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El chileno y la causa mapuche: la experiencia compartida de los excluidos

por 30 agosto, 2019

El chileno y la causa mapuche: la experiencia compartida de los excluidos
En efecto, el chileno se ha dado cuenta de que quienes protagonizan la represión al mundo indígena, son los mismos que hoy reprimen y golpean a profesores, profesoras y estudiantes, cuando reivindican sus derechos. También son los mismos que derechamente ignoran a los adultos mayores cuando marchan por pensiones dignas y una mejor previsión. Son los mismos que atacan a los trabajadores cuando buscan mejoras salariales. O los mismos que menosprecian las demandas de los pescadores, cuando luchan por cuotas de pesca justas.
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La historia de Chile ha sido expresión de una sistemática discriminación con los pueblos indígenas. Esto hay que decirlo con claridad, para evitar interpretaciones que justifican el intento premeditado y alevoso de quienes han administrado el Estado, por asimilar otras culturas, en un afán absurdo por conquistar la muy mal denominada “unidad nacional”.

En vez de reconocer la riqueza de la coexistencia de una hermosa diversidad, se ha buscado uniformar los estilos de vida, en un proceso que ha costado mucho sufrimiento y muchas muertes.

Pero como suele ocurrir en los ciclos vitales, las cosas comienzan decididamente a cambiar. El segundo reporte del Centro de Estudios Interculturales e Indígenas de la Universidad Católica, sobre relaciones entre pueblos originarios y el resto de la población, entregó resultados muy importantes y reveladores. Esto principalmente porque en dos años las personas que se consideran mapuches aumentaron de un 12% a un 23% y la adhesión de no mapuches a la causa indígena, creció en seis puntos porcentuales, pasando del 33% al 39%.

Es muy sintomático que más de tres millones de personas en Chile pasaran a considerarse mapuche y que el apoyo a nuestra causa haya aumentado notoriamente.

En un primer análisis de estos datos, tiendo a pensar que los chilenos han tomado conciencia colectiva de esa historia de discriminación injustificada y de los daños colaterales profundos que ella ha generado. Es más, muchas generaciones de chilenos y chilenas, han sido testigos directos, por la vía de la actuación, la omisión o la simple pasividad de cómo nuestros pueblos han sido víctimas tanto de la violencia de Estado como de una conducta social que se ha hecho parte de ese intento de aniquilación.

Pero también tengo la convicción de que hay algo más. Esta situación que especialmente el pueblo mapuche ha vivido es, al mismo tiempo, la experiencia cotidiana de todos los excluidos de Chile. En efecto, ¿qué diferencia hay entre el maltrato sufrido por un mapuche solo por el hecho de llevar un apellido indígena y la permanente humillación de cualquier chileno que está matriculado en esa nómina siniestra del “Dicom”? ¿Y qué hay con esos cientos de miles de chilenos que, luego de haber trabajado toda su vida y haber hecho una contribución al desarrollo del país, reciben como recompensa una pensión indigna, incapaz de solventar hasta las más básicas necesidades?

Los ejemplos que muestran esa similitud entre los pueblos indígenas y los pobres y excluidos del desarrollo, son demasiados. Tal vez la única diferencia es que los mapuche, como pueblo, nunca hemos dejado de luchar y jamás nos hemos entregado a la resignación de creer que las cosas no pueden cambiar. Muchos de nuestros hermanos han muerto por defender nuestros derechos territoriales, políticos y económicos. Es probable que el asesinato flagrante de Camilo Catrillanca haya dejado en evidencia brutal cómo la mentira y el ocultamiento de la verdad ha sido una forma de mantener el “statu quo”.

Paradójicamente, mucha de esta historia inconfesable ha ocurrido en “democracia”. Una vez más podemos realizar una vinculación de estas experiencias compartidas, al recordar hechos como la matanza del Seguro Obrero, de Puerto Montt, Ranquil, Santa María y la denominada “pacificación” de La Araucanía.

