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Patrones y clientes

por 28 junio, 2019

Patrones y clientes
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«El séquito del guerrero recibe el honor y el botín, el del demagogo 

recibe los despojos, la explotación de los dominados mediante el monopolio de los cargos, 

los beneficios políticamente condicionados y las satisfacciones de la vanidad.»

Max Weber

San Ramón y las elecciones del Partido Socialista, como toda noticia clamorosa, merece algo más que la indignación de la buena gente y, naturalmente, la satisfacción abierta de la derecha o la moralina expectante del Frente Amplio. Pasada la curiosidad periodística, la reflexión en torno al fenómeno del clientelismo político es una necesidad y una reacción frente a esta amenaza para la democracia chilena. Así lo han entendido algunos comentaristas (como Cristián Warnken y Matías del Río) que, no siendo socialistas, han lamentado el daño a un partido protagonista central de la historia republicana de Chile y, por extensión, a la credibilidad de las instituciones en que se funda la propia democracia.

Entendámonos: analizar como un todo la práctica de las clientelas políticas no quiere decir justificar ni atemperar las faltas cometidas en la elección del PS en San Ramón, que obligaron a su Tribunal Supremo a anular la votación en esa y otras 19 comunas del país. Los hechos puntuales tienen responsables puntuales, y serán los propios socialistas quienes juzgarán y resolverán estas infracciones y anomalías en su vida partidaria.

Digamos en primer lugar que los sistemas democráticos están expuestos al riesgo de las malas prácticas (o delitos) en la búsqueda del consenso político que finalmente se traduce en los votos que consagran el principio de la soberanía popular y la creación de las mayorías llamadas a gobernar o legislar. El ideal del ciudadano, o el militante, que elige según conciencia, libremente informado y sin ninguna presión o prebenda, es eso: un ideal perseguido que se estrella continuamente con la realidad cruel de los intereses personales de la clase política.

¿Qué es el clientelismo político?

Hay diversas nociones ensayadas por cientistas políticos, sociólogos o antropólogos que estudian en particular este fenómeno desde hace una cuantas décadas, aun reconociendo su antigua data. Todas las definiciones coinciden en los trazos esenciales del clientelismo político. Se trata de un intercambio informal (no hay contrato de por medio) de prestaciones o de bienes entre individuos o grupos sociales. Es una relación asimétrica en la cual hay una parte fuerte que detenta el poder (gobernantes del Estado, gobiernos locales, altos funcionarios, legisladores) y otra parte débil que no tiene acceso a bienes tangibles o intangibles, que los demanda por necesidades insatisfechas. En la ciencia política se les define como patrón y cliente, y del fenómeno se habla como patronazgo político. El patrón requiere el consenso, la movilización política, el voto; el cliente una prestación pública, un empleo, una licitación, protección social. En Chile y América Latina el clientelismo político se emparenta con la vieja institución del cacicazgo y el caudillismo, nacional o local, de derecha, de izquierda o de populismo antipolítico. Ejemplos sobran y, para no volvernos odiosos a algunas sensibilidades, que cada uno extraiga los nombres que le acomoden.

Así, este intercambio entre patrón  y cliente crea una práctica en la que hay reglas no escritas que garantizan el cumplimiento de las mutuas prestaciones: “Si no me apoyas políticamente cesa la prebenda pública”; “si no cumples con tu prestación pública vuelvo mi apoyo al otro candidato, al otro partido”.

Como señala E. Gellner, sociólogo inglés, el clientelismo político es “un sistema, un estilo y un clima moral”. Requiere del contorno cultural apropiado, generalmente marcado por la pobreza y la carencia de instrucción. Por ello es doblemente indignante el aprovechamiento político de comunidades social y económicamente atrasadas, vulnerables y desprovistas de poder ciudadano frente al patrón, personas fácilmente seducidas por su imagen afectuosa y protectora, sin capacidad de poner en discusión la ideología del hombre o mujer que detenta ese poder benigno, y adhiriendo acríticamente al partido que le propone. Así se logra y se mantiene ese tipo de poder, formalmente democrático pero espurio en su generación.

