Publicidad
La caída de Pedro de Valdivia: por una nueva historia, por un nuevo patrimonio Opinión

La caída de Pedro de Valdivia: por una nueva historia, por un nuevo patrimonio

Publicidad
Mauricio Onetto
Por : Mauricio Onetto Investigador IdeSH, Universidad Autónoma de Chile
Ver Más


Durante los últimos días hemos presenciado la caída de una serie de monumentos en distintas ciudades del país. Por las calles de Temuco la estatua de Arturo Prat se arrastraba y en Concepción, al igual como sucedió en Irak con Sadam Husein, la imagen de Pedro de Valdivia, el “padre fundador” de Chile, caía ante el algarabío de cientos de personas al son de consignas en mapudungun. Estas imágenes no dejaron indiferente a nadie. Las voces más conservadoras pusieron el grito en el cielo contra los infames de la patria y el “lumpen”; otras denunciaron el daño al “patrimonio de todas y todos” los chilenos. Otras, indicaron que esto se justificaba por la represión histórica al “Pueblo”.

Nada justifica la violencia, pero para poder dar un paso hacia delante debemos comprenderla. Dentro de este proceso de comprensión el Patrimonio y la Historia también entran en la discusión. Se hace urgente preguntarse ¿qué noción de Patrimonio concibe un joven de Temuco que arrastra una estatua? o ¿qué relato histórico inspira a un joven de Concepción para derribar la imagen del fundador de esa ciudad?

Los alegatos sobre la destrucción de símbolos patrimoniales o de las casonas e iglesias son válidos tanto por la forma como por la pérdida material; lo bello de esas estructuras constituían verdaderos “oasis” dentro de nuestras urbes, eran destellos de encanto en oposición a la paupérrima falta de planificación de nuestras ciudades. No obstante, reivindicar solo esto sería quedarnos en la violencia y fomentar la misma desigualdad. Bastaría con hacerse algunas preguntas para abrir un debate al respecto, por ejemplo ¿por qué algunas casonas de tanto valor simbólico se venden tan fácilmente y están autorizadas para transformarse en cualquier negocio? ¿por qué un joven de una familia “promedio” en Chile, que creció en la desigualdad, debería sentir algún aprecio por estos edificios, en donde vivió gente que fomentó esta última? ¿por qué consideramos como patrimonio en nuestras ciudades solo aquellos inmuebles que son copias de edificaciones europeas? ¿qué valores queremos transmitir con nuestras estatuas en el espacio público si, por ejemplo, la mayoría de estas figuras son hombres que representan el machismo y la “guerra”?

Lo cierto es que lo sucedido la semana pasada develó que el tema del patrimonio y la historia que lo inspira, son materias latentes en Chile y que, incluso, alguien que quiere destruirlo todo también los tiene presente en su manera de actuar. De hecho, estas conductas nos dejan pistas para comenzar a debatir. Una de ellas es la paradoja de cómo operó la noción de Patrimonio e Historia en estos episodios. Quedó de manifiesto cómo ambas nociones corren por carriles separados, es decir, su comprensión no sigue los mismos patrones. Se atestigua cómo los discursos y significados sobre lo que se entiende por Patrimonio en Chile no penetraron entre quienes son menos educados, menos “cultos”, es decir, entre quienes históricamente han tenido menos oportunidades. En cambio, la concepción de la historia que se utilizó en estas acciones sí respondió a los criterios e informaciones que la élite ha querido transmitir desde la formación de la República.

La caída de las estatuas es una respuesta coherente a la concepción histórica que se nos ha transmitido desde la infancia, la cual ha delineado nuestro Patrimonio. La inspiración de lo ocurrido es el triunfo de la historiografía del siglo XIX que aún pesa en nuestra enseñanza y que, lamentablemente, algunos historiadores todavía predican tanto por ignorancia como para ganar tribuna en los medios. La Historia de Chile ha sido construida en la oposición de clases y castas, lo que se transmite gracias a nuestra arcaica malla curricular que solo nos habla de batallas, guerras, de mapuches contra españoles, etc. Se enseña la Historia con una ausencia de complejidad y profundidad con fines de facilismo pedagógico, presentándola como una sola línea temporal de hechos protagonizados por buenos contra malos, cuando la Historia es compleja por esencia. Nuestra Historia es “infeliz”, no tiene episodios felices; a excepción de los logros hechos por nuestra élite. Nuestra historia es de opresión y represión, del orden y de los grandes personajes cuyas palabras y actos han sido puestos en un relato que se ha transmitido uniformemente en el tiempo en nuestras escuelas y liceos. El caso de Pedro de Valdivia es un ejemplo representativo de todo este conjunto de equívocos. Su interés por Chile nunca fue real, ya que estaba obsesionado con el estrecho de Magallanes porque desde ahí podría controlar el comercio con Asia. Un personaje absolutamente moderno, con intereses locales, continentales y globales. Sus cartas muestran cómo Santiago era solo un “primer eslabón” para llegar al extremo sur. En otras palabras, las fuentes de la época muestran que Chile realmente no le interesaba. Sin embargo, se lo ha embestido como el “padre fundador” y puesto en el centro de nuestras ciudades. Al mismo tiempo, sus acciones de conquista, amplificadas por él mismo con tal de lograr apoyo de la Corona, exhiben cómo se tuvo que enfrentar a “indios indómitos”, etc., lo que de forma inmediata lo pone como un opresor de los indígenas y a estos como víctimas. Simplificación de ambas partes por una concepción añeja de nuestra historia (por suerte la nueva camada de historiadoras e historiadores ha comenzado a cambiar los análisis).

Nuestro Patrimonio debe replantearse desde un punto nuevo, más democrático, como la nueva Constitución que necesita el país. Para ello, debe tener a los DDHH como fuente inspiradora y no a una “historia infeliz”, que prolonga las desigualdades, como referencia. Ni tampoco someterse a lo que los “expertos” de las municipalidades definan como Patrimonial y/o digno de Conservación Histórica. El Patrimonio debe agrupar nuevos espacios en su definición, como los peladeros donde se hacen ligas de fútbol cada domingo en las poblaciones, las culturas indígenas y sus mestizajes, y hacerlos convivir con aquellas casonas afrancesadas que nos “encantan”. Respecto a la Historia, algo similar debe ser tomado en cuenta. Para ello, las historiadoras e historiadores debemos superar la tentación moral de la reivindicación de los buenos contra los malos que nos heredaron nuestros antecesores o que siguen algunos colegas. Una Historia así, es una historia inútil; es una historia de próceres, de lemas llenos de violencia, como “por la razón o la fuerza”. Necesitamos de una Historia que aporte en el debate, por ejemplo, sobre cómo se configuran y perciben los territorios en el tiempo, o sobre cómo se construye y deshacen las representaciones que han unido y politizado a nuestras sociedades. Esperemos que en nuestra nueva Constitución esto quede plasmado.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad

Tendencias