En efecto, el chileno se ha dado cuenta de que quienes protagonizan la represión al mundo indígena, son los mismos que hoy reprimen y golpean a profesores, profesoras y estudiantes, cuando reivindican sus derechos. También son los mismos que derechamente ignoran a los adultos mayores cuando marchan por pensiones dignas y una mejor previsión. Son los mismos que atacan a los trabajadores cuando buscan mejoras salariales. O los mismos que menosprecian las demandas de los pescadores, cuando luchan por cuotas de pesca justas.

El chileno se ha dado cuenta de que los mismos que reprimen al pueblo mapuche, también los reprimen y los mantienen empobrecidos.

La adhesión a la causa mapuche e indígena en general, además, se relaciona con una mayor conciencia de pueblo-nación. Es decir, mucha gente ha llegado a concluir que la “madre patria” chilena no es España ni ninguna potencia extranjera, sino que es legítimamente el pueblo mapuche, que se liberó antes que Chile de la Corona Española.

Otro tema muy importante a considerar es que también el chileno está reconociendo la consistencia del pensamiento y estilo de vida indígena. Quien primero defiende el medio ambiente, quien antes que otros se opone a las centrales hidroeléctricas, quien defiende las cuotas marinas o quien han dado la vida por defender la madre tierra, es el pueblo mapuche.

El medio ambiente hoy está en grave peligro no solamente por el calentamiento global, sino también por el modelo extractivista que en 130 años ha destruido todo el ecosistema que por miles de años han cuidado los pueblos indígenas. Una parte importante de la sociedad chilena está observando que nuestra defensa también ayuda a que Chile pueda tener un mejor futuro para las próximas generaciones.

Nuestro lenguaje de recuperar derechos y alcanzar una sociedad para el “buen vivir” de la mayoría y no para el “buen funcionamiento” del mercado, expresado en constantes movilizaciones, es el mismo de los sectores oprimidos, de los sectores no escuchados y de los sectores agredidos.

Pero hoy en día, gracias al avance de las comunicaciones, el chileno accede a información que antes el sector político y el sistema instruccional, le negaban. La pregunta ahora es cómo continuamos sumando adhesión, pero por sobre todo cómo logramos una unión más perfecta, que nos permitan romper las cadenas de la segregación política, económica y social, que nos hagan derrotar tanto la pobreza como las decisiones que mantienen y reproducen la exclusión de no indígenas e indígenas, con ecuánime imparcialidad.

Debemos promover una comprensión de Chile, que permita visualizar que, mientras más se desarrolle el pueblo mapuche y los pueblos indígenas, mejor vida tendrán todos los habitantes de Chile completo.

Apenas rompamos nuestras cadenas, el Chile pobre, excluido y sobreendeudado tendrá aquí, en nosotros, un aliado más poderoso. No podemos caminar solos, nuestro destino está íntimamente unido.

El estudio al que aludíamos, también muestra un triunfo político muy importante del mundo indígena. En efecto, un 70% de los encuestados reconoce que existe un conflicto entre el Estado y los pueblos indígenas. Está claro que este es un asunto no resuelto, prioritariamente por los intereses económicos que mantiene ese pequeño grupo, proveniente o que protege el sector político que administra el país. Las forestales, por ejemplo, son dueñas de 3 millones de hectáreas, mientras que el pueblo mapuche no tiene más de 900 mil de Bío Bío al sur. Mientras sigan existiendo estos intereses económicos, no se resolverá nada.

Para avanzar en soluciones, se debe terminar con las mesas de diálogo para discutir sobre pequeñas porciones de tierra, para abrir un diálogo más amplio que apunte, primero, a la reconciliación. En esa mesa, se deben sentar no solo el Estado y el pueblo mapuche con los demás pueblos indígenas, sino también el mundo empresarial. La idea será intentar resolver el problema con real voluntad política.

Mientras no suceda esto, continuará existiendo un diálogo impositivo, que no resolverá el tema de fondo para la nación chilena y para la nación mapuche.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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