domingo, 21 de abril de 2019 Actualizado a las 12:39

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La emancipación de la mujer

La emancipación de la mujer
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La gente escuchó unos disparos y vio a una mujer tirada en la calle. Era Katherine Medel, una joven madre quien quedaría tetrapléjica tras recibir dos disparos en el cuello por parte de su expareja. Ni las denuncias ni una orden de alejamiento pudieron protegerla. Su dramática historia fue el rostro de la campaña #NoLoDejesPasar, promoviendo la tolerancia cero hacia toda forma de violencia contra la mujer. Escribimos esta columna pensando en todas quienes, como Katherine, han sido víctimas de maltrato, violencia o femicidios por parte de una sociedad que aún no las reconoce como iguales. Esto tiene que cambiar.

El 2018 probablemente será recordado como un año histórico para el feminismo. La “ola feminista” se tomó las calles, las universidades, el debate público y hasta las comisiones legislativas, presionando y priorizando proyectos de ley con perspectiva de género. Llegó con tal intensidad que remeció nuestra sociedad con un balde de agua fría: en Chile todavía hay mucho por hacer para que las mujeres vivan en una sociedad de libertades, oportunidades y seguridades en igualdad con los hombres.

Para quienes somos liberales, el feminismo es prácticamente una conditio sine qua non de nuestro pensamiento político. John Stuart Mill ya en 1869 fue categórico en su libro La sujeción de la mujer: “El principio que regula las relaciones sociales existentes entre los sexos —la subordinación legal de un sexo al otro— es errado en sí mismo. Debe ser reemplazado por un principio de perfecta igualdad, no admitiendo ningún poder o privilegio, por un lado, ni incapacidad, por el otro”. Si el liberalismo nació desde reconocer la dignidad humana y el valor superior del individuo frente a injerencias arbitrarias por parte del Estado o terceros, la emancipación de la mujer es una reivindicación liberal muy profunda: no sólo se busca ampliar sus espacios de libertad desde lo legal, como el voto, administrar sus bienes o poder educarse y trabajar libremente, sino también desde lo cultural, de reconocer que existe una cultura marcadamente patriarcal, que de manera opresiva establece discriminaciones o limitaciones en sus distintos ámbitos de vida o que normaliza distintos tipos de violencia en su contra.

Ser liberal significa creer que cada persona, sea hombre o sea mujer, pueda ser capaz de alcanzar todas las expectativas que libremente elija. Pero una mujer es menos libre cuando puede acceder a menos oportunidades laborales, tanto de contratación como de promoción, por el “riesgo” de un embarazo, o si accede a ellas, pero percibe un salario un 30% menor a hombres por realizar el mismo trabajo, o si sus condiciones laborales son desiguales. De igual forma, con una tasa de inserción laboral permanente muy inferior a los hombres, salarios más bajos, menor capacidad de ahorro, una desigual división sexual del trabajo y una mayor expectativa de vida, el sistema previsional permanece financieramente insensible a inequidades de género, vulnerabilizándolas en la tercera edad. Por otra parte, la baja participación de mujeres en cargos de responsabilidad en gremios, sindicatos, la gran empresa, el poder político y las Fuerzas Armadas contribuye a que la toma de decisiones que influyen sobre amplios segmentos de la sociedad se desarrolle de manera imperfecta, por la falta de un conocimiento directo y auténtico sobre cómo esas decisiones les afectan.

El cambio cultural hacia la emancipación debe ser una tarea que nos convoque a todos, transversalmente. Un espacio donde los propios hombres, desde sus posiciones de privilegio, sean capaces de internalizar las injusticias que nuestra sociedad enmarca y avanzar desde sus espacios. Significa una educación no sexista, tanto en los colegios como en casa, de que no hay roles de género naturales ni preferibles, y que debe ser cada persona, desde sus intereses y sus talentos, quien elija cómo vivir sus vidas. Por sobre todo significa tolerancia cero a toda forma de violencia contra la mujer y apoyar a quienes viven en un “estado crónico de soborno”, como ya denunciara Mill, producto de relaciones de dominación o amenaza sobre ellas. Por Katherine, por Nabila y por tantas quienes han sufrido acoso, maltrato o violencia. Que nos indigne que en sólo días que van del 2019 van 5 víctimas de femicidio. Que demos la pelea por un Chile justo, por las que vienen y las que ya no están.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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