niegan la dignidad del ser humano y se proponen una reedición de patrones de convivencia social contrarios a la democracia.

La derecha viene mostrando una creciente capacidad adaptativa para enfrentar y cooptar discursos emancipatorios a través de múltiples sensibilidades (léase derecha social, derecha liberal y otras) pero conservando la hegemonía de la derecha económica; aquella que se afianza en lo sustantivo del modelo neoliberal en términos de concentración y acumulación de capital. En base a este punto de vista, esta versión revitalizada del fascismo que es liderada en Brasil por el presidente electo Bolsonaro y en Chile por sectores que se identifican con el pinochetismo, tienen como propósito defender de la manera más antagónica y excluyente los pilares del neoliberalismo extremo que comenzaba a ser cuestionado y modificado por las fuerzas de izquierda y progresistas.

Es prioritario por ello profundizar en las razones de fondo, desagregadas de las razones circunstanciales como son las decisiones equivocadas durante una campaña electoral, que han debilitado las coaliciones y los proyectos que se proponen superar los patrones de desigualdad social.

Una primera aproximación es que todos aquellos países, al momento que los procesos políticos se orientaron a cambiar elementos estructurales de la economía neoliberal y a cuestionar y formular un nuevo orden constitucional, en el caso de Chile mediante la constitución de la Nueva Mayoría, en el caso de Brasil cuando la coalición liderada por el Partido de los Trabajadores profundiza su carácter contrario al modelo, el talón de Aquiles de una parte importante de las coaliciones fue la emergencia y visibilidad de la corrupción como elemento desacreditador del proyecto político, expresado mayoritariamente en el financiamiento ilegal de la política y en casos extremos en enriquecimiento ilícito. Al respecto, cabe consignar que dichas coaliciones fueron desestabilizadas frente a la ciudadanía por los apologistas del neoliberalismo a partir de una debilidad sistémica en su composición, en este caso, el compromiso previo y participación de algunos sectores con actos de corrupción.

De esta manera, frente al gravísimo avance de la derecha fascista y el severo retroceso civilizatorio que conlleva su evidente condición hegemónica, las fuerzas de izquierda y progresistas no pueden sino orientarse a la construcción de un Nuevo Ciclo de Cultura Política, caracterizado por una amplia convergencia social y política, que ponga al centro la construcción de un modelo de desarrollo económico y social con acento en la redistribución, que releve empleo y trabajo decente, la seguridad social como un derecho, como así también desarrollo territorial que incluya a todas las comunidades. Enfatizando una ética política que movilice voluntades colectivas fundadas en la coherencia entre ideas justas y conductas completamente probas. 

Cierto es que la derecha expresa cuantitativa y funcionalmente mayor compromiso con la corrupción, sin embargo, en un proyecto político de orientación de izquierda y progresista los actos contrarios a la probidad desafectan la base social de apoyo y la ciudadanía pierde la confianza en el poder de la transformación; mientras que la derecha no ve menoscabada una condición ética inexistente.     

Un segundo elemento, que ha sido desde la perspectiva y orientación de derecha correctamente interpretado como una insatisfacción social creciente, es la dificultad que ha tenido la izquierda y el progresismo para convenir miradas y propuestas comunes para enfrentar los temas centrales en ámbitos de la política que definen adhesiones de mayoría y minoría, como es el caso de la generación de empleos de calidad y salarios justos,o por el agobio y temor que genera la sensación de inseguridad por delincuencia y tráfico de drogas.

Lo anterior, se explica en el carácter plural en términos de composición y representación de clase de quienes conducen los procesos de cambio social y económico, y por lo mismo, en el apego o al menos dificultad para desvincularse que un sector de la izquierda y el progresismo tiene al actual modelo de desarrollo, centrado en exportaciones de materias primas y dependencias extremas de economías más poderosas. El agotamiento del modelo es evidente en cuanto a su incapacidad de asegurar bienestar y calidad de vida en base a trabajo, y la incapacidad de la izquierda de centrase como proyecto común en lo sustantivo ha sido una diferencia que repercute en el fundamento social.

Esto, de paso desconfirma la monserga de quienes apelan a supuestos temas y demandas ciudadanas de futuro de manera excluyente y en reemplazo de aquellos temas centrales que movilizan el bienestar colectivo y el compromiso con procesos de transformación social, económica y política. Dando cuenta de una comprensión y estrategia de identificación social donde ha prevalecido un abuso de enfoque posmodernista, en el sentido de relativizar las demandas sociales históricas y centrarse como estrategia de crecimiento de manera atomizada y fragmentada en universos sociales específicos.

