domingo, 25 de agosto de 2019 Actualizado a las 23:00

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El neurótico orden de las cosas

El neurótico orden de las cosas
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El fenómeno Netflix del momento, la japonesa Marie Kondo, asegura que, con la suficiente disciplina, una familia puede vivir en un departamento de 25 metros cuadrados. En su reality show, esta “consultora del orden” viaja y enseña por el mundo occidental su eficaz método de organización y optimización del espacio doméstico. Las personas deben retener en sus casas sólo los objetos estrictamente necesarios, y donar (desechar) aquéllos que no les producen felicidad instantánea. Esto último revela un cierto tufillo zen. Kondo entra a nuestras casas y nos enseña a deshacernos de ropa, muebles, juguetes, adornos, recuerdos, y una gran cantidad de objetos acumulados, que deben salir disparados a fundaciones caritativas globales, que por cierto han visto crecer sus negocios al colocar esos objetos nuevamente en mercados de países emergentes. En Chile la “ropa americana” comenzó a llegar en los ochenta y se sigue vendiendo como pan caliente en tiendas y ferias libres. ¿Para qué vas a reutilizar, reparar o reciclar, si alguien más (pobre) que tú puede hacerse cargo de tus desechos?

En Konmari, el reality show en cuestión que ya cuenta con millares de adeptos, seguidores e imitadores en todo el mundo, algunas personas sufren y lloran al desprenderse de objetos con carga emotiva, pero luego, dialécticamente, descubren “la magia” de sus espacios limpios, vacíos, circulables, alcanzando un estado de feliz levedad. Curiosamente, el propio nombre de Marie Kondo tiene resonancia con la expresión norteamericana condo, que significa departamento. Su serie tiene gran éxito en un mundo urbanizado que se llena de edificios en altura, y que necesita de una sociedad más disciplinada para vivir en ellos.

En los EEUU, desde hace unos cuantos años que existe esta tendencia contra la acumulación de objetos. La treintañera Lauren Singer y su blog Trash is for Tossers llevan años aconsejándonos reducir la cantidad de desechos domiciliarios a partir de su experiencia “zero waste” iniciada en 2012 (luego fundó una empresa de detergentes orgánicos y luego otra de envases reutilizables para hacer compras en la feria de productores locales de Brooklyn, etc.). Por su parte, Rachel Jonat y su popular blog The minimalist mom, ya en 2010 empezó a dar recomendaciones en torno a la maternidad y lo que ella llama “una vida plena con menos cosas” (lleva tres libros de autoayuda publicados, el primero titulado “Hacer menos: una guía minimalista para una vida organizada, simplificada y feliz”; cada libro de Jonat cuesta entre 10 y 15 dólares, y ofrece un servicio de coaching on-line por 12 meses, a 300 dólares la inscripción). Y luego está Marie Kondo, quien además de tener su show en Netflix, ha publicado ya dos libros, un manga, y hace poco lanzó una colección de cajas combinables para no dejar ni un centímetro vacío en cada cajón. Existen versiones alternativas de estas cajas que se pueden encontrar en Santiago, barrio Meiggs, a un precio menos estrafalario (dato para quienes no pueden comprarlas por Amazon). Al fin y al cabo, son sólo cajas de cartón. Además, tener menos cosas y todas ya ordenadas en cajas, hace que la mudanza de un lugar a otro sea más fácil.

Netflix se caracteriza por los acentos ideológicos en las series que produce. En la anterior Stranger Things, la estética vintage glamorosa en color sepia grisáceo se remontaba a los ochentas de Reagan (y, por cierto, de Pinochet y Stroessner), como anticipo del antiestético momento actual de Trump y la nueva ola de gobiernos extremistas anti-izquierda en todo el mundo. En Stranger Things, los monstruos-metáfora del comunismo surgían desde el interior de la casa, paranoia propia de la cultura occidental de entonces (cuando los hijos, los libros, los discos, eran potenciales peligros políticos). La sonriente Konmari de hoy es cosa distinta. Lo suyo es puro show de realidad, sus colores son más pasteles, y no apunta al exterminio sino que al ordenamiento racional y radical de la vida familiar a través de la desaparición de la memoria y la instalación del paradigma de lo reemplazable. Marie Kondo es más cercana a las distopías híper organizadas de Farenheit 451 u Orwell 1984, especialmente por su deshumanizante desvinculación con los objetos del pasado. Donde Stranger Things era pura política, represión y exterminio, Konmari es ideología económica y hegemonía del nuevo habitar urbano neoliberal. Marie Kondo tiene el poder seductor de hacernos aceptar cosas con las que normalmente no estaríamos de acuerdo.

