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Reconozcamos a los “refugiados climáticos”

por 25 enero, 2019

Reconozcamos a los “refugiados climáticos”
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Buena parte de nuestros problemas medioambientales actuales se originaron a partir del momento en que, en todo el mundo, las emisiones por la quema de combustibles fósiles como el carbón, gas y petróleo provocaron que la concentración de CO2 en la atmósfera, superara la línea roja de los 400 ppm de CO2. Eso sucedió, primero en 2016 de una manera intermitente, pero ahora en enero 2019 ya vamos acercándonos a los 410 ppm. Desde aquel momento, pusimos en riesgo las economías, los hogares, las vidas y los medios de subsistencia de miles de millones de personas, siendo ésta la principal causa de los desplazamientos humanos por desastres climáticos. Ese es un dato que debemos mantener en mente en lo que a riesgos se refiere.

De aquí en adelante, nuestro gran desafío es impedir que la concentración de CO2 en la atmósfera supere 450/550 ppm y que el promedio de la temperatura global del planeta aumente más allá del límite catastrófico de 1,5 a 2 °C, por sobre el valor que existía en nuestra era preindustrial. Estos son los datos duros. Tampoco hay que desestimar los costos en vidas y los económicos. Los desastres climáticos en 2017 costaron a la economía global US $320 mil millones, y se perdieron alrededor de 10.000 vidas. Los costos totales de 2018 aún no han sido contabilizados, pero serán mayores debidos al tifón Mangkhut, los huracanes Florence y Michael, y las ondas de calor y los incendios forestales que asolaron las franjas de Europa y los Estados Unidos. Es probable que estos eventos contribuyan a un aumento exponencial de los costos, que asciende en total a US $2,2 billones en las últimas dos décadas.

Los efectos devastadores del cambio climático en los años venideros nos comprometerá a todos. Han comenzado a manifestarse como calores extremos, tifones, sequías, huracanes, tormentas, fríos extremos, deshielos polares, aumento de la temperatura de los océanos, marejadas, incendios forestales, ciclones, inundaciones, entre otros. Ya hemos visto como aumentaron en frecuencia y envergadura estos eventos extremos. Desastres por todos los rincones del planeta. Cuando se trata del aumento de la temperatura media mundial, cada fracción de un grado importa. El último Informe publicado en octubre 2018 por el Grupo Intergubernamental de expertos sobre el cambio climático (IPCC) proyectó impactos devastadores a 2°C. Estos incluyen la pérdida de casi todos los arrecifes de coral del mundo, y las ondas de calor extremas, potencialmente mortales que podrían afectar a más de un tercio de los población mundial. Limitar el calentamiento a 1,5°C reduciría significativamente esos impactos.

Entonces, ¿cómo podemos seguir siendo optimistas? ¿En Alemania, India, Brasil, China y en Chile, entre muchos otros países, continuamos elevando nuestras emisiones de CO2? ¿Hasta cuándo? Entendemos que un mundo con poco o cero emisiones de carbono es difícil de imaginar, sobretodo en una economía de libre mercado. Eso es evidente por el actuar de la mayoría de los empresarios y políticos, pero no hay escape. Es preciso que la humanidad consiga esa meta de aquí al 2050. Necesitamos ese cambio de actitud que aparece en nuestras vidas a partir del instante en que modificamos nuestra visión del mundo y de lo que es posible.

El cambio climático es un proceso global que no sólo producirá profundos cambios en nuestro medio ambiente y ecosistemas sino también las relaciones internacionales, conducta humana, economía, política, derecho internacional y estilos de vida, entre otros. Un tema concreto será el tratamiento de las inmigraciones. Es preciso que todo el mundo comprenda que una migración es la resultante que más fuerte puede herir a una familia o grupo humano viviendo en zonas de alta vulnerabilidad, quienes nunca habrían deseado abandonar sus hogares. Pero migrar es inevitable cuando se pierden las cosechas reiteradamente por la sequía, cuando se pierden sus bosques por los incendios forestales, o cuando se destruyen sus hogares y todas las pertenencias por inundaciones, o cuando se ven morir a sus ancianos o hijos por las cada vez más frecuentes olas de calor o frío que superan todos los récords.

Tenemos que estar preparados. En los próximos años, nos vamos a ver enfrentados, más y más, al problema de los flujos humanos migratorios como consecuencia de los eventos climáticos extremos. Lógicamente este tipo de trance demandará nuevos enfoques y políticas en el ámbito del derecho internacional. Lo que nos permitirá comprender mejor cómo el cambio climático interactúa con la seguridad nacional y las tendencias económicas locales, entre otros factores que obligan a una familia a migrar. Otro apremio serán los desplazados dentro de las fronteras de un propio país, fenómeno que no hemos experimentado hasta ahora, sobre el cual no existen precedentes legales que nos orienten, pero que seguramente ocurrirá tarde o temprano. ¿Cuáles serán las mejores modalidades para adaptarlos y asentarlos en una nueva localidad del territorio nacional? ¿Cómo asegurar que sean positivas las respuestas de las comunidades receptoras?

