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El incombustible poder de Netanyahu

por 24 abril, 2019

El incombustible poder de Netanyahu
Israel, como muchos otros, se ha contagiado de este peligroso nacionalismo; el mismo que ha quebrado a los estadounidenses, a los británicos y quizás, poco a poco, también a los chilenos.  
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Por un estrecho margen, y apoyado entre otros por partidos de extrema derecha, Benjamín Netanyahu se transformó, luego de su reciente reelección, en el Primer Ministro de Israel con más períodos a su haber. A pesar que años atrás fue un férreo defensor de la limitación de reelecciones posibles para el cargo de Primer Ministro, su sed de poder y una marcada agenda expansionista pudieron más. Es curioso, tal como su gran amigo Donald Trump en 2016, no logró legitimarse a partir del voto popular, sino que con el apoyo de coaliciones políticas que negociaron cuotas de poder dentro del parlamento israelí. A pesar que el Likud no logró la mayoría absoluta en la Kneset, el irredentismo territorial disfrazado de discutibles políticas de seguridad, además de una débil y fracturada oposición, catapultaron a Bibi nuevamente al poder ejecutivo. Tal como en Estados Unidos, el sistema electoral israelí permite ganar elecciones con mayorías ficticias. Son sistemas electorales complejos de comprender, pero vale la pena discutir los problemas de legitimidad democrática que pueden llegar a generar.

De la mano de complejos contextos históricos que han golpeado con fuerza la estabilidad democrática de Occidente y el mundo, Netanyahu logró su cometido. No sólo consolidó, de cierta forma, su perpetuación en el poder, sino que también se hizo parte de una ola nacionalista que ha secuestrado políticamente, entre otros, a Estados Unidos, Gran Bretaña, Brasil, Holanda y Hungría. Donald Trump en la Casa Blanca y el desastre constitucional británico del Brexit no son casos excepcionales; son, por el contrario, un claro signo del deterioro institucional que ha corroído con fuerza la estabilidad política y la paz social en países fundamentales para el concierto internacional. Es cierto, las decisiones de estos diversos electorados deben ser reconocidas, pero ¿qué rol juegan en ellas la desinformación y el simplista discurso populista?

De la mano de complejos contextos históricos que han golpeado con fuerza la estabilidad democrática de Occidente y el mundo, Netanyahu logró su cometido. No sólo consolidó, de cierta forma, su perpetuación en el poder, sino que también se hizo parte de una ola nacionalista que ha secuestrado políticamente, entre otros, a Estados Unidos, Gran Bretaña, Brasil, Holanda y Hungría.

Ahora bien, ¿por qué la reelección de Netanyahu resulta tan importante? Lamentablemente, su agenda política descansa, fundamentalmente, en la omisión absoluta de condiciones propicias para lograr un acuerdo de paz definitivo entre Israel y Palestina. Ha sido un permanente defensor de la anexión de territorios en Cisjordania; negoció con Trump la apertura de la embajada de Estados Unidos en Jerusalén y el reconocimiento de facto de una ilegítima soberanía territorial sobre los Altos del Golán. Ahora bien, no podemos ignorar el marcado pragmatismo estratégico de algunas de estas decisiones. El Golán ha estado en manos del Estado de Israel desde 1967 y hay dos poderosas razones por las cuales nunca negociarán su retorno a la soberanía de Damasco sobre dicho territorio: la ventajosa posición estratégica sobre la frontera con Siria y El Líbano y, en segundo lugar, el control de importantes fuentes de agua dulce. Sabemos que la guerra en Siria y el poder militar de Hezbollah requieren, para cualquiera que asuma la primera magistratura en Israel, no sólo para Netanyahu, de una política clara de seguridad estratégica nacional.

Y si Bibi estuvo dispuesto a seguir este camino, ¿quién hará que ahora se detenga en la construcción de asentamientos en Cisjordania? ¿Trump? ¿Las Naciones Unidas? ¿Es quizás la ocupación total de dicho territorio a lo que aspira en los próximos cuatro años? Sorprendería que lo niegue de forma categórica, porque sus comentarios al respecto son bastante confusos. Y lo más importante: si quiere mantener la mayoría en la Kneset, deberá negociar con las conflictivas propuestas políticas de esa derecha expansionista que lo llevó al poder. Adiós a la solución de los dos Estados; sobre la mesa de negociaciones ya no está Jerusalén oriental, tampoco el retorno de los refugiados, y ahora, tampoco el Golán. Lo paradójico es que estamos muy cerca de conocer el supuesto “plan perfecto” de Jared Kushner para lograr la paz entre Israel y Palestina. En el mundo, probablemente Trump, Kushner y Netanyahu son los únicos que creen que dicho plan podría terminar con este conflicto.

Consideremos además que Netanyahu está siendo investigado por actos de corrupción y su reelección manifiesta un marcado quiebre en la sociedad israelí. Lo anterior no sólo considerando las diferencias entre árabes y judíos, sino que, particularmente, entre liberales y conservadores. Hace sólo unas semanas, fue el mismo diario liberal israelí Haaretz quien, de mano de uno de sus columnistas, se preguntaba si es éste el fin de la democracia israelí. ¿Es Bibi la cara del totalitarismo legitimado desde las urnas? Gran problema, sobre todo al considerar las complejidades de las relaciones políticas en Oriente Medio.

Se está cimentando el camino a nuevos conflictos en el Levante, no sólo considerando los riesgos del poder de Hezbollah, Hamas en Gaza, la guerra en Siria y el agresivo discurso de los Ayatolas en Irán, sino que también la lucha ideológica dentro de un país que está minando su camino a una preciada, pero precaria paz social. Israel, como muchos otros, se ha contagiado de este peligroso nacionalismo; el mismo que ha quebrado a los estadounidenses, a los británicos y quizás, poco a poco, también a los chilenos.

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