De esta manera, en base a la idea de que los conflictos solo operan en el nivel de las intersubjetividades, se ha debilitado la noción de sujeto social transformador, con voluntad para sostener cambios estructurales, y se ha fortalecido una sumatoria de identidades individuales, carentes de perseverancia y soporte colectivo para la progresión de las luchas sociales.    

Así, un tercer elemento es la débil disputa ideológica que la izquierda y el progresismo se ha dispuesto a dar por los significados sociales de las políticas públicas con enfoque de derechos. La creación y progresivo fortalecimiento de los sistemas de protección social, logro de las izquierdas y el progresismo, ha sido un gran avance en materia de mejoramiento de calidad de vida de vastos sectores de la población, posibilitando acceso a bienes y servicios públicos y adherencia a dichas coberturas sociales, pero desde la exigencia individual y no desde la noción de derecho colectivo. No ha existido en todas las fuerzas políticas la voluntad de disputar el significado ideológico de los derechos sociales, y se ha alimentado una demanda que desprovista de contenido transformador se torna clientelar y volátil en cuanto a identificación electoral. Esto en buena medida explicaría un universo electoral de personas que crece, el que habiendo votado por la Nueva Mayoría, luego lo hacen por el Frente Amplio y después por Chile Vamos.  

De este modo, al igual que en la explicación para el trauma psicológico por agresión y el proceso mnémico que opera fijando la atención y el recuerdo de manera selectiva en los elementos centrales de la experiencia vivida y desatendiendo los aspectos periféricos del trauma, una parte importante del universo social en disputa centra su atención de manera selectiva en aquellas propuestas de derecha que se orientan a lo medular de su insatisfacción, en este caso empleo, salarios, inseguridad y corrupción y obvian los elementos discursivos integristas, que niegan la dignidad de todas las personas y grupos sociales.

Pero, existe también otro universo social creciente, que en base a una fuerte manipulación y construcción de una falsa conciencia lisa y llanamente identifica como fuente de sus desgracias a la población migrante, a las comunidades empobrecidas o a todo lo que se muestre diferente y en consecuencia amenazante.

Esto último, como análisis discursivo es un elemento clave para revisar por parte de la izquierda y el progresismo, puesto que en la disputa cultural sobre los significados sociales y de convivencia así como no sirve de nada una izquierda elitizada en la construcción e intercambio de mensajes cultural, tampoco es útil en el campo popular que se replique la estructura de pensamiento cosificante y despectiva de la extrema derecha; claramente se requiere de un pensamiento más complejo que no solo apele a lo cognitivo y racional, sino que empatice con la carencia emocional.  

Por lo mismo, no es sostenible aspirar a impulsar reformas continuas sin un basamento en el movimiento social y en las comunidades y organizaciones sociales, puesto que la máxima de que todo proceso transformador requiere de sustento de masas y de vinculo social tiene plena vigencia.

De esta manera, frente al gravísimo avance de la derecha fascista y el severo retroceso civilizatorio que conlleva su evidente condición hegemónica, las fuerzas de izquierda y progresistas no pueden sino orientarse a la construcción de un Nuevo Ciclo de Cultura Política, caracterizado por una amplia convergencia social y política, que ponga al centro la construcción de un modelo de desarrollo económico y social con acento en la redistribución, que releve empleo y trabajo decente, la seguridad social como un derecho, como así también desarrollo territorial que incluya a todas las comunidades. Enfatizando una ética política que movilice voluntades colectivas fundadas en la coherencia entre ideas justas y conductas completamente probas.  

Así, retomando el título de este artículo, como izquierda no hemos estado de vacaciones y son muchos los logros y avances que Chile y América Latina ha visto en las últimas décadas en base al pensamiento y práctica política de la izquierda, sea desde la conducción como desde la demanda social. Sin embargo, nuestro trabajo ha dejado de ser efectivo y lo suficientemente productivo dados los retrocesos políticos, ideológicos y culturales que la sociedad experimenta, y que se sintetizan hasta ahora en el logro de la derecha de asociar la ejecución de la mala política con los déficits de la izquierda.

América latina y el mundo viven una era análogamente similar a la emergencia de los fascismos en los años 30 y 40 del siglo XX, pero con la ventaja que da la lectura del pasado de saber que cuando el fascismo avanza la democracia primero retrocede y después se destruye. Frente a esto nadie puede ser neutral y para infortunio de Brasil su centro político fue mañosamente equidistante en un momento tan trascendental para democracia.   

Esperemos que el centro político en Chile para fortalecer su identidad no razone desde la neutralidad, pues las consecuencias pueden ser igual de perjudiciales en nuestro país.

 

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