A estos desafíos, se sumarán trabas políticas, intereses económicos, indiferencia, escapismos, que motivarán nuevos estudios sobre causas y consecuencias, a mediano y largo plazo, de las migraciones en la vida y cultura de los chilenos. Tendremos que ahondar en nuestra psicología y conducta humana, ya que lamentablemente, vivimos en una época donde la irresponsabilidad social e individual hacia los efectos devastadores del cambio climático tienden a predominar. No olvidemos que los primeros casos de migrantes climáticos son ya una realidad cotidiana en muchos lugares del planeta y en algunas regiones de Chile, aunque no se les ha destacado en las noticias. Para nosotros podría llegar a significar una crisis para la cual no estamos preparados.

Se han realizado varias estimaciones del número de personas que serán desplazados en los próximos años, nacional e internacionalmente, durante el período que transcurra desde hoy hasta el 2050. Un informe de la Organización Internacional de Migración y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados estimó entre 50 y 200 millones de personas. Sin embargo, de acuerdo al derecho internacional, las personas que migran por eventos climáticos extremos, no encajan en la categoría de “refugiado” y por lo tanto no pueden recibir las ayudas y beneficios que a ellos se les asigna. La ley vigente fue redactada en 1951 en la Convención de Ginebra, la cual define a un refugiado como alguien que abandona su país debido a "un temor fundado de ser perseguido por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un Grupo social u opinión política particular".

La degradación ambiental no se ajusta a estos criterios. Al analizar esta cuestión, tenemos que tener presente que la degradación ambiental en muchos casos es inducida por un cambio climático en marcha. Otra cuestión clave es ampliar nuestro conocimiento acerca de las formas en que los humanos interactuamos con nuestro medio ambiente y los impactos que producimos, ya que es difícil definir una migración adjudicándola a un solo factor. Los desplazados por el Huracán María en Puerto Rico, las personas se vieron afectadas por un desastre específico. Sin embargo, en la inmensa mayoría de los casos, los procesos climáticos que obligan a migrar son cambios de “avances lentos”, tales como el aumento del nivel del mar o la desertificación, lo que oculta su condición de víctimas del cambio climático.

El tema es complejo y complicado. Requiere incorporar aspectos ecológicos, sociales y humanitarios. Lo que mucha gente no comprende es que las personas que migran se desmoronan. Nuestras autoridades y todos aquellos que se oponen a la inclusión de los migrantes climáticos en el Pacto Mundial por la Migración (PMM), deben entender que cuando se es desplazado por estas causas, se trata de una migración forzada. Aunque estoy consciente que es difícil llegar a un consenso sobre algo como esto.

El cambio climático es un proceso global que no sólo producirá profundos cambios en nuestro medio ambiente y ecosistemas sino también las relaciones internacionales, conducta humana, economía, política, derecho internacional y estilos de vida, entre otros. Un tema concreto será el tratamiento de las inmigraciones. Es preciso que todo el mundo comprenda que una migración es la resultante que más fuerte puede herir a una familia o grupo humano viviendo en zonas de alta vulnerabilidad, quienes nunca habrían deseado abandonar sus hogares. Pero migrar es inevitable cuando se pierden las cosechas reiteradamente por la sequía, cuando se pierden sus bosques por los incendios forestales, o cuando se destruyen sus hogares y todas las pertenencias por inundaciones, o cuando se ven morir a sus ancianos o hijos por las cada vez más frecuentes olas de calor o frío que superan todos los récords.

En otras palabras, un migrante climático debe ser considerado como un “refugiado”, que ha sido obligado a dar un paso desesperado, traumático, complicado, muy riesgoso, porque su vida y la de su familia está en peligro. Esta persona ya no tiene opciones para recuperar su fuente de sustento, ha sido golpeada por una degradación ambiental imposible de revertir en el corto o mediano plazo. Por supuesto se trata de situaciones graves y es innegable que a estos grupos humanos no les queda más salida que empacar y migrar.

Nuestros instrumentos jurídicos nacionales e internacionales deben ser actualizados con urgencia con objeto de reconocer y conferir estatus de ”refugiados” a los migrantes climáticos. No podemos seguir abandonándolos, incluyéndolos en la categoría general de aquellos inmigrantes que se desplazan por razones económicas para conseguir mejores oportunidades. No. Obviamente, se trata de dos situaciones totalmente distintas, que requieren mejor consideración y tratamiento de parte de nuestras autoridades.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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