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El matinal del coronavirus

por 2 mayo, 2020

El matinal del coronavirus
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Toda enfermedad lleva consigo un proceso deliberado de elaboración social de su significación. Detrás de la forma en que entendemos al coronavirus y a nosotros mismos en relación con él, nos vemos enfrentados a una profunda construcción contextualizada en la que el virus se transforma en una o varias imágenes reforzadas por metáforas que permiten darle significado al coronavirus dentro de nuestra sociedad.

La recepción con la que nos disponemos a dialogar con y sobre el coronavirus, entonces, se ve influenciado por la forma en que lo entendemos, por la manera en la que interpretamos las metáforas que recibimos acerca de él.
Es útil, para entender esta relación, observar la manera en que las autoridades explicaron y confirmaron, hace unos días, cómo se produjo un brote de COVID-19 en lo que se describió como un cité, ubicado en la comuna de Quilicura, señalando explícita y reiteradamente que se trataba de una comunidad de haitianos. Autoridades fueron interrogadas por doquier acerca de cómo, dónde y cuándo estas personas, que algunos de los entrevistados también describieron como “extranjeros” (si se piensa bien, la metáfora es la misma) habrían contraído coronavirus. Finalmente, luego de un increíble e injustificado revuelo mediático, estas personas fueron desterritorializadas, siendo forzadas a abandonar sus residencias. Pero esta vez, ello no sorprendió a nadie, y como probablemente el lector ya aventura, fue precisamente a causa de que estas personas no solo eran personas, sino que también haitianos. No eran, en la construcción de esta significación de la enfermedad, como cualquier otro contagiado; eran extranjeros.

Tocaría preguntarse, entonces, si acaso para estas autoridades el coronavirus no afectaría igual, en principio, a un haitiano que a un chileno. ¿Dónde está la diferencia médica? ¿Es posible la distinción? Por supuesto que no.
En este caso, la metáfora mediática ha condicionado la aceptación social del virus. Una aceptación social que de por sí ya era compleja al tratarse de una pandemia. El imaginario metafórico ha condicionado el modo en que nos relacionamos con la comunidad haitiana, pero pudo haber ocurrido, y de hecho lo hace, con cualquier otra persona o grupo de personas, y con cualquier otro virus, tal como ocurre con el VIH. Esto es lo peligroso. Estos imaginarios mediatizan la forma en que nos relacionamos con el coronavirus y la forma en que llegamos a padecerlo. En este caso, estas personas sufrieron más por el peso simbólico que por la enfermedad misma.

Esta perspectiva ya ha sido profundizada por la antropología médica, intentando centrarse en los significados de las narrativas personales de las experiencias de las enfermedades, creando incluso lo que se conoce como terapia narrativa.

Decimos que esto es peligroso porque es a través de metáforas que el pensamiento humano, sirviéndose de operaciones fundamentales, realiza asociaciones entre dos conceptos, terminando por convertirse en un instrumento constitutivo del lenguaje. Consecuentemente, la operación de generar metáforas, como lo es exponer a esta comunidad a lo que ya hemos dicho, requiere establecer un significado. Y establecer un significado, a su vez, requiere eliminar resquicios de lo que “no es” cada metáfora en particular.

Aquí, la metáfora del coronavirus ha servido como vehículo de significación para una exposición racista, naturalizando entre la población este significado y eliminando lo que “no es el virus”. Justamente, entonces, el proceso de asociación que se seguirá de las personas que se ven condicionadas por la percepción de esta metáfora a través de cada uno de esos medios de comunicación será que entre el indeseable coronavirus y la comunidad haitiana no hay ninguna diferencia porque “así son ellos”, dirán, “es su cultura”. La comunidad haitiana se vuelve, así, en un imaginario indeseable del cual hay que rehuir, al que tenemos que mirar con sospecha y miedo porque puede contagiarnos. Ya no es que debamos temer al coronavirus, debemos temer a los haitianos porque es en ellos donde el virus se manifiesta. La carga del temor que nos producía el virus se hace carne ya no en la ausencia de una metáfora, sino en la metáfora mediática que ha condicionado al público general a asociar el coronavirus a los haitianos.

Sería bueno preguntarse, a estas alturas y como ya sugerían en este medio la académica Yasna Contreras y la geógrafa Beatriz Seguel, en su columna titulada “Mis vecinas y vecinos haitianos”, cómo no se espera que personas viviendo hacinadas en 10m2 no generen un brote de COVID-19. En realidad, más que impresionante, es prácticamente inevitable en medio de una pandemia. Estas personas se ven impulsadas a vivir en estas condiciones porque hay otros (esta vez, chilenos) que abusan sin ningún tapujo de la situación de vulnerabilidad de los primeros, arrendando espacios sin las mínimas condiciones y eludiendo toda la normativa chilena y los respectivos estándares internacionales. Pero las cámaras no apuntaron, como ya dijimos, a estos sujetos inescrupulosos, sino a la comunidad haitiana toda.

La significación a través de los medios de comunicación ocurre de esta manera con prácticamente todo lo que aprendemos a través de ellos. Entre estas metáforas, quienes las crean, y el poder, hay una interrelación fundamental. Y tal vez, de forma más desafortunada de lo que nos gustaría, tienen en lo público una profunda injerencia.

Lo importante es recordar que estas metáforas no son neutras y su elección nunca es casual, sino que siempre responden a un interés determinado que, como ya expusimos, aleja a los otros intereses, depositándolos en aquello que “no es” la metáfora. Son siempre productos del poder. Como tales, configuran nuestra percepción. Por ende, no debemos dar descanso al cuestionamiento sobre la minuciosa forma en que autoridades y poderosos paladines intentan configurar el suelo que pisamos con nuestros propios pies. Hoy fue el racismo. Mañana puede ser la falsa imagen que nos creemos de un candidato presidencial solo porque lo vemos continuamente en matinales de televisión con una falsa e infinita sonrisa. En fin, podría costarnos incluso vidas enteras, arrojadas al bestial desprecio de las masas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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