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OPINIÓN

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Las nuevas narrativas de/para la transformación

por 3 octubre, 2019

Antiguamente se podía decir que los seres humanos vivían en la Tierra o en la naturaleza. Pero cómo se puede describir eso, donde este algo nos impone de repente nuevas reglas del juego, donde no solamente cambia la decoración, sino también determina la dramaturgia, y eso debido a nuestra acción y como reacción a ésta.
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La actual desorientación tiene su origen en el hecho de que, muy repentinamente, aparece un actor en el escenario  que hasta la fecha fue considerado accesorio; más bien como escenografía en donde la modernidad globalizada o  el capitalismo neoliberal se mueve, actúa y enriquece. Lo que perturba profundamente es la efectividad de este actor, que ya no se presenta como mero ornamento. Interactúa y participa como “sujeto” en la vida pública. Lo fatal es: en su narrativa nos deja en la incertidumbre sobre dónde nos encontramos, en qué época y qué papel jugamos. Bruno Latour llama a este actor: lo terrestre (Latour, 2018: 53)

Antiguamente se podía decir que los seres humanos vivían en la Tierra o en la naturaleza. Pero cómo se puede describir eso, donde este algo nos impone de repente nuevas reglas del juego, donde no solamente cambia la decoración, sino también determina la dramaturgia, y eso debido a nuestra acción y como reacción a ésta. Este algo es parte de la sobrevivencia humana, no solamente porque reacciona, sino también porque este algo en sí cambia debido a nuestras actividades y, por lo tanto, cambia su reacción frente a nosotros. Bueno ¿cuál es el papel que juega el ser humano?. De todos modos, es cierto que ya no puede seguir contando las mismas historias

Entonces ¿Volver al pasado? ¿Reaprender antiguas recetas? ¿Aprender de las pocas culturas que aún no han  sido capitalizadas?. ¡De todos modos! Pero sin ilusiones: ¡Para ellas tampoco existen precedencia! Ninguna cultura humana –cuán sabia, atenta y amante de la naturaleza nos parezca– ha tenido que lidiar hasta  ahora con las reacciones del territorio (Buckminster Fuller 1968 y Crutzen, et. al. 2011) ante las acciones de entre 8.000 y 9.000 millones de personas. Aun cuando penetráramos en la sabiduría de los últimos diez mil años, sólo ha debido entregar un manual de acción a unos miles o millones de personas en un medioambiente estable. Es necesario observar con atención. Probablemente sólo así podremos aprender a leer y a ver; sólo así podremos ponernos al día con el atraso que tenemos en la dotación de nuestros afectos políticos.

Esto no introduce en una discusión de los primeros pasos comunicativos. La  comunicación sobre el cambio climático facilita normalmente informaciones (científicas)  sobre

el proceso  del cambio climático,  sus causas industrial. La comunicación del cambio climático explica, juzga lógicamente y muestra los límites planetarios. Punto.

Implícitamente,  la comunicación sobre  el cambio climático busca impulsar  cambios. Que comience la gran transformación (WBGU, 2011). Desde hace años, mirando el conjunto de pruebas, debería haber comenzado hace años. Pero no quiere tomar vuelo y todavía tiene que enfrentar a los escépticos frente al cambio  climático. ¿Entonces más explicación aún?. ¿O una segunda Ilustración? (Club de Roma , ed. 2018). Al parecer, el (la falta de) conocimiento sobre el cambio climático no es el problema principal. La dificultad de una descripción empírica de las consecuencias y los desafíos del cambio climático ya no se debe a la falta de información, sino más bien, a la inversa, al gran volumen de datos que sigue aumentando y que dificulta dibujar una imagen completa de los cambios.

Lo que ocurre es que se  vuelve más difícil encontrar  una orientación sobre el presente  y futuro climático, mientras aumenta la descripción  cuantitativa de fenómenos, la comprensión de la profundidad del cambio y de la radicalidad de los procesos de transformación parece ir disminuyendo.

Pero junto a este dilema, surge otro: las narrativas de la forma capitalista de vida y producción que se repiten a diario, cubren  posibles espacios de resonancia y acción, posibles caminos de innovación y transformación que son necesarios y adecuados a  la altura de los desafíos a enfrentar. Simplemente faltan las narrativas y el diseño de transformación para una cultura climática. Y nuevamente, punto.

