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En voz alta

por 10 noviembre, 2019

En voz alta
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Uno de los padres fundadores de lo que Estados Unidos más tiene de admirable fue el poeta y ensayista Ralph Waldo Emerson, cuya lectura se hace recomendable siempre, pero cuánto más por estos días en Chile.

Contra quienes veían en el amor una sinrazón, Emerson habló sobre el enamoramiento como una sabiduría, la capacidad de resaltar en el otro todas las virtudes que el resto del mundo ignora porque no sabe ver. Es esa misma sabiduría la que permite a Emerson observar que una maleza es una planta cuyas propiedades aún no han sido descubiertas. Fue, sin ir más lejos, Emerson el autor de esa cita tan citable —un tanto cliché— según la cual la amistad es poder pensar junto a otro en voz alta, una relación real e igualitaria.

La lectura de Emerson inevitablemente despierta algunas preguntas.

¿Estamos los chilenos siendo capaces de percibir las virtudes en los demás? ¿Incluso de dar valor a la mala hierba, descubrir en ella su gracia, tan escondida? ¿Estamos a regañadientes tolerando nada más lo que en los otros nos molesta? O lo que es muy importante: ¿somos capaces de guardar un expectante silencio a fin de que los —en el mejor de los casos— autocensurados puedan atreverse a pensar en voz alta? ¿O es que solamente pretendemos llenar el silencio o las ausencias de respuestas con no tanto nuestros pensamientos en vivo como sí nuestras ideas enquistadas, nuestros pensamientos ya bastante procesados, es decir, nuestras respuestas Pavlov?

Pero todavía más: ¿confundimos la voz alta con los gritos? Porque si fuera así, es que posiblemente no estamos ni pensando en voz alta ni permitiendo que se piense en voz alta a nuestro alrededor.

Siguiendo a Emerson, quién se apresura a declarar que ya ha entendido todo y que, por lo tanto, no hace falta ya más aclaraciones, es porque seguramente sigue entendiendo muy poco.

Si la república es la organización clásica de la horizontalidad, no es raro que haya sido definida como fundada y asegurada, no ya por la figura carismática o tradicional del monarca, sino que por la amistad de sus integrantes. Cicerón, el gran filósofo de la república y también de la amistad, al que sin duda Emerson debe su definición, nos legó no solo discursos sino que especialmente diálogos, diálogos entre amigos.

Pero estas relaciones tan próximas son difíciles en una sociedad compleja. Así pues, para mantener en pie una república, la voz alta que tal vez sea su motor central, tendrá que reactualizarse, de modo tal que aun cuando no sea posible la todos con todos, sí podamos hacer como si lo fuésemos, eso que se conoce como el buen trato.

En la medida que el pensamiento no fluya permanentemente a través de la voz alta, y que, por lo mismo, no haya un oído disponible, un ánimo dispuesto la cura de la maleza —un mundo de menos herbicidas—, tendremos que enterarnos de la existencia de la república no ya por la amistosa voz alta y sí, en cambio, por los gritos de ese misterio que llamamos “la calle”. Esta última metáfora que parece el resumidero de todo cuanto en la sociedad se tiene por enigmático, hace revalorar el talento de los maestros de coro, los cuales aprenden a escuchar cada una de las voces que convergen en la polifonía, y no pueden excusarse en que es una multitud la que canta… pues de eso precisamente se trata.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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