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Cristo, crucificado. La Iglesia, silenciada

por 19 abril, 2019

Cristo, crucificado. La Iglesia, silenciada
Cuando miramos la Iglesia, en especial la chilena. ¿Qué vemos? ¿Qué es lo primero que pensamos? Curas pedófilos, obispos encubridores. Seminarios: Un lugar donde los jóvenes corren serio peligro. Jesús de Nazareth, crucificado nuevamente, pero esta vez, por sus propios ministros, por sus discípulos. ¿Fue esto acaso lo que él vislumbró esa noche en el huerto de los olivos de Getsemaní? ¿Pudo ver Jesús el futuro de esta Iglesia, corrompida por el poder, una corrupción se ha verificado no sólo en nuestros tiempos, sino en varias otras épocas históricas? ¿Pudo ver a los asesinos de la fe, por los cuales también tendría que dar su vida con una muerte horrible? Sudor y sangre. Noche oscura.
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Esta Semana Santa contemplaremos nuevamente el misterio de la agonía, muerte y resurrección de Jesús de Nazareth. Nos dejaremos interpelar por sus palabras en la última cena – “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Juan 15, 12).

Nos preguntaremos si nosotros también lo hemos abandonado, como sus discípulos lo hicieron, en medio de la agonía del huerto de Getsemaní, en que Jesús incluso llegó a suplicar al padre Dios, que lo eximiera de su martirio inminente.

Encontraremos que hay cosas que nunca cambian con el avance de la historia, cuando repasemos el juicio al que sometieron a Jesús, motivado no por sus delitos (inexistentes), sino que por pugnas políticas y de poder, con pruebas y testigos falsos, con una multitud manipulada emocionalmente, que dejando de lado toda racionalidad, pedía que se crucificara al mismo hombre que hace pocos días atrás aclamaron como a un rey, en su entrada triunfal a Jerusalén.

Nos estremeceremos con la tortura física y psicológica en las crueles horas que antecedieron la muerte de Jesús, un tormento que parecía interminable, en el cual Él mismo sintió el abandono de Dios – “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Marcos 15:33) -. Nos emocionaremos con su muestra de misericordia hacia uno de los crucificados junto a él, en medio del dolor indecible, – “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. (Lucas 23, 43) El primero en entrar al Reino de los Cielos, era un criminal.

El desconcierto y temor de los discípulos tras la muerte de Jesús fue tal, que no se atrevían a salir de su encierro. Todo había terminado. El Mesías, el Salvador, ejecutado con otros criminales comunes. La cruz, símbolo de su humillación y derrota.

Cuando miramos la Iglesia, en especial la chilena. ¿Qué vemos? ¿Qué es lo primero que pensamos? Curas pedófilos, obispos encubridores. Seminarios: Un lugar donde los jóvenes corren serio peligro. Jesús de Nazareth, crucificado nuevamente, pero esta vez, por sus propios ministros, por sus discípulos. ¿Fue esto acaso lo que él vislumbró esa noche en el huerto de los olivos de Getsemaní? ¿Pudo ver Jesús el futuro de esta Iglesia, corrompida por el poder, una corrupción se ha verificado no sólo en nuestros tiempos, sino en varias otras épocas históricas? ¿Pudo ver a los asesinos de la fe, por los cuales también tendría que dar su vida con una muerte horrible? Sudor y sangre. Noche oscura.

Sin embargo, la cabeza de la Iglesia sigue siendo Jesucristo. Por más crímenes y pecados que cometan los miembros de su cuerpo, Él no la abandona. Esta Iglesia ha traicionado su misión, su vocación e identidad. No solamente por los bullados casos de abuso sexual, de poder, conciencia y el nefasto encubrimiento. La traición más peligrosa fue advertida ya a comienzos de siglo XX por el beato Charles de Foucauld (1858 – 1916) Las palabras de este relativamente desconocido místico, son elocuentísimas:

Volvamos al Evangelio, de lo contrario, Cristo no estará en nosotros.

El futuro de la Iglesia es Nazaret: De su encamación en las necesidades y en las luchas de los pobres y marginados de cada sociedad, depende la fuerza profética (es decir, convincente) de su palabra en el mundo.

El futuro de la Iglesia es la Fraternidad Universal: Dentro de ella nadie se puede sentir excluido ni marginado; todos en abrazo, por encima de ritos y creencias, más allá de las diversas maneras de concebir la existencia humana y de buscar la felicidad.

El futuro de la Iglesia es Jesús, modelo único: El que ha venido no a ser servido sino a servir, camino de Plena Humanidad en su ser manso y humilde de corazón; revelador con su vida y con su muerte del rostro de un Dios, Padre y Madre, locamente enamorado de toda criatura humana.

La Iglesia somos todos (los creyentes que pertenecen al “cuerpo de la Iglesia” y los no creyentes que pertenecen al espíritu de ésta, cuando trabajan por la paz). Todos tenemos que hacernos cargo. El mensaje de Jesús de Nazareth no puede ser acallado. La Iglesia, aunque herida, avergonzada y penitente, no puede renunciar a su misión.

El futuro de la Iglesia es gritar el Evangelio con la vida: Vida que contagia el gozo de sentirse ya salvada por Dios. Vida que encuentra todo su sentido en el silencio del servicio más desinteresado. Vida ofrecida en acción de gracias y en comunión a todos los sedientos de Vida.

El futuro de la Iglesia es el último lugar: Porque sabe, con sabiduría del Espíritu, que los príncipes y poderosos de este mundo siempre oprimen; y sabe, que los primeros puestos en el Banquete del Reino están reservados a cuantos se aceptaron, sin dejar de hacer cuanto tenían que hacer, siervos inútiles y sin provecho.”

La Iglesia somos todos (los creyentes que pertenecen al “cuerpo de la Iglesia” y los no creyentes que pertenecen al espíritu de ésta, cuando trabajan por la paz). Todos tenemos que hacernos cargo. El mensaje de Jesús de Nazareth no puede ser acallado. La Iglesia, aunque herida, avergonzada y penitente, no puede renunciar a su misión. El referente cristiano es signo de esperanza, de fraternidad, de misericordia, de paz. Necesitamos de este referente para dar una orientación humanizadora al desarrollo imparable que nos tiene cruzando el umbral de la cuarta revolución industrial. Los desafíos que se vienen son enormes, los desafíos que ya ahora, tenemos entre manos. La dignidad humana corre quizás más peligro que nunca en las décadas por venir.

Iglesia, repara y pide perdón, corrige, sanciona, ponte siempre al lado de las víctimas, pero en el intertanto, deja de lamerte tus heridas y ¡sal a cumplir tu misión! A anunciar que la muerte no tiene la última palabra, que no todo acaba con ella, porque al otro lado, nos espera Aquel que nos ama incondicionalmente, Aquel que lo da todo y pide nada a cambio, Aquel que tiene palabras de Vida Eterna.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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