A diferencia de “todos los demás “, en la comunicación del cambio climático, no importa si es la ciencia, el periodismo, la educación o las tertulias, no tenemos nada que contar. Hablamos mucho de situaciones no  adecuadas para el clima o de normas y límites dentro de los cuales se debe desarrollar la cultura climática. Pero no hablamos de cómo sería la vida dentro de los límites planetarios. Nada se habla de las controversias y cómo manejarlas.

Lo que quiero decir es: a la comunicación del cambio climático le falta su propia narración, y esto en dos sentidos. En  primer lugar, en el sentido de la narración misma, es decir, el acercamiento a los futuros altamente complejos y dinámicos, y, en segundo lugar, en el sentido de narrativas, de mitos orientadores de culturas climáticas globalmente interconectadas. Son  los efectos específicos de comunicación, que recomiendan los cuentos (narraciones).

Pero  estas narraciones en sí deben asumir “características” a través de las cuales expliquen lo que llamamos espacios de resonancia y de diseño, que en realidad nos faltan tanto en la imaginación como en la realidad. En breve: (1) Tienen que ser historias del futuro que cuenten lo que habremos hecho, organizado y creado, con o sin éxito, con conflictos y evoluciones, de todos modos, con todo lo que significa el desafío (2) Deben ser historias seriales, que narren las diferentes alternativas de futuro. (3) Si finalmente reconocemos que no tenemos idea de cómo diseñar el camino de la transformación, si entonces, en el proceso mismo “debemos  aprender a leer” transformación, entonces nuestros cuentos simplemente no pueden ser concluidos. Son “abiertos” para los demás, que quieran participar en la narración; que puedan reeditarla.

¿Por qué narrar?. Las narraciones, no importa si en texto, imagen o película, nos ayudan a relacionar cambios con nuestra vida directa, con nuestras lógicas de acción individuales  racionales y emocionales (primer contexto); colocan los rompecabezas de la ciencia, los medios, las tertulias, entre otros, en un contexto (segundo contexto); los interconectan  formando una visión (del mundo) y, si todo resulta bien, desarrollan la relación causal

entre  ellos (es  decir en una  mirada histórica  sistémica) que no  describe solamente la situación, sino, además explica  sus causas y trasfondos (tercer contexto). Comprender  las causas es un factor para la motivación de emprender cambios, muy al contrario de la gestión de crisis, que solamente trata los síntomas.

Por esta razón, todas  nuestras culturas han desarrollado una  técnica de cultura narrativa para la organización  de su mundo. A través de los cuentos entendemos  el sentido de (nuevos) manuales para actuar y conclusiones de la  historia desarrollando de este modo confianza/desconfianza respecto a decisiones y explicaciones dentro de desarrollos sociales. ¿Por qué? Porque muestran patrones y no tan sólo informaciones crudas. En  las estructuras narrativas siempre encontramos empatía, valores, esperanza, responsabilidad.

La interacción entre el cerebro y las historias nos ha organizado en nuestro condicionamiento histórico de tal manera, que fomenta el recordar cómo, en el pasado, hemos superado crisis, guerras y catástrofes. Si somos capaces de recordar de manera creativa (es decir, adaptiva), entonces podemos acercarnos más fácilmente al futuro de manera creativa. (Borner, 2018).

Sería una tecnología cultural cualitativamente nueva, si nosotros, la humanidad industrializada, capitalista, dedujéramos las actuales decisiones sobre nuestro actuar del futuro (y si fuéramos capaces de hacerlo). Hasta ahora, tomamos las decisiones como un conductor de vehículo que decide su manera de conducir mirando al espejo retrovisor. Esta nueva tecnología de cultura significa, no aprender  a leer, en primer lugar, de las experiencias, sino deduciendo desde las imágenes del futuro, es decir, del diseño deseable y de la superación de las tendencias globales/regionales de cambios radicales. Deseable es un sinónimo para sobrevivir y para la soberanía de la supervivencia social.

Este aprender a leer (Schneidewind 2016) es un proceso social intercultural controvertido, en el cual se genera  conocimiento robusto en sistemas sociales en competencia que idealmente moviliza el sentido de lo posible como factor de productividad, siendo la comunicación el medio decisivo como acuerdo de negociación y aprendizaje.