Konmari nos habla de cómo encontrar paz ante la agresiva industria inmobiliaria contemporánea, que reduce cada vez más nuestros espacios de vida, y nos impulsa a una rotación de ocupación de vivienda cada vez mayor. En vez de comprimirnos con dolor en los espacios reducidos que nos ofrece el mercado inmobiliario, Konmari nos invita a hacerlo con neurótica alegría. Mientras la elite mundial y por cierto la chilena lucran con la acumulación de bienes raíces, comprando y poniendo al arriendo departamentos cada vez más chicos y más obscenamente caros, Netflix nos enseña a adaptarnos a este nuevo orden urbano de viviendas infradimensionadas y con una acelerada rotación residencial.

Progresivamente, la prensa y los medios nos hacen ver cómo se está creando todo un movimiento fashion de vivir en el espacio mínimo, con pocas cosas, caras y de aparente buena calidad. Hace treinta años, los chilenos corrían a consumir y a acumular en masa a los primeros McDonalds y Home Depot, tiempos en que los malls eran todavía novedad, y las deudas de consumo aún no llegaban a los límites suicidas de la actualidad. Hoy, el acumular demasiadas cosas, al igual que lo que ocurre con la grasa corporal, es asunto de pobres, no de clases medias que aspiran algún día a ser elite. Es probable que Konmari, objeto de culto para algunos, termine popularizándose por TV abierta o antena satelital, en el país más neoliberal de América Latina, en el que los sueños de felicidad otorgada por el ascenso social están tan ideológicamente vivos en la abultada clase media.

Una segunda lectura

Konmari hace (y enseña a hacer) lo que las empresas inmobiliarias privadas han estado haciendo en la ciudad en las últimas décadas: el deshacerse de la memoria, de lo viejo, destruir el patrimonio histórico, limpiar la ciudad de “aquello que no sirve más”, blanquear, echar abajo lo inservible, lo hediondo, “lo que no produce felicidad instantánea”. Hay barrios enteros que caen en la categoría de indeseables. Por supuesto que la masacre urbana neoliberal de las inmobiliarias, los cientos y cientos de casas, plazas y espacios que se destruyen al año para construir edificios en altura (con una industria tan cuestionada en el último tiempo, dada la sumatoria de permisos de edificación irregulares en varias comunas), conlleva “felicidad” para quienes pueden pagar por el condominio vertical, el departamento nuevo, el conserje, el ascensor, el piso flotante, el quincho en la azotea, la estética minimal del departamento piloto, la ilusión.

No es la primera vez que la ética japonesa se articula tan bien con las lógicas de producción y acumulación de la economía industrial capitalista. Las ciudades en el Japón híper moderno son ejemplo de un constante reemplazo de lo edificado por estructuras nuevas. Los espacios y objetos cotidianos y vulgares, que evocan sentimientos, historias, eventos del pasado, no tienen valor al tiempo presente. De eso se trata la deshumanización y alienación de las mercancías, inherente al capitalismo.

Cuesta entender cómo alguien puede encontrar tanta plenitud y felicidad, basada en un orden tan disciplinado de los objetos, tan totalitario, tan controlador de hasta los detalles más intrascendentes de la vida contemporánea. ¿Dónde quedan las memorias, los recuerdos, el espontáneo desorden natural de la vida, esa delgada capa de polvo sobre los libros y la felicidad que nos produce encontrar un objeto olvidado en el bolsillo de un pantalón que no usabas hace un tiempo? Los movimientos barriales actuales van a contrapelo de esta tendencia mundial blanqueadora, se aferran con dientes y muelas a los lugares de memoria, cuidan sus maderas y adobes, rehabilitan las ventanas y las puertas, vigilan las plazas, organizan la vida comunitaria y conservan y atesoran nuestras historias construidas. Se oponen al dominio del capital y su ordenamiento neurótico y seductor de los espacios de reproducción y de vida, a ese ethos neoliberal tan funcional a su propia reproducción.

Toda esta historia tiene mucho de “destrucción creativa” (teoría en su momento postulada por Schumpeter, economista austriaco, al igual que von Hayek). Es decir, destruir para abrir espacio para nuevas rondas de producción, más tecnológicas y rentables. Lo diferente de Konmari es que abre espacio a través de la desaparición física de lo antiguo y voluminoso que se encuentra abarrotado en los espacios domiciliarios. Claro que podemos hoy desechar las chaquetas de invierno que tenemos guardadas: y si el próximo invierno se nos pierde la única chaqueta que dejamos, tendremos espacio para comprar una nueva. De hecho, es posible que, como todas las modas, la de Konmari sea pasajera. Tras esta oleada de su neurótico ordenar y desechar, es probable que vengan oleadas de nuevo consumismo, y desordenada acumulación y abarrotamiento, en formas, escalas y dimensiones hoy imposibles de prever. Si algo tiene el desarrollo del capitalismo mundial, es su carácter cíclico. Y las modas se ajustan a ello.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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