Luego, observemos que el clientelismo político es una práctica que no constituye novedad, se remonta al lejano tiempo del poder de unos sobre otros. Los antiguos romanos llamaban patrocinio a la protección de la plebe que constituía una base de consenso político y militar. En Chile, en el siglo XX aún se practicaba la compra de votos por hacendados que trasladaban campesinos en masa a las urnas electorales de las ciudades. En dictadura, Pinochet no requería ni necesitaba el voto, sí el consenso a su gobierno, sobre todo militar,  que se tradujo en prebendas de diverso tipo otorgadas a las FF.AA., favoritismos que lamentablemente perduran hasta hoy.

También, por deber de crónica, debemos constatar los varios ejemplos –públicamente denunciados–  de clientelismos y favoritismos practicados por alcaldías y legisladores de otros partidos políticos chilenos. La diferencia con el caso San Ramón estriba en la contaminación con el narcotráfico revelado por la prensa, la espectacularidad mediática de ese dato y, si la ingenuidad es un pecado, digamos que el reportaje del Canal 13 fue un torpedo al Partido Socialista. El tiempo dirá si lo golpeó bajo su línea de flotación.  Tampoco el clientelismo político es una exclusividad de la democracia chilena. Casos clamorosos se han dado en otras latitudes, y ni qué decir de América Latina, región y países que exhibieron caudillos de todas las pintas, algunos de gran envergadura política (Perón), otros pintorescos, tiránicos y macondianos (Melgarejo). Tampoco las naciones desarrolladas escapan a esta práctica, en Europa se discute hace tiempo del clientelismo como mal de sus democracias, y se suceden las fórmulas para eliminar o reducir este hábito político, manifestado sobre todo a nivel de gobiernos locales. Baste citar el caso de Italia y los “signori delle tessere” (señores de los carnés o fichas) que manejan bolsones de votos militantes con los que condicionan elecciones internas de sus propios partidos o manejan candidaturas locales y parlamentarias en sus zonas de influencia.

El incidente de San Ramón, y la manifiesta desproporción y peso de la militancia socialista de esa comuna (aproximadamente el 8% del padrón PS) en el proceso de generación de las autoridades de ese partido, devela precisamente una disfunción de la democracia de aquí y de ahora. No se conocen radiografías del universo de inscritos en los demás partidos políticos chilenos, pero de seguro revelarían zonas de densidad militante operantes como contrapesos a la hora de elegir directivos y candidatos, como el caso de las comunas de Santiago oriente, fortalezas de la derecha chilena.

El clientelismo político es una amenaza para la democracia, una distorsión que condiciona artificialmente sus reglas, que deforma un principio de oro del sistema democrático: el consenso de los individuos para producir las mayorías que gobernarán países, comunas y partidos. El voto del cliente es un consenso dañado, oprimido por su necesidad no será nunca libre, espontáneo, consciente de la persona y las ideas por las cuales sufraga. Ese militante cliente no constituye fortaleza política, será un número blando en la contabilidad democrática, transable por los caudillos locales en una especie de bolsa electoral, de compromisos y carteras a futuro.

No existen reglas claras y eficaces para oponer al clientelismo, pero es positivo que el caso PS-San Ramón precipite las propuestas en esa dirección. Ya se habla de pre militancia, de capacitación política obligatoria, de mayor autonomía partidaria frente a la Ley de Partidos Políticos (que conlleva el riesgo de arbitrios e inconstitucionalidades), de limitar las reelecciones de los patrones. 

Comencemos por un oportuno acuerdo de los partidos democráticos para generar medidas eficaces y otras reglas que sirvan de contención al clientelismo político. Y principalmente un pacto que instale, desde la educación y la cultura, los valores del civismo, formando ciudadanos conscientes y resistentes a este tipo de opresión.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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