¿Por qué narraciones ficticias del futuro?

Aquí tenemos el gran desafío. Hasta ahora, las narraciones y argumentaciones se presentan normalmente con la descripción de las consecuencias negativas del cambio climático. Las exigencias normativas que transmiten las imágenes geniales de los límites planetarios (Rockström, 2009) es decir, no son traducidas  en orientaciones de cambios radicales de la cultura diaria, con sentido y en relación con las causas. El estado llena este vacío con recomendaciónes para actuar que no tienen una relación adecuada con los escenarios de posibles cambios/consecuencias. Pero el desafío de la supervivencia cultural exige un paradigma de las reglas del juego a nivel mundial y de  los patrones de reproducción fundamentalmente diferente al actual. Falta una visión positiva, un: lograremos sobrevivir con cultura. Pero lo que tenemos es una resignación al unísono, aceptamos el mundo tal como es. Pero siguiendo los datos sobre las consecuencias climáticas, los límites planetarios y sociales no son otra cosa que el llamado a un cambio radical.

Con estas pautas de desarrollo tan frustrantes que nos dicta el manual dominante a nivel global ¿no sería recomendable crear  cuentos que muestren culturas climáticas (basadas en conocimiento)?. Es decir, abordar las causas y consecuencias del cambio climático de una manera capaz de actuar y diseñar. Cuentos que sean tan transcendentes, coloridos, realistas, controvertidos y visionarios que puedan superponerse a

la  narrativa  chillona de  hoy, la utopía  del capitalismo. A diferencia de la historia cultural de la humanidad hasta la fecha, son los signos y los relatos del futuro los  que nos señalan preferencias para las acciones de hoy. De lo contrario, nos mantendremos en una gestión de crisis permanente.

Narrar desde el futuro es un tremendo esfuerzo creativo. Exige entrenar nuestro sentido de lo posible. El sentido  y la capacidad de imaginarse futuros posibles, de diseñarlos. También implica la capacidad de tomar conciencia de la resistencia de los grupos de interés en las actuales estructuras del poder.

Narraciones abiertas, inconclusas. Si sólo  podemos aprender a leer el futuro y la  transformación diseñándola, entonces las narrativas conclusas  y cerradas, como las que predominan en las sociedades jerárquicas  y se narran desde arriba hacia abajo, no ayudan mucho. Corren el peligro  de describir el futuro como mera prolongación del presente. Las narrativas que incorporan la búsqueda y el aprendizaje son historias abiertas que se pueden modificar, corregir, reparar, re-editar, que soportan cambios de perspectiva y organizan controversias. Permiten narrar historias desde el principio sin anular la narrativa anterior (Borner, 2018)

Aún no existen narrativas que determinen la transformación hacia la cultura del clima y que se compongan de  una gran cantidad de narraciones sobre la acción sostenible, de historias de éxito y fracaso. Sin embargo, se vislumbran  criterios aptos para describir el marco y la radicalidad del cambio cultural. Siguiendo a Dirk Messner, es una nueva visión  del mundo (Messner, 2017). En su libro sobre la metamorfosis del mundo, Ulrich Beck lo llama “el cambio transcendente de la cosmovisión”,acompañado por una “revolución global de los efectos secundarios de la modernidad” (Beck, 2018). Significa un  cambio en las estructuras profundas de la sociedad y una reducción de las dependencias culturales y mentales.

Las  nuevas  narrativas  de la cosmovisión  se basan en modelos  cognitivos de futuros  posibles (modo de conocimiento).  El factor del corto plazo, es decir,  la correlación entre el cambio y la transformación proactiva,  juega un papel especial, al igual que una nueva postura fundamental,  cultural e histórica, de responsabilidad a largo plazo y responsabilidad por el sistema de la Tierra. De alguna manera, uno podría ver una inversión en las narrativas de tal manera que los hechos blandos y los valores duros se conviertan en el patrón básico de la narrativa.

Son  grandes  las barreras  que hay que superar.

Pero  no nos  queda otra  opción que enfrentarlas  si no queremos que, tal como  lo observa Hariri, haya un cambio  gradual de poder en la toma de decisiones desde nosotros, los seres humanos, hacia los algoritmos (Hariri 2017).

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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Envíada por Manuel Riesco | 18 noviembre, 2019

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